Espinas sacadas y sueños cumplidos

(primera parte)

 

A lo largo de la vida, mis consecutivos trabajos me llevaron a volar muchas veces a la península de Baja California, sobre todo para atender asuntos en las ciudades principales y en las zonas indígenas. Además, por placer, un par de veces recorrí por carretera la península completa, a matacaballo, una ocasión con un grupo de amigos y otra reciente con mi hijo Emiliano.

Pero nunca había logrado convertir en realidad un sueño de casi medio siglo atrás: hacer camping sin prisas, sin un programa establecido, sobre todo en las playas paradisíacas que se localizan entre Loreto y Mulegé, en Bahía de la Concepción. Es un tramo de unos 50 kilómetros, en el corazón del Golfo de California o Mar de Cortés, con otras tantas opciones de acampado en playas que se mantienen vírgenes, no obstante, la considerable afluencia de campistas estadunidenses, canadienses y europeos (entre muy escasos mexicanos). Los norteamericanos suelen llegar con enormes trailers o imponentes motorhomes, en tanto que los europeos acostumbran más discretas campers (como lo hicimos Silvia y yo); muchos van en motocicletas y no pocos ¡en bicicleta! Conocimos a una guapa joven alemana que viajaba sola en su bici y había salido de Vancouver hacía unos meses, cruzado Estados Unidos y ahora recorría toda nuestra península, sin problema alguno. La estancia de todos esos extranjeros, y nuestras cinco semanas de camping, tuvieron lugar en medio de una absoluta seguridad, a veces en playas donde solo estábamos unos pocos acampadores.

Imposible decidir cuál es la playa más bella, pues todas son extraordinarias. Donde más días nos quedamos (por algo sería) fue en El Coyote, playa fabulosa de fina arena color claro, el mar tibio de azul intenso y sin olas, como alberca, y como la marea es mínima, estuvimos estacionados a escasos cinco metros del agua, pues son playas de arena dura por la cual se puede circular sin atascarse. En nuestro inmediato entorno orográfico de pétreas y enormes montañas, finalmente desérticas, abundaban las grandes cactáceas, órganos de distintas especies. La luz cambiante durante el día era notable, destacando espectaculares el amanecer y el ocaso con subidos tonos rojizos, no sabíamos cuánto por el sol y cuánto por la composición mineral de las rocosas montañas. Mucho debe influir para esa insólita luminosidad la atmósfera límpida y ausente de humedad; era muy raro ver alguna nube.

Planeé el viaje con casi un año de anticipación, prefiriendo octubre porque ya baja el calor agobiante del verano y en cambio el mar todavía mantiene una tibieza muy agradable. (En la primavera el clima también es delicioso, pero el agua marina muy fría; y descarté invierno y verano por sus extremosas temperaturas).

Todos los mediodías pasaba por la playa de El Coyote (y asimismo por las demás de Bahía de la Concepción) una pickup de lugareños que vendían almejas vivas, de varias especies, recién sacadas y mantenidas en cubetas con agua de mar. Les encargué pescado y a diario me llevaban un par, recién arponeados por ellos mismos. Unos eran cochitos, pescado de abundante y blanca carne, sin espinas, con una gruesa piel (“como de zapato”, me advirtieron, y quizá por eso le llaman así, pues en muchos lugares de México se les dice cochito a los cerdos); yo los freí con ajo en aceite de oliva y los dejé dorar como chicharrón, de manera que la piel y todo me lo comí feliz (Silvia es más remilgosa). Al efecto, tengo mi estufa portátil Coleman de gasolina, para cocinar al aire libre.

Otros días fueron pargos (el huachinango del Pacífico), que también cociné al mojo de ajo, previo aliñado, es decir, quitar las vísceras y las escamas. Otra vez nos trajeron camarones, que cocí al más puro estilo pescador: en agua de mar; es un truco excelente, pero lo que me falló fue que también cocí unas papas cortadas a la mitad y éstas quedaron muy saladas; los camarones no, pues se pelan para comerlos, en tanto que las papas absorbieron la sal en la pulpa. Cierta ocasión, nos trajeron un rico panqué de plátano, casero.

También a diario pasaba otra camioneta que vendía tamales, de una singular y deliciosa confección. En hoja de maíz, la masa contenía pollo deshebrado, papas en tiras, aceitunas y rajas no picosas, pues la mayoría de los clientes son extranjeros. Eran elaborados en rancherías cercanas. Una campista americana vecina nuestra en El Coyote, que pasaba allí meses con su esposo, ya había aprendido a hacer tamales y nos regaló unos de su autoría, pero vegetarianos, riquísimos, de masa con frijol (no molido, sino los granos enteros), queso y rajas. Otra vez, Cleo y Charles –que así se llaman- nos invitaron a comer una ensalada griega y una pasta primavera; disfrutamos mucho su compañía y su menú.

Asimismo, otra cotidiana camioneta pasaba vendiendo agua dulce de pozo e incluso prestan a cada campista un tanque de plástico de 200 litros, para estárselo rellenando cuando hiciera falta. Nosotros requeríamos agua dulce para los servicios de la camper y para quitarnos a jicarazos el agua de mar. Con ellos mismos arreglé que a diario nos llevaran una bolsa de hielo y un galón de agua potable.

Periódicamente pasaban otros vehículos: uno que vendía ropa típica de otros lugares del país y artesanías. Uno más ostentaba un letrero: “Laundry” (sí, lavandería; se llevaban la ropa a domicilio –o sea la playa- y de un día para otro la devolvían limpia y planchada, desde Mulegé), pues recuérdese que los campistas extranjeros pasan allí largas temporadas, a veces cinco o seis meses.

José Iturriaga de la Fuente