

Cuando la gente de Tepoztlán hace 30 años dijo “No al Club de Golf” inició la más visible y heroica gesta por la defensa de la tierra de la que el Pueblo Mágico haya tenido registro. Una lucha que sirvió de ejemplo al mundo, pero de la que empresarios y políticos han mostrado haber aprendido muy poco.
En aquel tiempo, a las promesas falaces de prosperidad y desarrollo siguieron algunos de los esquemas de represión más dolorosos en la historia de Morelos. En contra de los opositores a la construcción del campo y residencias aledañas, se ejerció violencia política, económica, mediática, pero también material que culminó en un muerto, múltiples heridos y decenas de personas privadas de la libertad, muchos de ellos aún eran niños entonces.
Toda la fuerza del Estado se aplicó injustificadamente contra un pueblo que quería conservar sus tierras, adquiridas ilegalmente y por tanto invadidas por una empresa interesada en el lucro y no en la mística y las tradiciones del pueblo que, ya desde entonces y sin necesidad de ninguna nomenclatura se consideraba a sí mismo como mágico. Nada pudo extinguir la voluntad de conservación del territorio de los tepoztecos.
A tres décadas del inicio de la movilización, los pobladores y su autoridad municipal, a la que han concedido legitimidad más por sus acciones que por estatutos jurídicos (como ocurre siempre en esas comunidades), advierten que las amenazas siguen, ahora desde empresas inmobiliarias y políticos que están dispuestos a arruinar a Tepoztlán, otra vez con el argumento de un progreso que la gente del pueblo ha rechazado porque no los incluye a ellos ni a sus tradiciones, no respeta su identidad, y daña sus bosques, sus tierras y todos sus recursos.
En la conmemoración por el 30 aniversario del movimiento, quienes participaron en él, pero también quienes entonces eran niños o aún no nacían, recordaron los valores que les dan identidad; su relación con la tierra, el bosque y sus cerros; y nuevamente advirtieron estar dispuestos a retomar la defensa del territorio ahora bajo las nuevas prácticas que les permite tener un ayuntamiento aliado: clausuras y prohibiciones de construcciones para frenar un fenómeno que, por más inocente que parezca, acaba por arruinar a los pueblos: la gentrificación en un sentido amplio.
La invasión permanente que sufre Tepoztlán no es un fenómeno inocente y la actitud de los pobladores del pueblo tampoco es xenófoba. Los intentos de desarrollos inmobiliarios dañan el medio ambiente, reducen la disponibilidad de agua, encarecen los terrenos y viviendas, erosionan la identidad cultural, desplazan a los pobladores originales a quienes segregan a las periferias.

Dos problemas parecen contribuir al problema actual, primero la percepción de valor sobre los terrenos, que lleva a venderlos a precios de mercado sin concebir el valor ambiental y comunitario del suelo; segundo, la ambición de empresarios y políticos dispuestos a incurrir en prácticas ilegales y anticomunitarias para adueñarse de terrenos ayudados por la corrupción de líderes comunales y hasta, en algunos momentos, de autoridades municipales. La receta para enfrentarlos hoy es la misma que hace 30 años, la organización de la gente ahora ya puede recibir la colaboración y protección de su autoridad municipal, para defender su territorio.
Si no cesa la presión de las inmobiliarias, y de los empresarios y políticos que hay detrás de ellas, Tepoztlán podría volver a tocar las campanas pronto.

