


José Manuel Meneses Ramírez[1]
La experiencia de una ciudad se construye poco a poco, a decir de los expertos la mejor manera de conocer las entrañas de una urbe es andando por sus caminos, vamos, en contacto directo con el suelo, con los accidentes del terreno, ahí donde se palpa y se hace evidente el trazo original, la planeación y la intervención de nuestras autoridades. En este sentido, hay ciudades donde se respira profundo y se disfruta la caminata por sus calles, qué podemos decir de Orizaba y sus callejuelas limpias y bien trazadas o de San Miguel de Allende, donde la planificación se corresponde con el trazo original de una ciudad antigua, para deleite y beneficio de peatones y conductores.
En el caso de Cuernavaca la situación es muy diferente, pues aquí los peatones se juegan la vida en calles sin banqueta, en un espacio donde el semáforo es un privilegio, donde los topes emergen como eructados por el arbitrio más siniestro. Desde luego, el trazo original es un desafío. La basura, la oscuridad y el deterioro son tres argumentos que ya desde el primer cuadro de la ciudad son prácticamente inexpugnables. Quienes habitamos este espacio, podemos referir, casi de inmediato, al menos diez trampas mortales donde nos jugamos la vida, citemos tan sólo algunas: el primer acto de supervivencia se ubica donde la calle No reelección llega hasta el Jardín Juárez, en ese sitio uno camina a diez centímetros de los autobuses que bajan como fieras hacia el centro; qué decir de la avenida Adolfo López Mateos en su tramo lateral al mercado del mismo nombre; así como la subida de Netzahualcóyotl que va desde avenida Morelos hasta Cuauhtemotzin, donde los peatones tienen que echar un volado antes de subir o bajar la cuesta; sin olvidar la curva donde inicia la avenida Atlacomulco o la imposible convergencia de Leandro Valle y la calle Profesor Agustín Güemes Celis, donde vendría bien un despacho de abogados para que, antes de cruzar, el peatón dejara firmado el testamento.
Otra muestra de ello es el socavón de la calle Humboldt, una oquedad que se abrió después de su cruce con las Casas, por segunda vez, este flagelo que azota a los habitantes de la zona limítrofe entre la colonia centro y el tradicional barrio de Amatitlán. Por si fuera poco, a tan solo tres días de reabrir la calle, la tarde del 18 de septiembre irrumpió un derrame de agua en el mismo punto, enfatizando el desastre y dejando inservible lo que se suponía ya estaba resuelto. La alta afluencia de vehículos y unidades del transporte público, combinada con la cercanía del centro histórico y el mercado Adolfo López Mateos, así como la presencia de niños que acuden al Centro Cultural de la Vecindad; esto sin contar que se trata de una zona de importantes oficinas en el centro histórico, son los elementos necesarios para plantear un escenario de terror en el sitio donde apareció este socavón.
La pregunta que uno puede plantearse frente a los escombros que, durante una semana bloquearon simbólicamente la acera, aventando hacia el arroyo vehicular a los viandantes, no es únicamente una interrogante ética, sino también una de carácter ontológico que, de manera general podríamos plantear bajo los siguientes términos: ¿cuál es el valor de lo humano cuando se abre en el peligro que plantean las ciudades modernas? Una vez más, quienes transitamos por la zona, conocemos la respuesta concreta, objetiva y absoluta a estas interrogantes: en Cuernavaca andar por las calles, incluso en el mismo centro de la ciudad, implica mirarse a la cara con la muerte.


Imágenes del sitio la noche del 17 de septiembre de 2025, después de la segunda reparación del socavón la calle reabierta y la banqueta bloqueada.


Imágenes del sitio la mañana del 18 de septiembre de 2025, el desastre de la supuesta reparación del socavón, la calle parcialmente cerrada. En espera de una tercera reparación.
Imágenes: cortesía del autor.
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Nahuatlato, Pofesor de Tiempo Completo en el Colegio de Morelos. ↑

