Exigencias a una memoria

*María Olivera

Se aproxima el día en que le exigiremos a la memoria que no sea selectiva, que guarde toda la información; la convenceremos de que eventualmente dicho registro será útil, incluso será necesario. Le contaremos del miedo que tenemos de olvidar algo, lo que sea, y del miedo de no ser capaces de compartir algún recuerdo: una foto o un video de tres segundos. Ella seguirá las instrucciones, avisará de vez en vez que el almacenamiento se está llenando pero que siempre habrá espacio en la nube (lo que sea que eso signifique). Continuará proponiendo álbumes para leer los recuerdos con recordatorios de fechas que no sabíamos que eran importantes como “hoy hace dos años subiste esta foto” o “sabemos lo especial que es para ti, por eso queremos recordarte…”.

La petición seguirá y entonces, cuando la memoria se haya acostumbrado a guardar toda la información, haremos el mínimo esfuerzo por recapitular: confundiremos sitios, compañías o momentos. Diremos cosas como “no sé si esto lo vi en un museo o en el mercado” y trataremos de buscar la referencia en las carpetas de fotos o en las redes sociales. Pero cuando descubramos que no tenemos el registro de ese momento específico y no logremos concretar el recuerdo, le reclamaremos que se ha olvidado de guardar lo que realmente importaba, importa: la experiencia, el sentir, la pulsión. Ese movimiento interno del cuerpo cuando nos encontramos frente a una obra que provoca o que cuestiona, frente a una lectura que remite a otras tantas, frente a algo que susurra con un lenguaje reinventado “aquí hay algo” y que impide confundir un objeto o un lugar con otro.

Se aproxima el día en que no seremos capaces de recordar qué exposiciones visitamos a lo largo del año y de cuáles nos gustaría escribir o hablar. Cuando eso suceda, nos veremos obligadxs a revisitar nuestra vida a través de las fotografías guardadas en el teléfono, de las menciones en redes sociales y del registro de ubicaciones. Nos repetiremos una y otra vez que en realidad sí sucedieron cosas interesantes en los últimos meses, que nos marcaron y que nos cambiaron, pero que han sido días y meses tan llenos de información que no hemos podido almacenar todo, que hemos delegado esa tarea a alguien o a algo más.

Cuando ese día llegue, cuando descubramos que la vivencia se nos ha ido de las manos por hacer responsable a una memoria externa del registro de nuestra vida, dejaremos de lado la tarea que le hemos encomendado y nos cuestionaremos si nos interesa más la evocación sensible de los hechos que los hechos en sí, nos preguntaremos también si hemos romantizado la idea del recuerdo. Nos preguntaremos, además, de qué manera recreamos las experiencias, a través de cuántos y de qué medios lo hacemos. ¿Acaso prevalecerá una memoria auténtica? Entonces, cuando ese día suceda, citaré una frase cuya referencia, paradójicamente, habré olvidado: “al recordar algo no pensamos en la cosa en sí sino en la última vez que la recordamos”…

Ojalá se aproxime el día en que volvamos a confiar en nuestras entrañas para recordar lo que hemos vivido y quizás, entonces, pensaremos que recordar no es acumular fotos, ni archivar evidencias, que la memoria no es un dispositivo externo, sino una práctica íntima, imperfecta, viva.

La Jornada Morelos