Felipe Garrido*

A / Elecciones

—Vivimos —dicen que dijo el marinero una madrugada, para ponerle fin a una discusión sobre las elecciones para gobernador, que serían el domingo siguiente— rodeados de títulos y trámites. Tenemos demasiados títulos y seguimos demasiados trámites. Creemos que somos eso, títulos y trámites. La verdadera sabiduría se alcanza en el vacío de la mente, en el reino del silencio. Ese conocimiento nos libera de toda esclavitud.

Pero sus adversarios, encabezados por el cura de Los Mangos y por el presidente municipal de San Miguel de Afuera, interpretaron sus palabras como una declaración política y durante toda la semana los editorialistas de La Voz de la Costa le dedicaron análisis sesudos y mal intencionados.

B / El canto de las ranas

Una vez, en los arenales de Las Rayas, Elizabeth Antúnez Tercera se encontró con el marinero.

—¿Esperas una sirena?

—Yo no soy el profesor. Yo vengo al mar, nada más. Me gusta oírlo. Me recuerda a un maestro que conocí en otras tierras. Él iba a un ojo de agua, cerca del pueblo. Se sentaba al pie de un árbol y esperaba. Al amanecer, las ranas comenzaban a cantar. Entonces las escuchaba y meditaba hasta que el Sol subía y el canto terminaba.

—¿Meditar?

—Quedarte callado, quitar de la mente todo pensamiento. A veces rozas la calma, estás cerca. Cuando consigues sumergirte en el silencio has llegado, estás con el Ser. Al meditar estás en paz, nada exterior te llega. Te descubres lleno de energía. Los deseos se desvanecen, como la luz de una vela cuando surge el Sol.

—Tú ¿lo has sentido?

El marinero, callado, se volvió hacía la bahía. Mientras se hacía de noche, permanecieron cada quien, en su sitio, sin mirarse ni hablarse ni tocarse.

—El día y la noche se acarician largamente, como un hombre y una mujer enamorados; como un solo río interminable, hacia el centro vivo, más allá de fin y comienzo —dicen que dijo luego el marinero, como si hablara con las olas.

C / Fama

La vida del marinero comenzó a complicarse. Tres o cuatro ONG, algunas internacionales, intentaron afiliarlo. El Bien Peinado quiso nombrarlo hijo predilecto de San Miguel de Afuera y un candidato de oposición lo invitó en vano a que lo acompañara en su campaña. Un día, llegaron a entrevistarlo de Houston en la mañana y de Sao Paulo por la tarde; dos días después, de un canal de la capital, con cámaras y una chica —así decían— abundantemente maquillada y convenientemente escotada para los calores de la isla. Querían grabar una entrevista en el mercado, mientras el doctrinero —así le decían— bebía cerveza oscura y comía unos pulpos en salsa de habanero.

El marinero empleó lo mejor de su ingenio para no dejarse encontrar, y la gente de la televisión entrevistó a quienes lo conocían, porque no iban a regresar con las manos vacías. Ramón el Cojo, Marta, el carnicero, el cantinero, Joaquín Armenta y Elizabeth Antúnez Tercera, entre otros, dijeron lo que sabían, y el cura de Los Mangos, el único de la isla, territorio casi libre de burocracias sacralizadas, hizo un pequeño sermón en su contra que aprovechó para condenar el aborto, los condones y una obra de teatro que no había visto.

Escondido en un barco camaronero, el marinero ilustrado comprendió que se había hecho famoso, y rogó al Ser, desde el fondo de su alma, que le revelara cuál era el pecado que había cometido para merecer ese castigo.

Más lo asustaba la idea de que el Ser lo hubiese puesto a prueba: de que ahora debiera rodearse de títulos y trámites para aceptar y organizar y burocratizar su magisterio. Pero, como es sabido, el marinero no pretendía ejercer magisterio alguno; era un hombre débil, que a veces no estaba seguro de creer lo que decía.

*Doctor honoris causa por El Colegio de Morelos. Catedrático en la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

La Jornada Morelos