Ir a un hotel todo incluido no es viajar, es entrar a la maqueta de un país, una burbuja diseñada para que olvides que afuera existe otra realidad. Ahí todo está resuelto, hay margaritas a las diez de la mañana, clases de pintura frente al mar, toallas que aparecen solas y la comodidad de pasar una semana entera sin pronunciar una palabra en el idioma local. Una escenografía perfecta donde la cultura se reduce a cócteles con nombres imposibles.

Confieso que siempre los critiqué. Les decía Disneylandias para adultos, parques temáticos donde los turistas trasladan sus mundos, su comida y su acento. Jamás entendí a los que viajan a un país sin querer conocerlo. Los veía como seres anestesiados, incapaces de incomodarse con un idioma, con calles llenas de gente, con la incertidumbre de probar un sabor distinto. Y, sin embargo, esta vez yo también caí. No por convicción, sino por necesidad. Con un dolor en el pie que me tenía a medio paso de la cojera, acepté rendirme al dolce far niente. A dejarme cuidar. A ser una pieza más en esa escenografía.

Lo curioso del todo incluido cinco estrellas no son las albercas infinitas, sino la fauna que lo habita. Ahí conviven, los matrimonios jóvenes que se dan el último lujo antes de hipotecar su vida con hijos; parejas clase medieras que, por una semana, se sienten millonarias; las cougars cazando colágenos; los divorciados rabos verdes; y, por supuesto, el turista pudiente que mide su felicidad en puntos de la Amex Platinum. Todos viven en una realidad distorsionada donde hablar de cruceros, esquiar en Aspen, restaurantes caros y resorts de lujo suena a revelación divina. Nada de escuchar al otro. Todas son conversaciones sin raíces, sin profundidad, sin la más mínima grieta por donde se cuele la cultura, la historia o, mucho menos, la vulnerabilidad. Pagan por alquilar la postal de una vida perfecta que nunca ha sido suya. Y ahí estaba yo, con un mocktail llamado Llama Cósmica, servido en copa humeante con pitahaya, maracuyá y espuma de coco, convertida sin remedio en parte de esa tribu que tanto había criticado.

No sé si es la edad o mis neurosis, pero cada vez me cuesta más soportar esas conversaciones huecas donde todo gira alrededor del “yo, yo, yo”. Así que opté por un voto de silencio turístico. El problema es que el aburrimiento llegó demasiado rápido. En la recepción me sugirieron un tour en cuatrimotos y buggies, “una aventura tropical”, dijeron. Me dejé tentar, mi imaginación se desbocó imaginando selva, paisajes vírgenes y adrenalina. Lo que encontré fue otra cosa. El recorrido pasaba por poblados pobres, muy pobres. Donde había niños descalzos tragando polvo al borde de la carretera. Algunos pedían dinero, otros vendían frutas, otros solo estiraban la mano para chocar los cinco. Todos cubiertos de polvo. Y ahí fue, donde la sangre me empezó a hervir por dentro. Sentí rabia. Sentí vergüenza. Sentí que estábamos pagando por robarles su paz, con el ruido constante de los motores y con el polvo que levantábamos sobre sus casas, su ropa, su vida cotidiana. Para mí, aquel tour fue un desfile obsceno de desigualdad. Cuando terminó el recorrido, mi marido se quedó mirándome en silencio. No necesitaba preguntarme nada porque mi cara ya lo decía todo. Entonces soltó: “Quizá no deberíamos regresar con el grupo de turistas”.

Alguien del tour nos consiguió un taxi. El conductor se llamaba Vladimir, que no era Uber ni taxista, era el primo de alguien de ahí. Llegó con su coche familiar, dispuesto a llevarnos al fin del mundo si hacía falta. Yo, todavía con los sentimientos a flor de piel, le pedí que, por favor, nos llevara a comer comida de verdad. Nada de restaurantes para turistas. Quiero yuca, chicharrón, mangú, arroz. “Lo que tú comerías, algo que sepa a lo que cocina tu madre o tu abuela”. Sonrió sorprendido. Nos llevó al pueblo donde hacían el mejor chicharrón de República Dominicana. Era un puesto diminuto, de lámina oxidada, con humo que olía no a grasa, olía a gloria. Mientras el chicharrón se cocinaba cruzamos a una tiendita, compramos cervezas y nos sentamos en sillas de plástico junto a los vecinos del lugar. Para ellos era rutina, para mí ese momento breve y grasiento fue el verdadero viaje. No la alberca infinita, ni el lounge con barra libre de champán, el viaje estaba en ese chicharrón crujiente y en esa cerveza fría que sabía a realidad.

Horas después, ya en el hotel, me crucé en el bar con una huésped con la que había hablado el día anterior. Me preguntó cómo me había ido y le conté lo del polvo, los niños, el chicharrón. Me miró como si hablara en chino y enseguida cambió de tema diciéndome que esa noche tenían reserva en el restaurante francés. Y entendí que, para ella, como para tantos, las vacaciones no son curiosidad ni encuentro, son anestesia.

Esa misma noche, una bartender llamada Mayelin me escuchó con atención. Le conté lo mismo sobre el tour, mi incomodidad, mi enojo. Ella sonrió, me tomó la mano y me dijo: “Entiendo exactamente lo que quieres decir. Pero si me permites, te comparto mi perspectiva. Yo crecí en esos barrios. Antes pasaban autobuses de turistas, hacían ruido, levantaban polvo, pero para nosotros era lo mejor del día. Ver gente distinta nos emocionaba. A veces nos daban dulces, chicles, monedas, y aunque no nos dieran nada, verlos pasar era felicidad pura, me ayudaba a imaginar que había otros mundos”.

Me quedé callada.

—No te sientas mal, Elsa. Así es la vida, con diferencias, con desigualdades. Ni tú ni yo podemos cambiarla—, me dijo.

Asentí, dándole la razón, sin ser capaz de decir nada porque sentí que me iba a poner a llorar. Justo ahí entendí que mi incomodidad, aunque válida, era también un privilegio. Yo podía darme el lujo de cuestionar; ellos no. Para muchos niños, ese desfile de polvo era un respiro en la rutina de carencias. La vida, sin duda, siempre es cuestión de perspectiva. Viajar no es solo mirar con tus ojos, es dejar que otros te devuelvan la mirada.

El todo incluido no es el enemigo. A veces el cuerpo pide justo eso, descanso, aire acondicionado, la comodidad de que alguien más se encargue. Pero el lujo de verdad está en otro lado, en entender que, aunque en el mundo haya diferencias brutales, hay momentos que nos cruzan. Un niño tragando polvo y un turista incómodo no están en la misma orilla; uno carga con la desigualdad, el otro apenas con la incomodidad de verla. Y sin embargo ahí está el verdadero reto, no mirar hacia otro lado, reconocer esa distancia y dejar que nos pese lo suficiente para no olvidarla. Porque la frontera no está en la carretera ni en la reja del hotel, está en los ojos con los que elegimos ver.

Y si algo enseña viajar es que no tendría sentido ir por el mundo buscando siempre el mismo café en Starbucks, el mismo resort todo incluido, la misma burbuja cómoda. Viajamos para que lo distinto nos mueva, para que lo ajeno nos deje huella, aunque a veces incomode. Porque si seguimos replicando lo que ya conocemos, el planeta terminará convertido en un resort interminable. Y créeme, no hay Llama Cósmica que nos salve de eso. La esencia de viajar no está en conquistar nada, sino en dejarnos conquistar por lo que nunca será nuestro.

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Foto: otromundoesposible.net

Foto: Tony Cenicola/The New York Times

Elsa Sanlara