

Dannya Ayala
Hoy la columna tiene otra voz. Danny, poeta y ensayista, psicóloga e investigadora de la violencia de género, nos comparte una reflexión donde el cuerpo deja de ser materia para revelarse como territorio simbólico, social y político
Andrés Uribe
Habitar el cuerpo, pensarlo, construirlo. Escribir sobre él.
Desde hace algunos años he dedicado mis letras a discernir los imaginarios que, como sociedad, abstraemos sobre los cuerpos humanos y las formas en que se representan. Pienso en ellos como el medio que nos permite experimentar nuestra realidad y como aquello que, de manera inconsciente, nos atraviesa.
Desde el psicoanálisis, el cuerpo se distingue del organismo: se construye a partir del lenguaje y de la relación del sujeto con el otro. Es un cuerpo creado desde lo colectivo, que siente placer, dolor, goce y que, además, es gozado. Esta idea me traslada directamente a una posición de espectadora, pero también de consumidora.

El consumo del cuerpo —ya sea desde la idea capitalista o la romántica— lo convierte en un objeto de deseo, siempre disponible para ser alcanzado. Se inicia entonces una persecución donde la satisfacción llega al poseer al otro, acompañada por la necesidad de saciar el sentido de pertenencia que, como seres sociales, desarrollamos a lo largo de nuestras vidas. Esto condiciona la apariencia y el comportamiento corporal según las exigencias que las sociedades nos han impuesto. El cuerpo se vive por y para el otro.
Entonces, ¿dónde inicia la supuesta libertad que tenemos sobre nuestros cuerpos? ¿Nuestras relaciones están siempre atravesadas por este juego de posesión y pertenencia?
“Tú me quieres alba,
me quieres de espumas,
me quieres nácar.
Que sea azucena
sobre todas, casta (…)
Y cuando las carnes te sean tornadas,
y cuando hayas puesto
en ellas el alma
que por las alcobas se quedó enredada,
entonces, buen hombre,
preténdeme blanca,
preténdeme nívea,
preténdeme casta.”
Escribe Alfonsina Storni en uno de sus poemas, donde relata justamente esta idea de posesión y aceptación condicionada por el otro. En él, Storni nos regala versos que rompen con la concepción de arraigar la experiencia corporal propia a la expectativa ajena y nos abre la posibilidad de apropiación a pesar del condicionamiento.
No quiero parecer pesimista. De verdad creo, fielmente, que como individuos tenemos la libertad de decidir sobre nuestras corporalidades y sobre nuestros cuerpos físicos, espirituales y políticos. Sin embargo, incluso a lo largo de mis propios textos he coleccionado cuerpos ajenos; los he guardado en el bolsillo como los restos de cáscaras de naranja que como en las mañanas, y he creado el mío a partir de las experiencias compartidas.

