

* Una de cada 8 personas en Morelos se reconoce como indígena. En el estado viven 245 mil, pero ya sólo 38 mil hablan náhuatl
* Líderes, Tatas y Nanas denuncian carencias de agua potable, acceso a la salud, educación superior y justicia
* Las expresiones culturales son más que expresiones de júbilo, han sido herramienta de cohesión y resistencia
Los mexicanos admiran y elogian a sus indígenas ancestrales, ya muertos, pero discriminan, humillan y desprecian a sus indígenas vivos. Del mismo modo, los morelenses admiran y elogian a sus indígenas ancestrales, ya muertos, pero discriminan, humillan y desprecian a sus indígenas vivos.
Mientras diferentes autoridades se preparan para celebrar, el 9 de agosto, el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, diferentes líderes, ancianos y defensores de los derechos indígenas de Xoxocotla, Ocotepec, Alpuyeca y Tlaltizapán señalaron, explicaron y demostraron a Plaza de La Jornada Morelos que, en esta entidad, a los indígenas les han robado el agua y los cerros; les han negado hospitales y escuelas; les decomisan herramientas de trabajo, como las motonetas que sustituyeron a los animales de carga; los presionan para dejar de hablar náhuatl, los ponen en primera fila cuando los políticos realizan discursos y mítines, pero les olvidan, en los días cotidianos de decisiones de gobierno, cuando deben atender sus demandas justas.
“Nuestro mayor trabajo es despertar conciencia entre la gente, porque sólo así nos irán dando un poquito de justicia sobre todo lo que nos han quitado”, comenta a este diario el maestro Manuel Gómez Vázquez, Gobernador Superior Indígena y Pluricultural de Morelos, quien organizó y acompañó a este medio de comunicación a diferentes visitas y encuentros con otros nueve representantes de pueblos originarios.

“La herencia indígena que todavía existe en Morelos ha sobrevivido por orgullo, pero lo que se ha ido perdiendo es el sentido de identidad y la organización en cada comunidad. Eso es lo que más nos importa rescatar”, agrega el dirigente y abogado.
Celebrar a los indígenas muertos y despreciar a los vivos; esa parece ser la norma. El primer escritor que denunció esta dolorosa hipocresía fue Octavio Paz; único mexicano que ha ganado el Premio Nobel de Literatura y que sintetizó y metió el dedo en la llaga del dolor indígena, en su demoledor ensayo El laberinto de la soledad, publicado en 1950.
“Todavía hoy nos insultan usando la palabra ‘indio’ como si quisieran decirnos que no somos personas sino un tipo de animal, que no puede razonar”, comenta, con una mirada que mezcla tristeza y poderío, el Gobernador indígena y pluricultural de los 12 pueblos de Cuernavaca, y Gobernador indígena de Ocotepec, Morelos, Isidro Rosales Bizarro. Él reflexiona en voz alta mientras camina afuera de la Iglesia del Divino Salvador, y va señalando caracoles de agua prehispánicos que fueron incrustados, intencionalmente, en el muro perimetral.
En otro lugar, más al sur, don Eugenio Juárez Oliveros, coordinador de los Tatas y Nanas de los pueblos indígenas de Xoxocotla habla, debajo de un gran árbol de tamarindo, sobre los maltratos que persisten contra su comunidad:
“Todavía ahora, nuestras mujeres llegan a parir en taxis, porque no las reciben los hospitales, y además hay operativos del gobierno para decomisar motonetas, porque no entienden que el indígena usa la motoneta porque ya no tenemos burros. No nos respetan ni nos entienden”, comenta.
Esos ejemplos de discriminación y marginación ilustran por qué es acertada la palabra con la que describe su trabajo José Alberto Malpica Álvarez, representante indígena y afromexicano de Tlaltizapán: resistencia.
“Así ocurrió hace 100 años, cuando quisieron matar de hambre y exterminar a los indígenas que apoyaban a Emiliano Zapata, porque en Tlaltizapán estaba su cuartel general. Y así hay que resistir y luchar actualmente contra despojos e injusticias agrarias”, agrega el profesor Malpica.
Oponerse al olvido
Los y las indígenas de Morelos son el 13% de la población estatal. Esto significa que uno de cada ocho morelenses es indígena. Están presentes en toda la geografía del estado; desde los bosques de pino y encino de Ocotepec, Hueyapan, Tepoztlán y Tetela del volcán; hasta las calientes tierras de la selva seca caducifolia que sólo se visten de verde seis meses cada año, en Coatetelco, Xoxocotla, Alpuyeca, Cuentepec y Tlaltizapán.
Hay indígenas morelenses de estatura alta y otros de talla baja; los hay con ojos rasgados, similares a las personas de Asia, y los hay con rasgos afromexicanos. Algunos siembran cañaverales, otros cultivan jitomate en invernadero o cacahuate en tierra seca, pero todos tienen como base de dieta al maíz. La lengua predominante es el náhuatl, y comparten las fiestas religiosas mestizas, en las que la religión católica se nutre con componentes prehispánicos: danzas milenarias, estandartes coloridos, música, cohetes y, en algunos casos, sonidos de caracoles y teponaztlis.
“Somos tlahuicas, somos nahuas”, subraya Fortino Peralta Ortiz, presidente del Consejo de Vigilancia del Ejido de Alpuyeca, mientras avanza hacia una gruta donde se hacen ofrendas y rezos para pedir y agradecer las lluvias; una cavidad subterránea con la bóveda llena de estalactitas y bañada por un río subterráneo, dentro del balneario ejidal Palo Bolero.
“Nosotros estamos buscando que Alpuyeca también sea reconocido como un municipio indígena, por nuestras asambleas, nuestras costumbres, comidas y medicinas tradicionales. Sabemos que toda la nacionalidad mexicana tiene sangre indígena y aunque hay quienes no quieren involucrarse con la palabra indígena porque les da pena, tienen que entender que de ahí venimos”, dice don Fortino en un descenso frente a un cerro cubierto de vegetación color verde manzana y conocido como “Los cuartos”.
Los testimonios compartidos por esas comunidades indican que ellas y ellos deben invertir tiempo, dinero, esfuerzo, y hasta exponer la propia vida, para resistir todas las presiones que intentan borrarlos: desde los proyectos mercantiles y políticas públicas que buscan despojarlos de sus recursos naturales y herencia cultural, hasta la erosión provocada por el enemigo mayor, que a todos y a todas termina por derrotar: el olvido.
En Morelos se habla náhuatl
Al principio no existía nada. Entonces surgió la palabra. Cuando la última palabra se extinga, desaparecerá para siempre el recorrido, razonamiento, imaginación, sentimiento y sabiduría de quienes compartieron la preciosa existencia humana. Cuando la última voz se extinga y la última palabra se pronuncie, sólo articularán sonidos el viento, la marea y las faunas persistentes. Habrá muerto la cultura, la política, la ciencia, el arte y la justicia humana.
La anterior cadena lógica nos ayuda a pensar por qué es perjudicial que desaparezca una lengua y por qué empobrece a México, y al estado de Morelos, perder la palabra y la voz de los pueblos indígenas que, aquí, hablan náhuatl.
Según el Censo Nacional de Población 2020, hace cinco años había en Morelos 245 mil personas, mayores de tres años, que se autodescribían como indígenas, aunque ya solamente 38 mil declararon saber hablar náhuatl.
“Cuando se habla correctamente nuestra lengua, se escucha como un canto”, comenta con orgullo el maestro artesano de Xoxocotla, Inocente Ríos Ponciano, conocido como “Chente” Ríos, quien no sólo es creador de máscaras, esculturas y piezas de madera, cartón y alfarería, sino que es promotor y defensor de danzas y cantos indígenas.
“Mi manera de luchar y defender mi herencia indígena es con mis dibujos, con mis máscaras, con mi lengua y el conocimiento que yo le paso a los niños para que se perpetúe. Sí es mucho trabajo, pero lo hago por algo más fuerte que yo, porque los genes me están jalando y son ellos los que me hacen seguir resistiendo”, comparte don Chente en un espacio de su casa, lleno de cosas bellas en las que es difícil seleccionar una para descansar la mirada. Además de su obra, Ríos Ponciano está empeñado en una misión: ayudar para que se vuelvan a presentar próximamente algunas danzas poco representadas, como la Danza de las tres potencias y la Danza de los Tenochtles.
Cada ceremonia y cada fiesta significa mucho más que una expresión de júbilo; es esfuerzo materializado contra el olvido. Así se trate de un plato con mole de pepita verde o del vuelo desafiante de un danzante que salta o de los coloridos y anudados bastones ceremoniales que reúnen varas y flores frescas.
El Ingeniero Enrique Longardo Peralta, quien es Jefe Superior de la Comunidad Indígena de Xoxocotla, reconoce que, como pueblos originarios, han sufrido muchos desaires y discriminación, tanto para acceder al trabajo, como para reclamar sus derechos al agua potable o a la salud. Pero aclara que su cultura y tradiciones también han sido una fuente de fortaleza que les ayudó e impulsó a luchar para ser declarados municipio autónomo y separarse del municipio de Puente de Ixtla, en el año 2019.
“Nosotros tenemos claros nuestros valores; todos los días nos los recuerdan nuestra lengua, nuestro acento, nuestras comidas y nuestras fiestas. Somos personas que amamos y queremos a nuestras familias, y somos aguerridos y de carácter fuerte”, detalla Enrique Longardo, quien ha aprendido de su padre a elaborar bastones ceremoniales de flores de cempasúchil, llamados Xochimamaxtle.
En Ocotepec la defensa de la identidad indígena también está sobre los hombros de los habitantes y vecinos. Los rezos de días de muertos, las festividades en los panteones, las actividades para defender a la lengua náhuatl se tienen que hacer con cooperaciones locales pues es muy pequeño el apoyo financiero del ayuntamiento de Cuernavaca para poder mantener sus usos, costumbres, espacios y tradiciones, como explica Ricardo Arturo Santana Rosales, responsable de la ayudantía municipal durante el año 2025.
“Con dificultad están analizando si otorgar 50 mil pesos anuales de apoyo para las fiestas patronales de cada uno de los 12 pueblos indígenas de Cuernavaca. Es muy poco el recurso, no cubre ni una sola celebración patronal”, apuntó el también integrante originario del pueblo de Ocotepec.
Demandas justas
Cada voz, cada mirada, cada escenario donde fue recibida La Jornada Morelos PLAZA merece un texto individual y separado. De hecho, es muy evidente que en Morelos hace falta una rama del periodismo especializada en las problemáticas y en el valioso patrimonio cultural indígena. Sin embargo, el espacio es breve y es imposible profundizar en cada caso, en un solo texto.
A pesar de esta limitante, el Consejo de Tatas y Nanas de los Pueblos Indígenas de Xoxocotla, pide a este diario no dejar de mencionar tres demandas justas que tienen que ser expuestas a la sociedad, para que el reportaje no sea sólo “palabras de paja”.
“Lo primero y lo más importante es que demandamos que ya se resuelva el problema del agua potable en Xoxocotla, porque ya tenemos cinco años sin agua potable y las familias tienen que estar comprando pipas y son gastos muy fuertes. Para la vida y para la salud, tener agua es lo primero y más importante”, dice don Eugenio Juárez Oliveros, Coordinador de los Tatas y Nanas.
Por su parte, don Leodegario Santos Leyva, quien también es integrantes de la Coordinación, dice que una segunda prioridad es proteger la salud y la educación de la comunidad indígena: “Necesitamos un hospital general porque ya se habían hecho estudios desde que estaba Ernesto Zedillo, ya se había destinado dinero y lo pararon de este lado, del gobierno estatal. También necesitamos una Universidad Indígena, para que nuestros jóvenes tengan educación en nuestra lengua indígena porque hoy, lo que ocurre, es que ya nos ganaron los gringos, al imponer el inglés; también se debería poder estudiar en la universidad si se habla náhuatl”.
Por último, don Hipólito Cabrera Villegas, secretario de la Coordinación de Tatas y Nanas de Xoxocotla dice que la prioridad que engloba y puede resolver todas sus demandas es “Que nos conozcan y nos respeten. Que la justicia entienda nuestros usos y costumbres, para que se entienda que nuestras decisiones provienen de asambleas y que por eso son fuertes y por eso las defendemos y pedimos que se respeten”, concluye Cabrera Villegas, rodeado de sus compañeros en una estancia de piso de tierra, embellecida por las flores rojas de un árbol de granada y los frutos color café de un fecundante árbol de tamarindo.
Los mexicanos admiran y elogian a sus indígenas ancestrales, ya muertos, pero discriminan, humillan y desprecian a sus indígenas vivos. Del mismo modo, los morelenses admiran y elogian a sus indígenas ancestrales, ya muertos, pero discriminan, humillan y desprecian a sus indígenas vivos. Eso tiene que cambiar.

