

NUEVA GÉNESIS Y EJERCICIO DEL PODER
Bien lo dijo el filósofo inglés Thomas Hobbes (1588-1679), en su célebre libro EL Leviatán (1665), que «el hombre es un lobo para el hombre«, razón por la que es necesaria la existencia de un Contrato Social, mediante el cual los humanos aceptan renunciar a parte de su libertad, a favor de una autoridad suprema, y con ello evitar que la sociedad viva en el caos y la anarquía. Razón para esta renuncia es que la conducta humana responde instintivamente a la amenaza de agresión y al deseo natural de ejercer poder sobre los demás. Lo que planteó este filósofo contractualista, uno de los precursores de la filosofía política moderna, debe ser reflexionado a profundidad, a la luz de lo que ha sucedido y sigue sucediendo en el mundo.
Graves sucesos acaecidos el siglo pasado, en el mes de agosto del año 1945, nos confirman la verdad de lo señalado por Hobbes. En efecto, hacia finales de la segunda guerra mundial (1939-1945), el 6 de agosto de ese año, se dejó caer sobre la población japonesa de Hiroshima una bomba atómica de uranio con el poder de 15 kilotones, bautizada como «Little Boy», la cual causó 140,000 muertes, incluidas las posteriores por efectos de la radiación; y otra de plutonio, con el poder de 21 kilotones, sobre la ciudad de Nagasaki, bautizada como «Fat Man”, el día 9 de agosto, con el fatídico resultado de 74,000 muertes.
Este infierno, ordenado por el indefendible Harry S. Truman (1884-1972), presidente de los Estados Unidos de América, obligó a la rendición del Imperio del Japón, y con ello se dio término a la segunda guerra mundial. Como siempre, nunca le faltan razones al ser humano para la destrucción de otros seres humanos. En este caso, era demostrar el poder nuclear del país hegemón de Occidente, vengarse del ataque japonés a Pearl Harbor (1941) y prevenir un mayor número si la guerra continuaba.
Desde entonces, las bombas atómicas o nucleares han sido el producto científico/tecnológico que más refleja la capacidad de autodestrucción de la humanidad. Su efecto devastador, amén de las pérdidas humanas producidas, destruye edificios en kilómetros a la redonda, quema todo lo que encuentra su onda expansiva, produce cáncer y mutaciones genéticas y, dependiendo de su potencia, podrían bloquear la luz del sol durante mucho tiempo, provocando la muerte de todo tipo de ente viviente del planeta.
Aunque después de aquel fatídico mes de agosto las bombas atómicas no se han vuelto a usar con fines destructivos, y aunque de hecho se establecieron tratados para su no proliferación, recientemente han regresado a ocupar las noticias, en razón de la guerra entre Rusia y la OTAN (disfrazada de Ucrania), y también por los ataques a Irán, por parte del genocida país de Israel, respaldado por los Estados Unidos de América.

Hay que recordar la existencia del Tratado de No Proliferación de Nuclear (TNP), firmado el 1 de julio de 1968, y que entró en vigor el 5 de marzo de 1970, y cuya intención es evitar la expansión de las armas nucleares y el uso pacífico de la energía nuclear. En la actualidad, los países miembros del TNP que se reconoce poseen armas nucleares son los Estados Unidos, Rusia, Reino Unido, Francia y China; a su vez, los países que no están dentro del TNP, pero reconocen tener dicho tipo de armas, son India, Pakistán y Corea del Norte; finalmente, Israel, ese país artificialmente construido y mantenido por Occidente, está considerado como sospechoso, ya que ni afirma, ni niega poseer esa arma mortal.
La cantidad de ojivas nucleares en poder de todos estos países es suficiente para la destrucción varias veces de nuestro planeta. Rusia y los Estados Unidos de América poseen el 90% de dichas armas. Hay algunos que renunciaron a sus arsenales, como Bielorrusia, Sudáfrica y Ucrania, mientras que Irán busca tener la capacidad de elaborarlas. Los costos de su producción son variables, dependiendo la tecnología y los materiales que se usen, pero son desorbitados en sí mismos (se estima que una bomba simple costaría de entre 20 y 500 millones de dólares), a lo cual hay que sumarle todos los gastos de lo que se llama “sistema de entrega”, esto es, como la bomba sola no es utilizable, hay que colocarla en mísiles, submarinos o aviones.
Al margen de lo anterior, el verdadero costo social de la carrera atómica es la no utilización de esos recursos financieros para crear las condiciones de una paz duradera en el mundo, resolviendo problemas básicos de la humanidad.
La pregunta surge de manera natural, ¿qué hacer para que el puñado de personas que deciden gastar el dinero de la mayoría de la gente en los “juguetes mortales de la guerra” dejen de hacerlo? Esa es la cuestión central a resolver en el mundo de hoy. La historia ya nos permite ver con todo detalle la película de cómo el ser humano es experto en destruir a otros seres humanos; y lo peor es que lo sigue haciendo, a pesar de todos los instrumentos civilizatorios que ha inventado para prevenir o al menos atemperar ese impulso fratricida, como es el caso de la Organización de Naciones Unidas, y de las múltiples organizaciones y legislaciones internacionales y regionales existentes.
El cambio de época que vivimos, en donde de manera forzada se está modificando la geopolítica y la geoeconomía mundial, es sin duda la coyuntura para, por lo menos, generar ideas de cómo dedicar los recursos de la humanidad en bien de la humanidad toda, y no sólo de unos cuantos.
Ya no hay que dejarnos distraer con los discursos de la importancia de la democracia liberal occidental, como deseable modelo mundial, cuando queda claro que no es la solución de los problemas de la guerra. Se requiere una nueva forma de génesis y de ejercicio del poder en lo nacional y en lo internacional, para construir los fundamentos de la convivencia pacífica y gratificante entre los humanos.
*Interesado en temas de construcción de ciudadanía.

Imagen cortesía del autor

