Cada gobierno en cualquier parte del mundo padece la enorme tentación de reescribir la historia con el fin primordial de colocarse como el único destino posible del pasado, como la culminación más perfecta de las gestas y la evolución social. Las tentaciones suelen fracasar porque, pese a los esfuerzos que se hagan, la historia no puede rehacerse a modo de nadie, los hechos del pasado son como fueron y acaso los descubrimientos de los mejores investigadores refuerzan o develan las partes de los procesos por todos conocidos y perfeccionan la narrativa que solo pueden alterar los mentirosos.

El planteamiento de la gobernadora, Margarita González Saravia, y decenas de especialistas e investigadores del pasado en Morelos y México, respecto a la recuperación de las figuras históricas mujeres en el devenir del estado y el país resulta especialmente interesante porque no es un planteamiento revisionista sino reivindicador.

A diferencia de las muchas correcciones falaces a la historia nacional que se intentaron hacer desde los gobiernos buscando legitimaciones en el pasado; lo que busca hacer el proyecto documental que involucra principalmente a El Colegio de Morelos, es recuperar a las mujeres que ya están en las narraciones y crónicas del pasado nacional y local, y devolverles el lugar que les corresponde como conciencias de cambio, como luchadoras sociales.

Porque gran parte del éxito de la lucha de las mujeres por su reconocimiento y los espacios de participación política radica en que no se considera como una consecuencia irremediable, sino como un triunfo frágil que debe cuidarse y construirse permanentemente. Entonces no se trata de un acto de propaganda histórica, sino de justicia narrativa. Desde la perspectiva estructural, las mujeres en la historia de México y de Morelos funcionaron como personajes incidentales, aunque su relevancia fue definitiva en el desarrollo de cada una de las tramas. Este defecto en la narrativa resulta en historias flojas, ajenas, que mantuvieron por mucho tiempo la figura de unos cuantos próceres con características casi sobrehumanas. Lejos de ejemplar, la historia patria se convertía en lugar mítico que funcionaba como condensador de apenas unos cuantos ideales y no de modelos de vida para seguirse y reproducirse.

Las mujeres en la historia de la Independencia, de la Revolución, de cada movimiento social, estuvieron ahí, como muestran los registros de cada época, pero fueron marginadas a espacios casi anecdóticos, lo que impidió no solo entender la importancia de su involucramiento en las luchas, sino la complejidad y humanidad de cada uno de los procesos que construyeron al país, al estado, a las ciudades y pueblos.

Y aunque se trata solamente de recuperar la presencia de las mujeres en la narrativa de la historia estatal y nacional, la tarea resultará, seguramente, en la revaloración no solo del papel de ellas en los procesos, sino de cada uno de los eventos de nuestra historia con un tono que humanizará el heroísmo, lo volverá más cercano, y explicará muchos de los huecos que persisten en los hilos narrativos.

La reivindicación de la figura femenina en la historia es uno de los más grandes pendientes no solo por cuestión de género, sino también en la congruencia narrativa que se enriquecerá en lógica y sentidos con este aporte. El reconocimiento no sólo es un ¡Vivan las mujeres que nos dieron patria!, sino la comprensión de su papel en cada una de nuestras luchas.

La Jornada Morelos