

Vidas consumidas
Karina Escobedo Toro
Hace unos meses tenía un trabajo en el que entraba a las nueve y salía a las cinco. Después de dos años y medio ahí, regresar a casa a las seis de la tarde se me hacía agotador. Mientras iba en el transporte público, con los pies cansados, pensaba que al menos vivía en una ciudad pequeña como Cuernavaca y no en una ciudad inmensa como la Ciudad de México. No es que me quejara de mi empleo, en realidad lo disfrutaba. Sin embargo, en esos trayectos donde solía distraerme en mis redes sociales, me encontraba con cientos de videos de influencers jóvenes mostrando “su rutina de hoy”: levantarse a las seis de la mañana para hacer ejercicio, comer en lugares caros, vivir en departamentos de zonas privilegiadas, trabajar en cafeterías editando videos, viajar cada semana y comprar artículos innecesarios. Todo ese consumismo, toda esa información, me agotaba de una manera inexplicable. Hoy, en otro contexto, analizo mi vida: levantarme antes del amanecer para dar clases en secundaria, tomar un transporte cada vez más caro y pagar mi renta puntualmente con esfuerzo. Y mientras tanto, estas personas están concentradas en contarnos historias irreales de esfuerzo y meritocracia distorsionaban mi realidad; hacen reseñas de productos que probablemente ni usan, pero que refuerzan la idea de que consumir es una necesidad. Esto sin duda es lo que Bauman, en Vidas de consumo, define como los “daños colaterales” de nuestra época consumista: esa forma de no hacerse responsables de las consecuencias de las decisiones tomadas, sin pensar en las personas afectadas en nombre del beneficio económico. Así funcionan las marcas que usan influencers como herramientas del capitalismo: sin importar que quienes trabajamos 45 horas a la semana terminemos creyendo que nunca es suficiente porque fantaseamos con lujos inalcanzables. Lo peligroso es que nos venden la idea de que la culpa es nuestra. No hay conciencia de clase en esos discursos. Y, por supuesto, todo esto está atravesado por el género. Ahora que trabajo con adolescentes, lo noto aún más. Muchas de las luchas feministas (romper los estereotipos de belleza, cuestionar las exigencias de la feminidad,) parecen borrarse con más fuerza en los discursos de las influencers que venden la “energía femenina”, la idea de ser una “mujer de alto valor” o incluso de no ser independientes económicamente. Mientras tanto, a los hombres se les sigue vendiendo el discurso de ser “proveedores”. Pienso que, si la desigualdad no estuviera tan marcada, tal vez no me sentiría tan agobiada. Porque con todo el empeño que pongo en ser profesora, resulta frustrante que alguien que no reflexiona en lo que dice, ni en el daño que causa, venga a venderme una vida falsa e irreal como si fuera la única aspiración posible.
Laboratorio Contra/Narrativas (CIIHu-UAEM)

Fotografía María Esther Ocampo

