

Felipe Garrido*
A/
Un hombre insatisfecho
Había un lanchero en San Miguel de Afuera, tan pobre que dormía en su barca. Arrullado por el mar, veía las torres iluminadas de los hoteles, del otro lado de la Bahía del Olvido, y se dormía soñando que estaba en una de esas habitaciones.
Como todo el mundo sabía lo que el lanchero soñaba, un día se le acercaron las señoras de la Junta Cívica, le dijeron que le habían juntado lo suficiente para cumplirle su ilusión y lo llevaron al más elegante de los hoteles.
Al día siguiente lo esperaron en el mercado, al lado del puesto de Elizabeth Antúnez Segunda, famoso por sus tamales de acocil prieto y de pulpo marinado. Le invitaron una cerveza y un tamalito, para darle la oportunidad de que les diera las gracias, pero el lanchero les dijo que se había pasado la noche soñando que dormía en su barca.

—Nunca tenemos con lo que tenemos —dijo Marta, en la cantina.
—La mente —dicen que dijo el marinero— tiende a vivir en el pasado o en el futuro, y lo que importa es el presente. Las ensoñaciones del pasado y el deseo de algo diferente en el futuro son causas de nuestra infelicidad.
—Había un abogado en San Miguel de Adentro —recordó Ramón—, que se llamaba Marcelo y un día se casó. Tiempo después, con su mujer, comenzó una tarde a planear el futuro. Marcelo quería que su hijo estudiara leyes, como él. Y la mujer quería que fuera comerciante, como el padre de ella. La discusión subió de tono y los gritos se oían en la calle. Un buhonero que pasaba por allí, interesado en abastecer la miscelánea con que se sostenía el abogado, se aproximó a la ventana. Después de oírlos, les pidió que llamaran al muchacho, para ver qué opinaba, pero el heredero aún no
había nacido.
—Ahora entiendo —dijo el marinero, lo de Marcelo el Lelo.
B/
Deseos
De pronto un día, Elizabeth Antúnez Tercera y el marinero comenzaron a encontrarse más a menudo. Eran coincidencias que los hacían reír, como que eligieran la misma calle para ir de un lugar a otro, o el mismo día y la misma hora para ir a buscar una revista que, además, según la veía cada quien en las manos del otro, resultaba ser la misma.
Una tarde, a las puertas de La Flor de Michoacán, donde los dos habían pedido una paleta de arrayán y marañón, sus miradas se cruzaron con especial intensidad.
—Nuestros deseos —dijo el marinero— nos distraen. Si disminuyen los deseos, como te dije en Las Rayas, la conciencia crece.
Elizabeth redondeó los labios para recibir la paleta.
—Cuando el aire agita el estero —dijo el marinero, que parecía turbado—, no puede verse el reflejo de los árboles. Si el viento se calma y el agua se mueve más despacio, el reflejo ondula. Si el agua está inmóvil, los árboles se ven con claridad.
La muchacha dejó que la brisa le arremolinara el cabello; alargó el cuello; hizo apuntar los pezones bajo el vestido floreado, dio media vuelta y se marchó.
*Doctor honoris causa por El Colegio de Morelos. Catedrático en la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

