

Espinas sacadas y sueños cumplidos
(segunda parte)
Los varios días que Silvia y yo pasamos acampados en la playa de El Coyote, en el Golfo de Cortés, nos dejaron marcados para siempre. A diario pasaba la camioneta del ejidatario que cobraba la estancia, por cierto, cantidad muy moderada: pagábamos cien pesos diarios. Aunque la playa no tiene electricidad, ni red de agua ni drenaje (realmente la conservan virgen), sí la mantienen limpia y con unas discretas palapas cada veinte metros para los acampadores. Y la oferta, muy cómoda y pertinente, de las ventas ambulantes de almejas vivas, tamales y otros alimentos, es algo aislado y efímero que no desmerece lo inmaculado del lugar. (No es un desfile de vendedores como en otras playas del país).
Nuestros días en El Coyote comenzaban al amanecer y terminaban con el sol; eran largas noches de reposo. Los dedicábamos a leer, nadar, cocinar (yo) y comer. Sobre todo, en esa playa sudcaliforniana fue donde me saqué la vieja espina clavada desde la adolescencia, de acampar en la Baja. Aunque El Coyote ya pasó a formar parte de nuestro haber vivencial, hay otras playas de Bahía de la Concepción donde ameritaría acampar sin límite de tiempo: Requesón, Santispac, El Burro y Los Cocos, por solo apuntar algunas.
El viaje en su conjunto fue impecable: en casi 5 mil kilómetros, solo un cambio de llanta. El recorrido fue de Cuernavaca a Mazatlán y luego a La Paz en ferry, donde nos sorprendió un buen camarote y un bienintencionado show en vivo para amenizar la noche de travesía marítima.
En La Paz comenzó lo bueno: unos formidables clamatos con camarones en un carrito que se pone en una esquina del malecón, cerca de la marina, buenísimos (y de a litro cada uno), y cena en un restorán chino, asimismo frente al malecón, cuya excelente calidad por fortuna no corresponde a sus moderados precios.

En Cabo San Lucas cenamos en un buen restorán italiano, justo en el muelle de yates, y allí sí que la excelente calidad fue rebasada por los precios. Son lugares ya prohibitivos para la mayoría del turismo nacional. En un espectacular mirador de San José del Cabo, sobre el acantilado al mar, un food truck vende cocos bien fríos y yo me encargué de convertirlos en reconfortantes coco fizz (la camper tiene un razonable bar). En Todos Santos, el Hotel California (famoso por la canción de The Eagles que lleva su nombre) ya no es lo que era; ante la ausencia de trailer parks, nos quedamos en otro hotel, pequeño, excelente, en una casa antigua arreglada con muy buen gusto.
En Loreto comimos un memorable cebiche de pescado, pulpo y camarón, que se vendía en un carrito de motocicleta. En Mulegé comí un menudo bastante bueno, al estilo de todo el norte de México, esto es, que a la pancita le agregan maíz, deviniendo una especie de pozole.
En Santa Rosalía el paladar exigía un cambio y fuimos a comer carnitas a un muy buen lugar jalisciense; a unos pedacitos de chicharrón con piel y “gordo” (grasita) les llaman “pecados” (porque para las señoras a dieta, comerlos lo es) y conocí unas ricas salsas verde y roja con pepino picadito incorporado en ellas. Por supuesto que en la misma Santa Rosalía llevé a Silvia a conocer la famosa panadería bastante más que centenaria llamada “El Boleo”, que sigue haciendo a diario su pan en hornos de leña (y nos dejaron entrar a conocerlos); compramos una buena provisión de bizcochos. Esa misma noche cenamos unos deliciosos hot dogs en un carrito, hechos con medias noches suavecitas de esa panadería.
En la tarde nos tocó por suerte presenciar una procesión de san Judas Tadeo con evidente influencia yaqui en sus danzas, misma que culminó en la parroquia de metal construida por Gustave Eiffel e instalada en Santa Rosalía en 1897. (Experto en construcciones metálicas, también diseñó la estructura de la Estatua de la Libertad en Nueva York y las esclusas del canal de Panamá; ni hablar de la parisina Torre Eiffel).
En Santa Rosalía cruzamos en otro ferry a Guaymas, muy pequeño y sufriendo una gran marejada toda la noche. Fue tan perturbador como interesante dormir en las camas de la camper, pues al pronunciado y a veces violento movimiento del barco por las olas, se agregaba el consecuente efecto en los muelles de la camioneta, de manera que tuvimos un sueño textualmente ajetreado.
En Ciudad Obregón desayunamos unos burritos de machaca que nos cayeron de maravilla y en Los Mochis conocimos la novedad callejera (cuando menos para nosotros) del coco con camarón: en un vaso grande, mezclan la carne tierna del coco con abundantes camarones, clamato, otras salsas y cacahuates. Lo volvería a probar.
Como la mayor parte de las comidas (y desayunos y cenas) de ese mes de recorrido las preparé yo mismo en la camper, no abundaré en los menús. Solo destaco que, en las mañanas, después de una lectura todavía en cama, preparaba unos cafés (de uno muy bueno que llevaba Silvia), pero el mío a veces lo hacía irlandés, o más bien escocés, pues el whisky que tenía era de ese origen; mi innovación era que el dulce y el lácteo los agregaba con cajeta o con leche condensada.
Aunque Silvia y yo tenemos 32 años casados (más dos o tres de novios) y hemos hecho numerosos viajes, nunca habíamos realizado uno mayor a tres semanas. Y menos de camping, donde la convivencia es de 24 horas diarias. Si bien hubo algunos zipizapes, fueron menores. Pasamos la prueba (y no era fácil). Fue un viaje sensacional.

