FLORECIENDO A LOS 100 AÑOS

Amigo cercano desde hace unos 40 años, Baltasar Peral y yo somos como hermanos. Ya he relatado numerosas aventuras gastronómicas (y otras, de las confesables) que hemos compartido en Washington -donde nos conocimos-, en Sonora, su tierra, y en muchos otros lugares donde hemos viajado juntos. Desde Ciudad Obregón me llamó con mucha anticipación para invitarnos al cumpleaños número 100 de su señora madre, doña Carmelita, que tendría lugar allá en San Carlos, aledaño a Guaymas, donde la señora vivía. Por supuesto, Silvia y yo no nos lo íbamos a perder. Conocí bien a la mamá de Balta desde aquellas épocas juveniles y siempre fue muy amable y afectuosa conmigo, de seguro por ver el aprecio que su hijo y yo nos tenemos.

Llegamos al aeropuerto de Obregón y Balta estaba esperándonos. Escala obligada fueron unos deliciosos tacos de cabeza de res, para desayunar: de maciza y de lengua, y también había de machaca. Yo iba a pedir cinco o seis, cuando vi a otros clientes comiendo y recordé el tamaño de esas tortillas de harina. Silvia comió uno, nuestro anfitrión y yo, dos.

Ya en su casa, ante una colección de whisky que con mucha razón presume mi amigo, no resistí la tentación y aunque todavía no daban las doce (ya casi eran), confesé que me tomaría feliz uno solo, on the rocks. (Finalmente fueron dos. Había que bajar los tacos de alguna manera, el cuerpo lo exigía…)

Una hora y pico de recorrido más tarde ya estábamos en Guaymas y en otros quince minutos en la casa de Miramar, su playa turística, en San Carlos. La habitación con mejor vista al mar nos la dieron María y Baltasar a Silvia y a mí, nada sorprendente en amigos tan generosos, pero siempre conmovedor. La comida, deliciosa, y el bar, completísimo. La cena fue ¡por supuesto! una carne asada, sensacional, preparada en la terraza, junto a la playa, en un asador que parece una pequeña locomotora por la forma y la cantidad de aditamentos que tiene, incluida una opción para cocer al humo. Al eficiente colaborador encargado de asar la carne no debe haberle causado mucha gracia que el único invitado que iba directo con él para despacharse más a gusto fuera yo (¡chilango confianzudo!, ha de haber pensado, aunque ya soy morelense), por cierto de la única familia que no era pariente de los anfitriones. Yo me excusaba con él: “don Baltasar me recomendó que me acercara para escoger un rib eye”, mintiendo descaradamente. ¡Qué carnes!, y qué experto quien las asaba.

Al día siguiente, en un recorrido marino de varias horas cuya fortuita ausencia de pesca fue compensada por la ausencia de mareo, los frutos del mar hicieron presencia y también ayudaron a olvidar las cañas vacías: charolas de callo de hacha y manitas de cangrejo para suplir lo que el océano se negó a dar. Una delicia. Y los vinos, a la altura…

Otro día, me enterneció saludar a doña Calita Robinson Bours, la mamá de María, después quizá de unos veinte años de no verla. Después de tanto tiempo, a doña Calita y a mí se nos humedecieron los ojos y no le pude dar en ese momento el efusivo abrazo que hubiera querido darle porque estaba saliendo del mar, empapado.

Memorable, por supuesto, fue la cena del centenario de doña Carmelita. Como éramos un centenar de invitados, tuvo lugar en un salón de eventos en San Carlos. Dos años atrás habíamos celebrado sus 98 en un restorán de Cuernavaca y fue una gran felicidad ahora acompañarla en semejante efeméride, viéndola tan lúcida y tan agradable como siempre.

Parecería broma si tema tan serio no fuera, pero lo cierto es que a doña Carmelita la acompañaba su hermana mayor, doña Elvira, de 102 años, tan enteras una como la otra. Cierto que a ambas las llevaban sus nietos en sendas sillas de ruedas, pero era más porque no se cansaran que porque no pudieran dar unos pasos. Nos reunimos como a las ocho de la noche y para las nueve ya había llegado la festejada con su hermana. Cenamos muy rico, bebimos a discreción y brindamos con champagne, y pasadas las once empezaron a inquietarse algunos de los asistentes más jóvenes, nietos y biznietos cuyos papás los conminaban a no despedirse antes de que terminara la fiesta y se retirara la cumpleañera (era reunión más de grandes que de chicos). Luego nos comenzó a pesar a varios el día de sol en la playa y el ejercicio de los variados deportes marinos que se nos ofrecieron, pero en la mesa de honor las dos hermanas seguían tan campantes la conversación entre ellas y con sus comensales, muy animadas. Ya próxima la medianoche muchos invitados se paseaban por el salón, saludando y platicando con amigos y parientes, pero las señoras principales, felices, no daban muestra de querer retirarse. Se acercó María a nuestra mesa y cuando le iba a preguntar algo acerca de la familia de su suegra y su hermana (Oye, y doña Carmelita y doña Elvira…) no pude terminar cuando me dijo, muy divertida, “¡No tienen para cuándo!”.

Enrique Donadieu (también como de la familia de Balta, igual que yo), cuya gracia se multiplica al parecer tan serio, y que por supuesto quiere y respeta mucho a doña Carmelita, a las doce de la noche me dijo al oído: “Estas viejitas tramposas se durmieron toda la tarde…”

No pudimos quedarnos al cierre festivo del día siguiente, que sería con una paella (me daba de topes de coraje), así que dejamos Guaymas por la mañana muy temprano y un colaborador de Balta nos llevó a Ciudad Obregón, para tomar el avión de regreso. Por supuesto, lo cité una hora antes de lo necesario para poder hacer una escala obligatoria en esa urbe, que antaño fue nombrada Cajeme, y fuimos a desayunar unos tacos de caguamanta: ya se sabe, por la veda permanente de tortugas en México, la tradicional caguama del noroeste ha sido sustituida por mantarraya.

José Iturriaga de la Fuente