

Claramente pienso mucho en problemas grandes, en antisemitismo, geopolítica internacional, la posición ideológica de naciones enteras en un mundo cada vez más polarizado. Estudio filosofía en la universidad e incluso el arte que consumo suele tocar temas como el holocausto (mi pintor favorito es Zdzisław Beksiński) o, en su defecto, leer novelas sobre las complejidades políticas e históricas de la caída de un futuro imperio humano, tal como la trilogía original de Fundación. Y aunque mucho de esto, al ser arte, sí me habla a un nivel emocional, mi fascinación con estas y otras obras es un ejercicio mayormente intelectual.
Pero todo eso lo pudieron haber asumido con base a lo que escribo. Claro que me tomo muy en serio a mí mismo y al mundo; en ocasiones me molesta cuando las personas no lo hacen, pero eso no es útil. ¿Por qué me preocupan estos grandes problemas? Porque hay algo que vale la pena proteger en la humanidad, algo que no es serio, algo que no es grande, pero lo es en que de ello nace todo: las emociones humanas sin más.
De ahí mi otro tipo de arte favorito, el que no dice nada. Con ello no me refiero al contenido de internet que le pudre el cerebro a los jóvenes y genera un proceso adictivo de consunción vacía. No, me refiero a películas como «Lost in Translation», series como «Love» o «Nobody Wants This», canciones como «That’s Enough, Let’s Get You Home». Todas estas son sobre humanos siendo humanos, teniendo emociones y fallando miserablemente en sentirlas y en actuar sobre ellas, e incluso cuando lo hacen, fallan en la comunicación con el otro, porque eso es la vida. No me está diciendo nada la película, al menos nada que no hubiéramos vivido todos ya mil veces. Los niños de primaria, cuando aprenden a preocuparse por sus amigos, cuando idealizan a su papá y eventualmente dejan de hacerlo, viven eso, y solo se sienten bien, o mal, o raros, o no saben cómo se sienten, pero saben que hay algo, y frecuentemente no sabemos qué hacer, no sabemos qué esperamos de nosotros mismos ni qué esperan los demás, pero con algo de suerte aprendemos qué hacer y en base a qué.
La gran mayoría de nosotros nunca se sienta a pensar sobre estos procesos, y los que lo hacemos es una vez a la semana en terapia, porque ¿quién demonios tiene el tiempo para pensarlo más? Estaríamos desgastados todos los días si lo hiciéramos, o al menos yo lo estaría y, como buen humano, asumo que mi perspectiva es universal. Aquellos que pueden expresarlo, aquellos que pueden darle forma coherente, aquellos que con su obra son capaces de hablarle a las partes del ser que tú mismo ignoras, son los mejores artistas, cosa que no es lo mismo que ser los más exitosos.
Claramente a mí me es difícil y por ello no pretendo ser artista, al menos no en esta vida, pero es lo que quiero proteger: de las guerras, del odio y xenofobia, del capitalismo, debe ser protegida la esencia del ser, deben ser protegidas esas mañanas calladas en casa, sea solo o con tus seres amados, debe ser protegido el instinto de crear, debemos poder abrazar a aquellos que amamos sin miedo, debemos quedarnos platicando a la hora de irse porque nunca sabemos cuántas horas nos quedan juntos.
Por eso intento enfocarme en los aspectos sociales del mundo, porque el mundo no es nada sin ellos, porque el mundo no es nada sin nuestra capacidad para amar y odiar, porque al mundo le da forma esa parte ignorada del ser, tal vez sea su venganza.


