

Arte como resistencia
María Olivera*
Las entradas en esta columna han reflexionado sobre el quehacer de los museos de arte contemporáneo, sobre el fenómeno del coleccionismo y la curaduría, sobre la apuesta por relaciones horizontales dentro de las instituciones de cultura o sobre el impacto de la cultura fuera de las salas de museo, todo esto mientras atravesamos tiempos difíciles –por decir lo menos–, tiempos complejos para el mundo, la naturaleza y la humanidad, también para la economía, la cultura y las agendas políticas. ¿Y nos seguimos aferrando al arte contemporáneo?
Nos hemos acostumbrado a ver la publicación de un museo en redes sociales, por ejemplo, seguida de una receta, imágenes del genocidio en Palestina, y un video sobre consejos para una vida saludable pero lo cierto es que se siente como un consumo irreal. Nuestra mente, visión y corazón saltan de un contenido a otro en cuestión de segundos, la impresión parece durar poco y la vida continúa, salvaje y descontrolada –en un horario de 8am a 5pm en oficina, con rutinas y dinámicas establecidas–, pero continúa. El mundo da la sensación de caerse a pedazos y no obstante, aquí seguimos. Hace poco volví a escuchar el término “hipernormalización”, acuñado originalmente por el antropólogo Alexei Yurchak en su libro “Todo era para siempre, hasta que dejó de existir” (2005) donde habla de los últimos años de la Unión Soviética y la forma en que vivió esa última generación, y me hizo mucho sentido revisitarlo.
Este fenómeno, nos dice el autor, se caracteriza por diversos procesos sociales tales como aceptar narrativas de falsedad como normalidad, es decir en una suerte de resignación colectiva donde seguimos haciendo como que el sistema funciona aunque sabemos que está roto; también está implicada la despolitización y pasividad en la que parece que no hay esperanza de cambio y se fomenta el individualismo a toda costa; así como la comercialización de la experiencia y la cultura donde el consumo de experiencias crea desconexiones entre lo que estamos viendo y lo que nos dicen que es la realidad.
Aunque pueda parecer desesperanzadora, la hipernormalización no es del todo mala pues nos ayuda a nombrar lo que estamos viviendo, nos permite hacer comunidad y hablar de los problemas que nos trastocan. Además, nos queda el arte. La insistencia en las prácticas creativas en este contexto se sostiene como defensa del pensamiento crítico, creativo y afectivo, como un acto de resistencia y como un gesto que abre grieta en la narrativa dominante. En este contexto, producir obras de arte, estudiarlas o preservarlas desde las instituciones culturales y los espacios independientes es también una forma de seguir pensando que otros mundos son posibles.

Tal vez no se trata de aferrarse al arte contemporáneo, sino de comprender por qué seguimos recurriendo a él en medio del colapso. En un entorno donde la saturación de información, la violencia sistemática y la indiferencia parecen anestesiar nuestras reacciones, el arte se convierte en un espacio de dislocación para interrumpir la inercia. Es cierto que lo contemporáneo no nos dará respuestas a la crisis, tampoco se trata de confiar en él como repositorio de memorias porque la responsabilidad de ir convirtiendo este mundo en un lugar mejor para todxs recae en nuestras prácticas individuales y colectivas, pero sí puede sugerir preguntas que nos ayuden a imaginar otras formas de relacionarnos: ¿qué diálogos establecen lxs artistas con su presente? ¿Es válido despolitizar las prácticas artísticas? ¿Qué necesidades comunicativas, afectivas y sociales atraviesan su trabajo?
Nos invitó a hacerle éstas y otras preguntas a lxs creadorxs con la intención de dibujar una cartografía de motivos que nos permitan hacerle frente a la cultura de consumo acelerado y significados prefabricados, para procurar los matices y encontrar prácticas concretas de resistencia frente a la hipernormalización y así seguir creyendo –aunque sea de forma intermitente– que otras realidades todavía pueden pensarse, imaginarse y construirse.
*María Olivera. Subdirectora de Investigación del MMAC y crítica de arte.

Imagen cortesía de la autora

