


El clero mexicano jugó un papel fundamental durante la Revolución de Independencia. La complejidad de su composición impide los maniqueísmos en la evaluación de su intervención en el proceso libertario, desde luego no todos los sacerdotes se suscribieron a la lucha; pero, tampoco todos permanecieron sumisos bajo el peso de la desigualdad y la injusticia, pues, en ese momento, también para ellos era corriente y habitual. Dentro del universo de personajes que arengaron al pueblo para dar muerte a los gachupines, quisiera delinear la figura de don José Ignacio Couto e Ibea, un hombre sacado de historietas de aventuras, un auténtico sacerdote rebelde, siempre a salto de mata durante los años de conflicto.
Las fuentes nos indican que Couto paso de San Martín Texmelucan, a Zacatlán, y hasta el célebre curato de Jantetelco, donde Mariano Matamoros Guridi había iniciado su camino hacia Izúcar el 13 de diciembre de 1811, para unirse al movimiento con don José María Morelos. Así pues, Couto evoluciona y profundiza su compromiso con la causa, lo vemos como simpatizante primero, como ávido propagandista de las ideas liberales después, y finalmente al lado de los contingentes e, incluso, como comandante de un Batallón. Todo se originó porque Couto e Ibea se manejaba en contra de lo establecido por el Obispo de Puebla, Manuel Ignacio Campillo, quien se había dirigido a sus diocesanos en la Exhortación del 30 de septiembre de 1810, donde les pedía que “…observaran quietud, subordinación, fidelidad y amor al Rey”. Por esto, fue separado de su curato por intervención del gobernador Ramón Díaz de Ortega, debido a las sospechas fincadas por su peculiar versión de la pugna libertaria que, para ese momento, ya se había añejado con los años, y más aún con la sangre de Hidalgo y de muchos otros caídos en contienda antes de 1813.
Por su adhesión a los ideales libertarios, el sacerdote iba desterrado a España, como una medida favorable para un miembro del clero; sin embargo, escapó de sus captores en la ciudad de Tepeaca, en diciembre de 1813. Después de refugiarse en Tehuacán, Couto escribió directamente a Morelos, Rafael Argüelles, Guadalupe Victoria y a Juan Nepomuceno Rosains, quien lo nombró comandante militar de Huatusco en 1814, para llegar a ser Teniente Coronel y tener bajo su mando al famoso Batallón de infantería en Maltrata, conocido con el nombre de “Regimiento de la república”. En ese lugar, Couto también participó en la redacción del Reglamento para el gobierno de las provincias orientales, por encargo directo de Guadalupe Victoria en agosto de 1816. El sacerdote combatiente, en uno de sus episodios más amargos, después de ser asediado por más de treinta días, fue derrotado en Palmillas y apresado el 29 de junio de 1817, por las fuerzas realistas bajo el mando del Coronel Hevia, quien era comandante del Batallón de Castilla. Posteriormente, fue llevado a la cárcel episcopal a disposición del Obispo Antonio Joaquín Pérez Martínez de Puebla.
Una vez más, el sacerdote evadiría la justicia realista el 29 de octubre de 1818, pero, en esta ocasión para apelar a la gracia del indulto, desde un lugar indeterminado, donde permaneció, según se dice, más de un año escondido. De este segundo escape se dicen muchas cosas: Couto habría sido ocultado en la Iglesia del Espíritu Santo, otros señalan que se resguardó en una bodega de la Biblioteca Nacional. La complejidad de nuestro personaje, lo sitúa en el periodo de 1820-1821, apelando a Juan Ruíz de Apodaca, al obispo de Puebla y a don Ciriaco del Llano por el indulto necesario para regresar a su curato.
Finalmente, nuestro personaje fue derrotado por la fuerza del indulto dos años después de su fuga; pero, sobre todo, por el desgaste de una vida al filo del peligro. Así, las fuentes indican que, después de todo, el virrey le otorgó el indulto el 14 de junio de 1820, efectivamente, fue restituido en su investidura para ser destinado a la Parroquia de la Natividad en Atlixco, Puebla, disfrutando de la Amnistía a partir del 9 de marzo de 1821, tan solo unos meses antes de la consumación de la Independencia de México. Se trata de otro de esos sacerdotes que, como Morelos y Matamoros, pisaron tierra morelense con pies de fuego, dejando en los campos de la región sudor, sangre y valentía.
Para una noticia más detallada de los sacerdotes rebeldes, recomiendo la lectura básica de Elías Amador El clero mexicano en la revolución de la independencia; así como, el ya célebre estudio de Ana Carolina Ibarra El clero de la Nueva España durante el proceso de Independencia 1808-1821, donde el lector encontrará una serie de sacerdotes, saliendo de sus sacristías, para entregar su vida a la causa libertaria.


Imagen: Archivo
A resaltar inicio del segundo párrafo:
“Las fuentes nos indican que Couto paso de San Martín Texmelucan, a Zacatlán, y hasta el célebre curato de Jantetelco, donde Mariano Matamoros Guridi había iniciado su camino hacia Izúcar el 13 de diciembre de 1811, para unirse al movimiento con don José María Morelos. Así pues, Couto evoluciona y profundiza su compromiso con la causa, lo vemos como simpatizante primero, como ávido propagandista de las ideas liberales después, y finalmente al lado de los contingentes e, incluso, como comandante de un Batallón.”
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Nahuatlato, Profesor de Tiempo Completo en El Colegio de Morelos. ↑

