José María Morelos y Pavón. El Siervo de la Nación

Alejandro Becerra Dubernard*

Hace algunos días, el 30 de septiembre para ser exactos, fue el 260 aniversario del natalicio de José María Teclo Morelos y Pavón, quien nació en el año de 1765 en la ciudad de Valladolid, hoy Morelia, en el Obispado de Michoacán de la Nueva España. Irónicamente ser morelense o vivir en Morelos te lleva a conocer más sobre la vida del general Emiliano Zapata Salazar, que a la del héroe insurgente que da nombre a nuestro territorio.

Muchas comunidades del estado te reciben con alguna efigie de Zapata, el afamado Caudillo del Sur, ya sea una escultura ecuestre, una estatua de pie o hasta un busto; en cambio, del Generalísimo de los Ejércitos de América Mexicana existen pocas en realidad.

Hace años tuve oportunidad de colaborar en el equipo de investigación y curaduría del proyecto de reestructuración de algunos de los museos históricos que fueron renovados para la celebración del Bicentenario de la Independencia en el 2010, esta encomienda estuvo a cargo de la Coordinación Nacional de Museos y Exposiciones del Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Este maravilloso proyecto me hizo conocer a José María Morelos, un gran personaje insurgente cuya memoria, por lo menos en nuestro estado, siento se ha ido diluyendo. Sí es verdad, Morelos no nació aquí, pero fue en esta tierra que hoy lleva su apellido, en donde realizó una de sus proezas militares más importantes de la gesta independentista, resistir al Sitio de Cuautla, impuesto por el Félix María Calleja, durante 73 días y no 72 como ha trascendido en la historia, porque 1812, fecha en el que sucedieron los hechos, fue un año bisiesto.

Iniciaré contando algunos datos biográficos de Morelos. Su padre fue carpintero y su madre, ama de casa, hija de un maestro de primeras letras. Tuvo dos hermanos: Nicolás y María Antonia. Su infancia transcurrió en el Jardín de la Nueva España, como él mismo se refirió a la ciudad de Valladolid, hoy llamada Morelia en su honor.

A los 14 años tuvo que dejar su casa para irse a trabajar con su tío Felipe a una hacienda en San Rafael Tahuejo, cerca de Apatzingán, donde aprendió a cultivar el maíz y el añil, además de aficionarse a la ganadería. Tanto le gustaban los toros, que una vez persiguiendo a uno, se le rompió la nariz.

A los 25 años decidió regresar a Valladolid para continuar con sus estudios. Ingresó al colegio de San Nicolás Obispo en el que conoció a Miguel Hidalgo y Costilla, quien en esos momentos era rector del colegio. Continuó en el Seminario Tridentino hasta titularse como Bachiller en Artes.

Al poco tiempo Morelos decidió entrar de lleno a la vida clerical y en 1797 recibió la unción sacerdotal.

Después de cubrir algunos interinatos fue nombrado cura y juez eclesiástico de la parroquia de Carácuaro, en lo que hoy conocemos como la región de Tierra Caliente, en el estado Michoacán. Con pasión y vocación se entregó al ministerio por aquella región olvidada del virreinato. Siempre se consideró, “un hombre miserable, más que todos, y mi carácter es servir al hombre de bien, levantar al caído, pagar por el que no tiene con qué y favorecer en cuanto puedo de mis arbitrios al que lo necesita, sea quien fuere”.

A decir de sus biógrafos Morelos era de “mediana estatura, complexión robusta y de color moreno; sus ojos eran obscuros, rasgados y brillantes, de una mirada viva, profunda y extremadamente simpática, tenía cejas muy pobladas y unidas, su boca era franca y risueña, la forma del cráneo revelaba su poderosa fuerza de espíritu y la barba redondeada contribuía a marcar una expresión de indomable voluntad”.

En algunas futuras entregas seguiré escribiendo más sobre José María Morelos y Pavón, porque todavía falta mucho que decir sobre el autonombrado Siervo de la Nación.

* Director General de Museos y Exposiciones

José María Morelos y Pavón. Petronilo Monroy, 1865

La Jornada Morelos