

Cuarta entrega
Postal con saludos de dos amigos que viven en ultramar
Viernes 28 de abril, frente al Teatro de la Zarzuela.
Con la emoción del día anterior todavía a flor de piel, al recordar a la fotógrafa de Miguel Hernández y la carta de Neruda escrita de su puño a la madre de mi amigo Miguel Sánchez —quien la mostró ante mi vista en su casa— y con algunos versos de estos poetas repitiéndose en mi mente —como cuando se queda uno con el estribillo musical de alguna melodía que se repite— abordé el metro en busca de otro amigo de años. Él es un mexicano con quien has compartido muchas andanzas, su nombre para tu memoria lo dice todo, Jorge Javier Romero. Así entonces descendí de mi vagón en la estación Sevilla, justo frente al Teatro de la Zarzuela y muy cerca del edificio del Congreso. Jorge Javier, gran conocedor de la ciudad, me invitó a comer en un restaurante de mucha tradición fundado hace más de un siglo, su nombre: La Ancha.
Llegué una hora antes de la cita lo que me dio el tiempo de perderme con gozo en el barrio de Las Letras y visitar el Museo ICO, que no conocía y que está dedicado a la arquitectura. Después de esta visita solamente tuve que caminar un poco para encontrar el núm. 7 de la calle Zorrilla, donde en un anuncio discreto se lee: La Ancha.
Al entrar noté de inmediato que era un lugar muy distinguido. Me recibió una joven elegantemente vestida y me condujo a la mesa que se había reservado, me indicó mi asiento y al acercarme apareció la primera sorpresa de esa tarde, la persona que me esperaba. Me di cuenta de que no era Jorge Javier, sino alguien que en ese momento me resultó desconocido, sin embargo, él se levantó y con afecto expresó: “¡Qué gusto verte otra vez, ‘Biólogo’!”. Lo saludé, me senté y percibí que su barba y bigote escondían el rostro de un amigo y compañero con quien hace años navegaste en las aguas electorales. Era Rodolfo Vergara, él fue el responsable de los temas de trasparencia en el INE mientras Romero y tú estaban como asesores en la Secretaría Ejecutiva, haz memoria y lo recordarás.

Al poco rato llegó el anfitrión de esta comida y, sabiamente, los tres nos comprometimos a una cosa: no hablar de México —recordando a Joyce quien en una tertulia les propuso a los comensales “Si no podemos cambiar de país, cambiemos de tema”—. Y así lo hicimos para no hacer corajes y pasar la tertulia felices, lo que afortunadamente cumplimos a cabalidad.
Como conoces bien al “Coco” Romero sabrás que la conversación fue muy divertida, condimentada de anécdotas del pasado y notas culturales, breves pero sustanciosas, sobre comida, libros y películas de la actualidad española y, por supuesto, no faltaron los chismes picantes, condimentados por la imaginación inagotable de Jorge Javier quien me sorprendió al contar que un amigo, conocido de los tres, se divorció hace algún tiempo y próximamente se casará en Guadalajara con la hija de unos muy queridos amigos tuyos. No obstante, y a pesar de que, como dice ese son montuno, “el chisme me alimenta” —que siempre repites en verso—, no te voy a revelar los nombres de los involucrados para guardar la privacidad de los novios. Pero a mi regreso brindaremos por ellos, contentos y con una sonrisa en el rostro, te lo aseguro.
Los manjares que probamos confirman que estábamos en un gran restaurante. Sólo para tu antojo te cuento que de entrantes, como dicen por acá, pedimos croquetas de rabo de toro y mini boquerones fritos, y al escuchar a la camarera cuando nos sugirió probar unas olivas de Jaén, regresó a mi mente uno de los estribillos que venía repitiendo en silencio en el metro, uno de aquel poema de Miguel Hernández que interpreta Paco Ibáñez, lo recordarás sin duda; dice así “Andaluces de Jaén, aceituneros altivos, decidme en el alma ¿quién, quién levantó los olivos?”, sí, esa letra que cantabas desentonadamente, pero con todo el sentimiento. De segundo plato hice caso a la sugerencia de la carta y pedí un bacalao a la vizcaína preparado como se debe, con salsa a base de pimiento choricero, mientras que ellos compartieron un rodaballo al ajillo con sal gruesa.
A la hora de los digestivos que ofreció la casa tomamos orujo de una bellísima botella con una luna dibujada en la etiqueta; en ese momento yo no quise dejar pasar mi agradecimiento a Romero por su gentileza de venir a verme a Madrid desde Alcalá de Henares, donde vive y trabaja en la universidad. Fue al segundo orujo que él y Rodolfo propusieron ir a tomar otra copa al “piso” de Rodolfo, y en ese momento apareció una vez más “el Vientecillo” Hernández quien se negó a seguirlos, argumentando que al día siguiente tomaría un vuelo a primera hora con rumbo a Mallorca; a un viaje que sería de mucha marcha, ya que visitarías a tu amigo y gran artista plástico, el hacedor entre otras cosas de las portadas de tus últimos dos libros. Su respuesta fue contundente, y con una sonrisa irónica preguntaron: “¿Dónde quedó ese famosísimo ‘Vendaval’?”. Nos despedimos con el mismo cariño de siempre, y ahora renovado en Madrid, y cada uno tomó su metro llevando consigo el sabor de la amistad que suele dejar el encuentro con seres queridos.
*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas, que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad.

El poeta Miguel Hernández. Cortesía

