“Así fue como en 1939 Frida se fue a París y lo conquistó”.

Diego Rivera en su autobiografía, Mi arte, mi vida.

Siempre resulta placentero visitar el Museo Robert Brady, en Cuernavaca. Además de disfrutar sus exposiciones de pintura y de los objetos que coleccionó el artista y diseñador estadounidense que da nombre a este recinto, este espacio cultural ofrece conciertos, conferencias y presentaciones de libros. Gracias a esa coyuntura, hace unas semanas tuve la oportunidad de asistir a la presentación del libro, Madame Rivera, una fugaz parisina, su autor Miguel Vaylon (Misha), dramaturgo y escritor, estuvo acompañado de la gestora cultural Ximena Jordán, del fotógrafo Guillermo Kahlo y del multifacético Juan Rafael Coronel Rivera. Todos ellos compartieron algunas palabras en torno a la icónica figura de Frida Kahlo, quien, haciendo un paréntesis, actualmente es la segunda artista más buscada en Google, el primero sigue siendo Leonardo da Vinci.

La parte medular de este libro es una novela en la que gracias al pacto ficcional entre el autor y sus lectores la lectura fluye refrescante y gozosa. Así, liberados de la lógica que empuja a la verificación de los hechos, es fácil empatizar con los trances, los soplos de placer y los instantes de sosiego que experimentó Frida durante su viaje a París, entre mediados de enero y marzo de 1939. Por cierto, en aquel entonces nuestra querida pintora aún estaba lejos de la fama que alcanzaría años después, en esa época era más reconocida como la esposa de Diego Rivera.

Esta novela es el resultado de años de investigación que realizó Miguel Vaylon para documentarse sobre el referido viaje. Las cartas, telegramas y otras evidencias documentales que encontró, transfiguradas por el crisol de la literatura, parecen resonar en la límpida voz de Frida Kahlo. Sus palabras peregrinan entre las páginas de esta novela y resurgen a flor de piel, asidas a sus emociones y a los momentos que conformaron su presencia en Paris. En esos días los nombres de Hitler, Mussolini y Franco viciaban el aire de la cotidianidad europea, se respiraba un ambiente de incertidumbre que se acentuaba con la creciente política expansionista de los nazis y sus aliados.

Las pinceladas narrativas del autor dan cuenta de esa pesada cotidianidad. Además, trazan imágenes sobre las experiencias de Frida Kahlo en ese viaje a Paris. Sus vagabundeos por los lugares emblemáticos de la ciudad, las rimbombancias de las grandes avenidas, los ecos de las viejas calles, el despliegue de arte en los museos, la serena belleza de los parques, la bohemia en los cafés, los placeres de los clubes nocturnos y su inesperado encuentro con Josephine Baker.

El tema recurrente es el surrealismo. De hecho, es André Bretón, fundador de este movimiento artístico y literario surgido en Francia en 1924, quien promete su apoyo a Frida para que exhiba sus pinturas en Paris. A su llegada a la capital francesa, Frida pronto descubre que la exposición prometida carece de la mínima organización. Esa negligencia de Bretón marca las pulsaciones de desencanto, disgusto y desaliento de Frida. Para fortuna de nuestra artista, esas emociones son atenuadas por Jaqueline Lamba, Dora Maar, Mary Reynolds y Marcel Duchamp, entre otras personas que le ofrecen apoyo. Por supuesto, en los momentos más difíciles de Frida recurre a sus evocaciones de Diego Rivera y Nick Muray, su amante en turno.

Misha, el autor de esta novela, hace evidente su experiencia como dramaturgo y mediante la construcción de elocuentes diálogos da voz a los personajes. Así, ciertos párrafos se convierten en escenas de teatro muy vívidas. Los disgustos de Frida están deliciosamente aderezados con su florido lenguaje. En contraste, a propósito de ese lenguaje, los encuentros de amistad, fraternidad y amor despliegan palabras de cofradía, lealtad y erotismo que estremecen por los tonos de ternura, aliento y pasión con los que los expresa Frida.

Frida Kahlo no era una mujer de medias tintas, estaba acostumbrada a confrontar de frente sus opiniones, así lo hizo cuando André Bretón la promovió en París como una pintora surrealista. Ella no dudó en mostrar su desacuerdo a que la catalogaron como tal. Conocía está corriente artística y no se sentía ligada a la misma, sus obras surgían de algo tan real como el dolor, el suicidio y la muerte. Sus coloridas pinturas trataban de plasmar esas experiencias cotidianas. Nada que ver con las divagaciones y expresiones del surrealismo sustentadas en la abstracción, la imaginación y las visiones oníricas.

No obstante, su rechazo a que la etiquetaran como surrealista, Frida nunca pudo desprenderse de sus conexiones con esta corriente artística y finalmente sus pinturas fueron expuestas en Paris bajo el abanico del surrealismo y conforme la idea de André Bretón. La decisión de Bretón, plasmada en la exposición Mexique, integró 21 cuadros mexicanos de los siglos XVIII y XIX, 47 objetos de arte popular mexicano, 58 piezas de arte precolombino, 32 fotografías de Manuel Álvarez Bravo, un grabado (La danza macabra de las hijas de la cervecería) de José Guadalupe Posada, un cartel (Los vasos comunicantes) de Diego Rivera y 17 óleos de Frida Kahlo.

Al final de cuentas, la exposición Mexique resultó ser un acierto, ya que acercó la obra de Frida a los ojos y a la crítica de reconocidos artistas que asistieron a la inauguración de su exposición en La Galería Renou & Colle. Después de semanas de altibajos, la noche de esa inauguración Frida se sumergió en un escenario en el que desfilaron figuras imprescindibles del mundo del arte y del surrealismo. Ellos no sólo entendieron su estética, también su mensaje y su visión. Joan Miró la alentó diciéndole que percibía una luz creativa en sus obras, Max Ernst la animo a seguir por el camino que estaba trazando, Vasili Kandinsky quedó muy conmovido con su obra y expresó su admiración con lágrimas en los ojos y, magnético, Pablo Picasso la saludó con una sonrisa franca y le reconoció sus cualidades artísticas y personales.

Madame Rivera, una fugaz parisina, es un libro que además de la novela comentada contiene un conjunto de textos de diversos autores que aportan preciosa información sobre Frida Kahlo. Miguel Vaylon escribe sobre la construcción progresiva del mito de Frida Kahlo, su resonancia intemporal y su continuidad. Guillermo Kahlo habla sobre las ataduras y libertades de Frida y su impacto en la cultura de México y del Mundo. Juan Rafael Coronel Rivera enfatiza sobre las singularidades de la relación de pareja que tuvieron Frida y Diego, sin duda de camaradas. Javiera Parra evoca su infancia y sus aventuras en el jardín de la Casa Azul y también comenta sus reflexiones sobre ciertos pasajes paralelos en la vida de Frida y su abuela Violeta Parra. La diseñadora y artista plástica Delia González puntualiza sobre el legado de Frida Kahlo en su camino creativo. Andrés Orozco, conjuga coincidencias entre su bisabuelo José clemente Orozco y Frida Kahlo. Por su parte, Ximena Jordán ofrece interesantes ejemplos de la presencia de Frida y su creciente popularidad en diversos ámbitos y geografías del mundo, asimismo la califica como catalizadora del arte, entendiendo con ello que Frida Kahlo sigue favoreciendo y estimulando el proceso creativo.

Así es, más allá de su resonancia en el cine, la música y la literatura, la repercusión de Frida Kahlo en el proceso creativo está presente en múltiples soportes de expresión, algunos tan evidentes como la ropa y los artículos de decoración y otros tan surrealistas como la Realidad Virtual y la Inteligencia Artificial.

Francisco Javier González Quiñones