Omar Alcántara Islas*

Hace poco asistimos a la vergonzosa sumisión de la Unión Europea frente a las intimidaciones arancelarias del presidente estadounidense Donald Trump. Quedó claro que el antiguo poderío económico del viejo continente ya no se reconoce como tal, pero esta pérdida de confianza en sí mismo no solo aqueja su vida financiera, sino, desde hace mucho, su vida cultural. Valga esta situación y el reciente deceso de Ozzy Osbourne para hablar del último movimiento artístico-revolucionario en el que participó Europa: el rock.

Heredero del rock & roll, el blues y otros tantos ritmos europeos, americanos y africanos, el rock fue una simbiosis única y universal. En un primer momento, en los años 50, Elvis Presley y Chuck Berry son dos de sus representantes más destacados en Estados Unidos; después, el movimiento se extendió a Gran Bretaña. La Inglaterra que sobrevivió al nazismo logró sacudir a la Europa continental hundida en el trauma de la posguerra.

Durante los años 60, la Ola inglesa (British Invasion) encabezada por los Beatles y los Rolling Stones, no solo inyectó color y alegría a la realidad, sino que transformó la identidad de millones de personas en el planeta, pues no hubo continente a donde no llegara esta música, junto con los deseos de pertenecer a esta revuelta estética. Las mujeres, al mismo tiempo, se dieron cuenta de que si se organizaban podían gritar todas juntas (como Janis Joplin), por una misma causa sin importar sus orígenes.

Por otra parte, tanto el rock como el movimiento hippy, tan cercanos entre sí, son herederos del romanticismo del siglo XIX. Este movimiento europeo también impregnó otras latitudes, aunque siempre, en paralelo con su vocación artística, fue también una actitud ante la vida. Comenzó como una revolución dentro de otras dos revoluciones (la industrial y la francesa) y su actitud impulsó las vanguardias artísticas de comienzos del siglo XX, para después hacerlo con el rock.

Este género musical pudo mantener, aún después del paradigmático 1968, la ilusión de que un mundo diferente era posible en el siglo XX, pues el punk o el heavy metal en los 70 u otras corrientes en las siguientes décadas, tales como el rock alternativo, el grunge o el britpop revitalizaron el movimiento. Durante sus momentos estelares, el rock reunió a gente de los más diversos estratos sociales y fusionó la llamada alta cultura con la cultura popular.

 

Con el nuevo siglo, Europa parece haber perdido el entusiasmo por la rebeldía, que no es asunto solo de la juventud, sino también de los viejos con corazón joven. Mientras los países europeos se vuelven a preparar para la guerra, ningún gran movimiento grita consignas en esas tierras. Ojalá que el viejo continente, en un último latido de vida, pudiera sorprendernos pronto con un brote de protesta e insurrección generalizada, imaginativa y creativa, en contra de las tantas injusticias presentes.

El rock no ha dejado de sonar por completo, pero Europa dejó de ser un referente intelectual, artístico, científico o político en el mundo contemporáneo; su riqueza ha quedado en el pasado y cada día se hunde más en su hipocresía e indiferencia. El premio Nobel de literatura a Bob Dylan es el velado reconocimiento del rock como movimiento vital en el continente, pero, más que nada, es expresión de una nostalgia.

Algunos países europeos todavía mantienen encomiables sistemas de bienestar, pero la mayoría de estos ha sido víctima de las desigualdades que trajo consigo el neoliberalismo que estandarizó al mundo: un puñado de ricos frente a millones de personas que se han vuelto ciudadanos de segunda. A pesar de todo, la música de ese pasado reciente ofrece consuelo frente a las adversidades, aunque habrá que buscar guías en otras partes, en el llamado Sur global, por ejemplo, donde Brasil demuestra la valentía que les faltó a los primeros. Y en el mejor de los casos, habrá que intentar ser, como sociedad, ese nuevo referente.

*Doctor en literatura comparada

Judas Priest. Imagen: deezer.com

La Jornada Morelos