

Laboratorio de Contra/Narrativas
Ruinas II
Roberto Monroy Álvarez
Ruinas. En el 2022 seguimos un camino entre los sembradíos y el cementerio oficial de Tetelcingo en busca de sus fosas comunes. Sabemos que no hay cuerpos allí, que en la exhumación del 2017 se los llevaron a un cementerio distinto, uno llamado Jardines del recuerdo. La ironía: el recuerdo para más de 100 cuerpos que hoy todavía carecen de nombre. Los anónimos de la tierra, parece que serán siempre. Lo que nos sorprenden es que, en el lugar de su primera inhumación, no hay señales que digan aquí se cometió un crimen. Lo único que encontramos son estructuras que se asemejan a una obra negra, una tras otra, como si fueran tumbas vacías, pero llenas de vegetación; incluso una buganvilia trata de sublimar la atmosfera que se respira. No hay nada, salvo el espectro de los muertos, muertas, y las basuras que se aglutinan al fondo. En las exhumaciones del 2017 las madres y colectivos denunciaban que el gobierno trató a los cuerpos como basura. Algunos piensan que no fueron fallas forenses, sino el trato dado a personas criminalizadas por su condición de género, su color de piel, su estatus. Desechables de la tierra. Ruinas. Estamos de visita, otra vez, en el Hospital Siglo XXI en la Ciudad de México, de vuelta, otra vez, a las largas filas y la violencia burocrática de quienes preservan la vida. Para hacer tiempo damos una vuelta por el jardín Ramón López Velarde, el autor del poema La suave Patria. Además de la vida cotidiana de la ciudad, nos sorprende encontrar las ruinas de una especie de campamento: ropa abandonada, el cable roto de una extensión que seguramente alumbraba la noche de muchos, marcas de casas hechizas, improvisadas, unas piedras amontonadas, como si recién un niño hubiera jugado con ellas. No sé lo que habrá pasado allí; tal vez esas son las ruinas que dejan los migrantes al pasar por el jardín, en grupo, organizados, o las que dejan la personas en situación de calle, las que tratan de encontrar un lugar, un refugio. Ruinas. Walter Benjamin, el filósofo que se suicidó en 1940 para no ser capturado por la Gestapo, escribió la alegoría de un hipotético ángel de la historia, desencajado, que está mirando a las ruinas dejadas por el progreso, esa tormenta que va produciendo catástrofe y muertos a su paso. Aunque dicho ángel quisiera “demorarse, despertar a los muertos y reparar lo destruido”, el sentido del progreso, del futuro, del capitalismo, lo hace ir hacia delante, olvidar. No dejo de pensar en esa imagen cuando veo las ruinas de la universidad en Gaza, y comprendo con ello que el genocidio no es una guerra, o la matanza solamente, sino que es arruinar toda una dimensión cultural, social, es un patrimonio arrasado por la barbarie. Ruinas.

Fotografía cortesía del autor.

