“¿Qué hace usted ahí?”, pregunté a la mujer septuagenaria ocultándose tras la puerta de servicio del Palacio Municipal. “Aquí, nada más, esperando el grito”, respondió sonriendo. Eran alrededor de las seis de la tarde y ella, inevitable asistente a la ceremonia de la noche del 15 de septiembre siempre buscaba, de cualquier forma, acceder al edificio sin contar con invitación. Su patriotismo lo reflejaba en su tradicional vestido largo de lentejuelas rojas.

La ceremonia del Grito de Independencia ha sido, después de la paulatina concreción de la Independencia Nacional, un acto de dos escenarios: el de las élites en un palacio y el del pueblo llano en una plaza. Arriba, los detentadores en turno del poder; abajo, la abstracta ciudadanía. Adentro, los invitados especiales del especial convocante; afuera, la diversidad de la colectividad en masa. Dos realidades en un mismo acto con disímbolos simbolismos.

Equivocadamente, merced al odio que la ignorancia genera, se atribuyó a José de la Cruz Porfirio Díaz Mori, héroe y presidente ‒libertador y dictador‒, la traslación de la fecha conmemorativa del inicio del movimiento independentista de 1910, argumentando que quiso imponer tal acto en el día de su natalicio ‒15 de septiembre de 1830‒. Aunque el responsable de ello fue Antonio de Padua María Severino López de Santa Anna Pérez de Lebrón.

A pesar del inevitable clasismo que todo acto en el ejercicio de poder implica, el patriotismo decimonónico y el nacionalismo novecentista impusieron la solemnidad como parte del intrincado andamiaje conceptual del patriotismo. Incluso, a pesar de que el nacionalismo revolucionario transmutó en solidarismo para terminar en liberalismo social, la patriótica conmemoración implicó la solemnidad como parte esencial del anual acto protocolario.

Sin embargo, con el siglo XXI llegaron la ignorancia y la estulticia. La inclusión de elementos discursivos conceptuales nuevos, de personajes favoritos en el amplio panteón insurgente, de preferencias y de gustos personales de la autoridad, así como de perversos intereses políticos y partidistas, fueron signos de los tiempos que dieron paso al humanismo mexicano ‒cuyos dos ideólogos no son mexicanos‒, época de despropósitos disfrazados de patriotismo.

Salvo honrosas excepciones, los disfraces de los “arriba gritantes” se caracterizan por su alto costo y por su mal gusto; los corifeos en nómina se distinguen por su cortesano servilismo; los invitados compiten por una autofotografía con el anfitrión oficial y los coinvitados; las viandas, a sobreprecio y de mal gusto, fluyen con generosidad merced al erario. En tanto, el pueblo independizado, aplaude patrióticamente, al grupo musical que ameniza la fiesta patria.

Imagen: Reina y princesas de las fiestas patrias (fragmento);

Cuernavaca, Morelos; ca. 1930; Archivo Jesús Zavaleta Castro.

Jesús Zavaleta Castro