A / El hombre que no podía moverse

—Hubo en Los Mangos —dijo un día Ramón el Cojo— un varón piadoso, poeta o zapatero, algo aficionado al trago, que vivía junto al cementerio. Cada vez que pasaba un cortejo, salía a la calle, lo acompañaba rezando y ayudaba a los sepultureros. Con el tiempo cayó enfermo y ya no pudo sostenerse de pie. Tuvo, sin embargo, y por muchos años, la gracia de que cada vez que un justo pasara hacia el panteón, él tuviera bríos para salir a la calle, acompañar a los deudos y rezar un par de misterios por el alma del muerto.

«Un día falleció un puntilloso catequista, amigo de monjas y de un obispo, gran limosnero, de misa y comunión todos los días; a su paso, el enfermo no pudo ponerse de pie. Poco después, murió un carpintero que no iba nunca a la iglesia, ni daba un peso a ninguna obra de religiosos, ni escuchaba con suavidad a quienes le llevaban la contra. En su entierro, el hombre rezó de pie un rosario entero.

«Los vecinos estaban desconcertados. La agitación fue tan grande que la Parroquia y el Ayuntamiento organizaron de común acuerdo una comisión investigadora con los vecinos más distinguidos, fueran cuales fuesen su oficio y su filiación política.

«Las comisiones acudieron con la familia del carpintero y la encontraron inconsolable: aquel hombre profesaba un santo horror por la Iglesia, no era de trato blando ni sonreía si no estaba contento, pero era cariñoso con su familia y sus amigos, y había atendido con amor a su padre, que murió de más de cien años.

«En la casa del catequista nadie lloraba: había sido un hombre arrogante y duro, aunque todos los días fuera al templo y se encerrara en su casa para rezar. En su habitación, hallaron una cruz de oro y comprendieron que aquel hombre adoraba al metal, no al Cristo; quería imponer su voluntad y había cultivado la imagen de la beatitud, pero no la caridad.»

—Nadie —dijo el marinero ilustrado— es más santo que quien busca al Ser sirviendo y amando a quienes viven a su lado, a quienes toca su sombra.

B/ Los ladrones y el bienaventurado

—Hombre santo en verdad —dicen que dijo un día el marinero, ya tarde, cuando sólo quedaban unos cuantos parroquianos—, al que conocí en un puerto de otros mares.

«Una noche, dos ladrones entraron a su casa con costales. El hombre los veía, desde su habitación, pero no hizo nada por detenerlos ni por pedir ayuda. Hasta que uno de los ladrones, que llevaba dos días sin comer y tenía mucha hambre, tomó una pieza de pollo de un plato de peltre que estaba allí en la cocina, a un lado del fregadero. En ese momento el santo dio voces y salió de su cuarto con las manos en alto. Tranquilizó a los muchachos y con voz firme les dijo: —Todo es de ustedes; todo se los regalo. Pero no coman de ese plato. Allí comió un enfermo grave y se pueden contagiar.”

*Doctor honoris causa por El Colegio de Morelos. Catedrático en la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

Felipe Garrido