

(Primera parte)
Después de años de batalla continua, buscando el tesoro más apreciado por todo ser humano: la libertad de vivir y ser, las mujeres han encontrado el momento histórico para desenvolverse de manera diferente siempre demostrando su poder, fortaleza y habilidades, así como una inteligencia que parecía estar oculta dentro de una jaula cubierta de prejuicios, violencia y represión. La lucha ha durado muchos años, sobreviviendo en cada batalla dando la cara a todos los obstáculos y aunque sabemos que nada ha terminado, las mujeres nos hemos sentido orgullosas de demostrar -además del don divino de traer vida- nuestra capacidad de crear, producir, desarrollar y crecer en todos los ámbitos sociales.
Por las mañanas cada una se despierta con la confusión de la vida, intentando hacer un pequeño resumen sobre lo logrado hasta el momento y tomando la decisión de mejorar cada aspecto en las horas que se avecinan, pero algo ocurre, al ver a tu alrededor te das cuenta que te has convertido en madre, tienes a tu lado una pareja con la que intentas cumplir los reglamentos y formalidades que exige una familia y es entonces que recuerdas todos los deberes a realizar durante el día: alistamiento escolar, alimentar a esa familia que tú has decidido tener porque existe algo dentro de tu espíritu repitiendo tu responsabilidad natural de preparar el desayuno adecuado pero también comienza la inmensa preocupación de la planificación sobre los siguientes alimentos, manteniendo estos pensamientos ocurre la angustiante actividad de verificar que todos acudan a sus actividades en el horario adecuado y junto a todo esto, mirando a tu alrededor, se escribe una lista invisible de pendientes.
Cuando una mujer logra comenzar a desenvolverse de manera laboral, sin indicación ajena, comienza a organizar de manera interna un horario de más de 24 horas que le permita un equilibrio en su entorno laboral y familiar, todo esto ocurre sin presión alguna, el argumento de que somos obligadas a realizar todas estas actividades ha quedado borrado y transformado en un pensamiento que pareciera ser implantado en la mente de todas nosotras.
Con la elección de pareja también viene consigo el descubrimiento de nuevas tradiciones, formas de vivir de quien elegimos compartir el tiempo que sea necesario, ante esto, la alimentación que conocíamos tiene que adaptarse o en algunas ocasiones cambiar; se trata de una negociación no hablada más bien es vista como un proceso de adaptación donde muchas ceden y algunas otras se aferran a “cambiar” aquello que consideran inadecuado olvidando que tachar algo de erróneo es retar la normalidad de cada individuo que a pesar de compartir un país y ciertas tradiciones, la crianza familiar se torna particular y única.
Al momento de compartir un techo con la plena intención de formar una familia, el inconsciente femenino se transforma, inicia entonces la preocupación por hacer lo adecuado: la limpieza del espacio, la administración de insumos, el cuidado de los ingresos económicos, la angustia de no dejar de sentir ese amor que los unió y la desesperante idea de lograr los sueños que el feminismo (como hada madrina) promete cumplir. Es entonces que cada día se convierte en un reto hasta llegar el momento en que la monotonía de la obligación matriarcal se apodera de cada pensamiento y muchas caen en rutinas agotadoras: ser buena madre y esposa, tener un hogar limpio y adecuado, proveer de alimentos saludables obteniendo información y orientación por todos lados buscando al mismo tiempo ceder ante la alimentación previa de quien has decidido compartir un techo.

Las mujeres mexicanas se caracterizan por ceder a la concepción de la “buena esposa” y honran la idea de generar habilidades de cocina porque pareciera que las costumbres represivas invaden como pequeñas sombras ese intento de libertad; presumen al medio social aquellos platillos que alguna vez propusieron omitir y ceden de a poco a cada mandato de su compañero y de sus descendientes. Poco a poco posponen los sueños con lo que iniciaron y en un parpadeo pasan años, generan apego a los hijos en busca del título de buena madre, pero también el de buena esposa, van formando una nueva figura de ellas mismas oprimiendo en cada decisión la voz de libertad que la edad moderna les proporciona.
Actualmente en nuestro país una mayoría femenina presenta problemas de salud relacionados a malos hábitos y son regañadas con gran intensidad porque además de su autoexigencia como jefas de familia se les añade la idea de cuidar su salud perdiéndose en una misión que se deforma en su interior y se traduce en la realidad de cuidar la salud de quienes se siente responsable omitiendo incluso la individualidad de cada uno que la rodea; paso a paso va dejando atrás su autocuidado hasta llegar el momento donde se siente sola y vacía. Muchas enfrentan un rompimiento marital, la ausencia y desinterés de los hijos y la notoria perdida de amistades a las que olvido cultivar durante el proceso.
Considerar que llegamos enfermas a la tercera edad, pero también solas por voluntad propia es la gran contradicción social, nos hacen creer que vivimos la era de la liberación femenina, pero nadie prepara ni educa la mentalidad de millones de niñas que ven una mamá cansada que va dejando apagar la emoción de sueños y metas por lograr, una madre sacrificada que es honrada hasta el día de su muerte, pero nunca escuchada.

*Psico nutrióloga

