El placer de ver al otro caerse



El otro día, en vez de avanzar con mis clases de italiano en Duolingo —porque siempre hay un mañana para aprender a decir “¡no me toques las pelotas!” con acento napolitano— me quedé atrapada en un reel que explicaba la palabra alemana schadenfreude. Ese término impronunciable que, aunque no tiene una traducción literal al español, se entiende más o menos como “alegría por el daño ajeno”, hablando en plata es ese gozo perverso de ver cómo otro se da en la madre.

Mientras veía el reel pensaba que era raro que en español no tengamos una palabra igual de precisa. Aunque quizá no la necesitamos, porque todos sabemos de qué se trata.

Y seamos honestos, todos hemos sentido ese placer culpable. Yo la primera. Cuando el típico cavernícola que se mete en el tráfico de forma temeraria poniendo en riesgo a todos termina estampado contra una patrulla. O cuando la señora que trata al mesero como esclavo acaba con la sopa caliente en las piernas. Ahí, aunque uno se haga el distraído, dentro de nuestro corazón se escuchan aplausos y vítores.

El algoritmo lo sabe. Por eso me alimenta con videos de gente perdiendo los papeles. La Karen racista, la Lady en el Oxxo, el político corrupto al que alguien le da un puñetazo, el influencer insoportable que se cae en pleno live. Es como si TikTok fuera un repartidor de karma instantáneo y nosotros, adictos al morbo, siempre quisiéramos otra dosis.

Pero este vicio no lo inventaron las redes sociales. Roma ya lo había entendido hace dos mil años. En plena hambruna, los gobernantes construyeron el Coliseo cuando el pueblo no tenía voz política, pero sí el derecho de ser entretenido. Los juegos eran gratis, con comida incluida y violencia premium a cambio de lealtad al emperador. Si no había pan, al menos había sangre. Pan y circo, dijeron, y funcionó. Mientras los romanos gritaban desde las gradas, nadie hablaba del hambre en las calles.

Hoy el Coliseo cabe en el bolsillo. No necesitamos leones ni gladiadores, basta un trending topic. La arena es digital y seguimos siendo la misma plebe con sed de espectáculo. La sangre ahora es simbólica, alguien sube un video filtrado, un chisme maldito, una infidelidad cazada en pleno concierto de Coldplay. Y de inmediato todos nos ponemos la toga de verdugos para incendiar las redes.

Lo gracioso es que todavía juramos que somos seres pensantes. Nos repetimos que tenemos criterio propio, que nadie nos manipula, que somos más listos que los gobiernos y más astutos que los algoritmos que nos distraen con cortinas de humo. Pero la verdad es que el morbo nos tiene domesticados. Ya no buscamos ideas, buscamos caídas. Y así, entre carcajadas crueles y retuits vengativos, hemos convertido el schadenfreude en nuestro padre nuestro de cada día.

Antes el linchamiento era público y se reservaba para crímenes atroces. Hoy basta un tropiezo verbal. Una frase mal dicha y ya tienes a miles pidiendo tu cabeza. No se conforman con señalar, ahora queremos el paquete completo. Que te echen del trabajo, que tu pareja te deje, que tus amigos te borren del WhatsApp, que te deporten del planeta tierra. Una vida pulverizada en trending topic.

Lo disfrazamos de justicia porque no somos nosotros los malos. Nos repetimos que es el karma cobrando factura, como si el karma necesitara community managers. La realidad es menos mística, porque no existe justicia automática; lo que sí hay son millones de dedos sobre un teclado jalando al mismo tiempo la cuerda de la guillotina digital.

Y esa guillotina no perdona. Hace unos días el activista Charlie Kirk fue asesinado en una universidad de Utah. Más allá de que sus ideas pudieran gustarte o no, lo verdaderamente aterrador no fue solo la violencia de su asesinato, sino lo que vino después. Aparecieron videos de gente celebrando su muerte, riéndose, subiéndolos con orgullo, como si la tragedia fuera material para TikTok. La miseria humana exhibida sin pudor.

Y como si la primera oleada de odio no bastara, llegó otra. Una segunda turba digital se lanzó contra los que habían festejado. Se abrieron cuentas para exhibir sus nombres, campañas para presionar a sus empleadores, amenazas para vetarlos del país. Una cacería de brujas con hashtags.

Roma lo sabía desde siempre. Mientras el pueblo pedía sangre, los de arriba movían las fichas sin que nadie lo notara. Entonces y ahora, el truco es idéntico. Nos distraen con la Lady del momento para que no hablemos de las guerras, de la inflación o de las leyes que hipotecan nuestro futuro.

Al final gozamos con la caída ajena para no llorar por la propia. Porque estamos cansados, frustrados, hambrientos de sentido. Cada escándalo viral es un chupito de anestesia, una carcajada breve que tapa por un instante la tristeza de fondo. El problema es que la anestesia dura poco y la resaca nos recuerda que seguimos igual de vacíos.

El Coliseo romano hoy son ruinas. El imperio cayó. La pregunta no es a quién cancelaremos mañana, la verdadera pregunta es si lograremos apagar el Coliseo digital antes de que nos toque bajar a la arena. Esa es la trampa. Nadie está a salvo. Hoy reímos en las gradas, mañana podemos ser el espectáculo.

El pan escasea. El circo, en cambio, nunca cierra. Y todos los imperios, sin excepción, terminan pudriéndose desde dentro, no por la fuerza de sus enemigos, sino porque sus pueblos prefirieron la anestesia del espectáculo a la dignidad de la conciencia.

Imagen: longreads.com

Elsa Sanlara