Lo que en realidad muestra el nuevo estudio del MIT sobre IA, creatividad y pensamiento

 

En junio de este año, investigadores del MIT publicaron un estudio sobre inteligencia artificial (IA) que ha causado mucho revuelo tanto en la comunidad educativa como en los medios de comunicación. El título parece sacado de una película de ciencia ficción mal actuada: “El efecto del ChatGPT en tu cerebro: acumulación de deuda cognitiva al usar un asistente de IA para escribir ensayos” (https://arxiv.org/abs/2506.08872).

El experimento fue sencillo. Cincuenta y cuatro estudiantes escribieron un ensayo corto, divididos en tres grupos: el “grupo-IA”, que utilizó ChatGPT para redactar su texto; el “grupo-Google”, que podía buscar información en internet, pero sin usar IA; y el “grupo-cerebro”, que no tenía acceso a herramientas digitales: sólo su conocimiento y capacidad de escritura.

¿Y qué descubrieron estos científicos de élite? Que los textos del grupo-IA, aunque bien redactados, eran menos creativos e insípidos frente a los del grupo-cerebro. Que las imágenes cerebrales mostraban casi nula actividad en los lóbulos prefrontales de los estudiantes que usaron ChatGPT. Que no recordaban bien lo que habían escrito ni sentían “autoría” sobre el texto. Y que, aunque el trabajo se hacía más rápido con IA, también se activaban menos regiones cognitivas. A este fenómeno lo llamaron “deuda cognitiva a largo plazo del usuario consigo mismo”.

¡Vaya revelación! ¿Era necesario un estudio del MIT para descubrir que, si dejas que alguien más haga la tarea por ti, no aprendes nada?

Sin embargo, los resultados han sido interpretados de manera sesgada y con tono alarmista en varios medios. Titulares como “Is AI rewiring our minds?” (The Washington Post, 29 de junio), “This is your brain on ChatGPT” (Laptop Magazine, 8 de julio) o “Your brain on ChatGPT (Psychology Today, 19 de junio) sugieren que estamos en camino a convertirnos en zombis digitales con el cerebro derretido por utilizar ChatGPT.

Pero el estudio del MIT no demuestra que la IA dañe el cerebro. Lo que revela es algo más viejo que la imprenta: si dejas de pensar, no aprendes. Si copias una tarea sin entenderla, no haces conexiones mentales. Si delegas la escritura y la lectura sin reflexión, tu cabeza no trabaja. Lo que las imágenes cerebrales del estudio del MIT nos muestran no es el efecto de la IA sobre el cerebro, sino la disminución cognitiva provocada por el plagio pasivo. No porque la IA te “fría las neuronas”, sino porque tú decidiste apagarlas.

La historia de la educación está llena de miedos y ejemplos alarmistas similares. Sócrates se oponía a la escritura porque, según él, debilitaba la memoria: uno ya no necesitaba recordar, sólo leer. Además, sostenía que los textos no podían dialogar como lo hace una persona y por eso la escritura era un sustituto inferior al pensamiento activo. La Iglesia Católica se resistió a la imprenta no solo porque perdía el monopolio de los textos religiosos, científicos y filosóficos, sino también argumentando que, con la imprenta, las ideas “herejes” podrían diseminarse más fácilmente y corromper a la humanidad. Cuando aparecieron las calculadoras, se temía que los estudiantes no aprendieran a sumar. Cuando llegaron los procesadores de texto, se anunció el fin de la escritura a mano. Y con los buscadores de internet, se repitió la misma cantaleta que la de Sócrates: que la memoria se atrofiaría.

El verdadero problema no es la tecnología, sino el uso pasivo de ella. Y eso sí es preocupante. El estudio del MIT es relevante porque muchas personas están usando la IA de forma pasiva, perezosa y acrítica, ¡justo como no deberían utilizarla! La utilizan como autocompletador automático, delegándole todo el proceso creativo, en lugar de trabajar con ella. Como si ChatGPT fuera un escribano mágico que hace el trabajo mientras uno ve TikToks. Si utilizas a la IA, a un compañero o a un profesor como sustituto de tu pensamiento en lugar de como una extensión del mismo, claro que tu cerebro no se va a enterar de nada.

El aporte del estudio del MIT es que pone cifras (y electrodos) a una tendencia real: si seguimos utilizando estas herramientas de forma acrítica y perezosa, vamos a crear generaciones que ni piensan, ni recuerdan, ni entienden. Pero no será culpa del algoritmo. La IA no te vuelve más tonto. Lo que te vuelve más tonto es no pensar.

En realidad, si se usa bien, la IA puede ser un estimulante intelectual formidable. No es casualidad que los mejores usuarios de estas herramientas sean quienes más piensan, preguntan y escriben. La Khan Academy, por ejemplo, ha integrado la IA de forma ejemplar en sus proyectos educativos. Porque pensar con IA no significa dejar de pensar: significa pensar mejor. O al menos tener la oportunidad de hacerlo.

La IA no está friendo nuestro cerebro. Pero está dejando en evidencia cuántos lo tienen en modo avión.


*Instituto de Ciencias Físicas, UNAM / Centro de Ciencias de la Complejidad, UNAM

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Imagen cortesía del autor

Maximino Aldana