La farsa de una inalcanzada independencia nacional que devino efímero imperio mexicano.

“Señor: amaneció por fin el día de nuestra libertad y nuestra gloria, fijóse la época de nuestra feliz regeneración y en este momento venturoso hemos comenzado á recoger el fruto de nuestros sacrificios. El pueblo mexicano […] ocupa el sublime rango de las naciones independientes y se prepara a establecer las bases primordiales sobre que ha de levantarse el imperio más grande y respetable”, afirmó Agustín Cosme Damián Iturbide y Arámburu.

El viernes 28 de septiembre de 1821, ante los integrantes de la Junta Gubernativa, el realista vallisoletano ‒converso al independentismo‒ ofreció un discurso tras la triunfal entrada a la Ciudad de México del Ejército de las Tres Garantías ‒religión, independencia y unión‒ la víspera ‒trigésimo octavo aniversario de su nacimiento‒ del día en el cual se firmaría el documento que concretó dicho proceso: el Acta de Independencia del Imperio Mexicano.

Cuando siete meses y cuatro días antes, el sábado 24 de febrero de 1821, Iturbide promulgó el Plan de Independencia de la América SeptentrionalPlan de Iguala‒, inició el camino a su cadalso. “La absoluta independencia de este reino”, ofreció el consumacionista plan, con la imposición de “la religión católica, apostólica, romana, sin tolerancia de otra alguna” y un “gobierno monárquico templado por una constitución análoga al país” que nacía.

“Habrá una Junta interior e interinamente mientras se reúnen Cortes que hagan efectivo este Plan”, misma que “se nombrará Gubernativa y se compondrá de los vocales ya propuestos por el señor virrey”. Más aún: “Fernando Séptimo y en sus casos los de su dinastía o de otra reinante serán los emperadores, para hallarnos con un monarca de forma y de hecho, y precaver los atentados de la ambición”. Así nació no una república sino un imperio.

El lunes 23 de julio de 1821 Iturbide y sus tropas acamparon en la villa de Cuernavaca. “Ya no sufriréis el yugo de unos opresores, cuyo lenguaje es el insulto, el artificio y la mentira, y cuya ley está cifrada en su ambición, venganzas y resentimientos”, peroró. Y exhortó a los cuernavacenses: “Estrechemos por tanto los vínculos de nuestra fraternidad y no nos apartemos de los santos deberes con que la patria nos llama imperiosamente a su servicio”.

México no consumó su Independencia en 1821 ni Iturbide fue su artífice. Un selecto grupo de “notables” decidió renunciar a los ideales que el otro vallisoletano, José María Teclo Morelos y Pavón, el verdadero padre de la patria, concibió en los Sentimientos de la Nación ‒14 de septiembre de 1813‒: “Que la América es libre é independiente de España y de toda otra Nación, Gobierno o Monarquía, y que así se sancione, dando al mundo las razones”.

México a través de los siglos. La Reforma; José María Vigil; séptima edición; t. V; Editorial Cumbre; México; 888 pp.

Cuadro histórico de la Revolución Mexicana de 1810; Carlos María de Bustamante; t. II; edición facsimilar; Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana; México; 1985; 438 pp.

Textos fundamentales del constitucionalismos mexicano; Miguel Ángel Porrúa, dirección; primera edición; Cámara de Diputados; México; 2014; 952 pp.

Foto en blanco y negro de una casa

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Imagen: Cuernavaca. Panorámica. Casas y barranca

(fragmento); ca. 1900; Archivo Jesús Zavaleta Castro.

Jesús Zavaleta Castro