

La respuesta a la crisis urbana
Cada primer lunes de octubre, las Naciones Unidas celebran el Día Mundial del Hábitat, un recordatorio de que la vivienda es un derecho humano y que el futuro de las ciudades depende de cómo enfrentemos la desigualdad, la precariedad y la exclusión. Este 2025, bajo el lema “Respuesta a la crisis urbana”, la fecha vuelve a poner sobre la mesa preguntas urgentes: ¿qué significa tener un hogar digno? ¿quién tiene derecho a la ciudad? ¿cómo responder a las demandas de quienes han quedado fuera de las políticas oficiales?
La historia de la colonia Rubén Jaramillo, en Morelos, ofrece una respuesta poderosa a esas preguntas. Surgió en los años setenta, cuando decenas de familias campesinas y obreras, expulsadas de sus tierras y sin recursos para pagar vivienda, decidieron ocupar un predio baldío en Tlaquiltenango. Lidereados por Florencio “el Güero” Medrano, improvisaron con cartones, láminas y tablas sus asentamientos, trazaron calles a golpe de machete y levantaron lo que pronto se convirtió en un barrio popular.
Los primeros años estuvieron marcados por la precariedad y la amenaza constante del desalojo. Las viviendas eran endebles, el agua debía acarrearse en cubetas, no había electricidad ni drenaje. El gobierno veía a los pobladores como invasores ilegales y desplegaba policías para expulsarlos. Pero la comunidad resistía. Se organizaron comités de vecinos para repartir agua, brigadas de vigilancia nocturna y aulas improvisadas donde maestras voluntarias enseñaban a los niños. Las mujeres sostuvieron comedores colectivos y redes de apoyo que mantuvieron en pie a la colonia.
El mismo Obispo Sergio Méndez Arceo los ayudó a debrozar el terreno a punta de machete y los apoyó para legitimar la lucha de una comunidad frente a un Estado que la criminalizaba. De aquella fragilidad inicial emergió un fuerte sentido de pertenencia. Cada intento de represión reforzaba la convicción de que no estaban ocupando arbitrariamente, sino ejerciendo un derecho.
Con el tiempo, las casas de cartón se transformaron en muros de block, las calles de terracería en caminos transitables y el miedo en orgullo. La colonia Rubén Jaramillo se convirtió en símbolo de resistencia y en prueba de que la organización popular podía vencer al abandono estatal.

Este episodio no fue único. En todo México, miles de familias se organizaron en cooperativas y movimientos de solicitantes de vivienda para enfrentar la exclusión. Mientras las políticas oficiales privilegiaban grandes conjuntos habitacionales en la periferia, a menudo mal planeados y hoy en parte abandonados, las comunidades populares demostraron que la autogestión podía producir barrios más sólidos, sostenibles y humanos.
En este proceso, las organizaciones civiles se volvieron aliadas indispensables. CENVI, COPEVI, Casa y Ciudad y FOSOVI, entre otras, acompañaron a colonias populares con conocimientos técnicos, esquemas de financiamiento solidario y metodologías participativas. Su trabajo ayudó a consolidar barrios autogestionados y a fortalecer la idea de que la vivienda no debía tratarse como mercancía, sino como derecho humano.
La colonia Rubén Jaramillo sintetiza esa lección. Fue un espacio creado en condiciones adversas que, gracias a la solidaridad y la organización, se convirtió en un lugar de vida y dignidad. Es también una advertencia: mientras la vivienda siga tratándose como un bien de mercado, millones quedarán excluidos. Y al mismo tiempo, es un recordatorio de que existen alternativas, nacidas desde abajo, que pueden orientar políticas más justas.
Hoy, en un país donde millones aún carecen de vivienda adecuada, la memoria de esta colonia cobra vigencia. No se trata de romantizar la precariedad, sino de reconocer la capacidad de las comunidades para generar respuestas allí donde las instituciones han fallado. La colonia fue una llamarada en el desierto de la exclusión, una prueba de que la dignidad puede levantarse con las manos de quienes no tenían nada. Aun así, los promotores serian perseguidos en años subsecuentes por enfrentarse con el orden establecido desde el poder.
El Día Mundial del Hábitat nos invita a reflexionar sobre la crisis urbana global. México, con historias como la de la colonia Rubén Jaramillo, aporta una lección fundamental: la vivienda no se concede, se conquista colectivamente. Allí donde antes hubo baldíos y barracas improvisadas, hoy hay calles y hogares que recuerdan que sin techo no hay futuro y sin comunidad no hay ciudad.

Mural en la colonia Rubén Jaramillo. Imagen cortesía de Ricardo Yanuel

