
Enrique Balp y Germán Muñoz
Desde niño, el doctor Carlos Maciel ha cultivado una muy personal dicotomía que le ha permitido viajar por el mundo -recorrió una buena parte del continente africano a suela de zapato-, dedicarse a su pasión por las matemáticas y la historia y desde luego permitir que Kijano baile, ilumine y estalle en colores sobre el lienzo haciendo a ambos profundamente felices.
El pintor Kijano se las arregló para nacer completo, gastándose en silencio mientras veía al hermano de Carlos, Leonel y a los compañeros de éste en la escuela de arte, adquirir las habilidades de la plástica, “estábamos rodeados de arte, vivíamos en un caserío, pero había arte y literatura por todas partes; yo veía muy natural que por todos lados hubiera bocetos y cuadros”; ciertamente incluso el nombre “Kijano” se lo ganó por Don Alonso Quijano, el famoso Quijote de la Mancha, con quien, en su infancia, compartía una delgadez inusual como lo retrató Gustavo Doré. De aquellos años, enmarcado en su casa en Cuernavaca, conserva un retrato suyo, un boceto hecho por su hermano Leonel en el que se ve “lo bonito que era antes de que lo cambiaran los rusos”.
Pero vivir entre contradicciones y dualidades ha sido el sello de su vida: Al historiador Maciel le encantan las matemáticas y aprobó con excelencia la materia de mecánica automotriz en la vocacional 11 aunque nunca pudo encontrar al famoso árbol de levas, vaya, ni una sola rama; el proletario Maciel, que en ocasiones no tenía dinero suficiente para comer, era todo un burgués repudiado por el partido socialista viviendo en la Unión Soviética; al niño Carlos Maciel le fascinaban el dibujo y la pintura que generaban las manos de su hermano, pero él pensaba en otras cosas, números, por ejemplo, y dominó las tablas de multiplicar antes que el alfabeto.
El adolescente Carlos Maciel le sacó una recomendación a David Alfaro Siqueiros -a gritos porque el pintor no consentía a bajar dos pisos para atender al adolescente-para una beca e irse a estudiar matemáticas a la Unión Soviética, “eso es lo que necesita México” le dijo el pintor ya a nivel de suelo; al matemático Maciel lo convencieron de dedicarse a la historia y esos ¿malos? consejos lo apartaron del gran amor de su vida, los números; al historiador Maciel se le rompió algo dentro mientras miraba la nieve caer en Moscú un siete de noviembre -aniversario de la Revolución Bolchevique- y, aún en la nevada, fue a comprar una plumillas, papel y tinta para dibujar.
El artista Carlos Maciel, a los veinte años, supo que estaba irremediablemente condenado “por toda la eternidad” a tres cosas: la felicidad, la libertad y el arte; el liberto Maciel llamó al artista Carlos, al matemático Maciel para confabular a favor de su condena y llamaron al historiador Carlos Maciel para que se hiciera cargo y, entre todos, cobijaron a Kijano para que hiciera lo que se le pegara la gana, mientras hiciera felices a todos. Y como todo gran artista, ha sabido convertir esa condena en un regalo para los demás.

Por cierto, que lo de “burgués” en la Unión Soviética es culpa de Kijano, quien conseguía dinero para vestirse bien mientras Carlos estudiaba historia con el proletariado.
Las dos vidas de Carlos Maciel
En el amplio paisaje de la plástica mexicana contemporánea, hay voces que se han construido con tenacidad, reflexión y una hondísima conexión con la historia, la poesía y la libertad; entre ellos hay que contar a Carlos Maciel y a Kijano, pintor, grabador, académico que ha cruzado diversas fronteras —físicas, estéticas e ideológicas— para construir una obra luminosa, profundamente humana y de resonancia universal.
Hermano del también reconocido pintor Leonel Maciel, con quien comparte no sólo un lazo de sangre sino una intensa complicidad intelectual y artística, Carlos Maciel ha desarrollado un trayecto propio que entrelaza la disciplina del historiador, el rigor del matemático frustrado y la intuición del creador libre. Ambos, nacidos en Guerrero, han hecho de Morelos su lugar de residencia y creación, contribuyendo a convertir a Cuernavaca en un enclave de arte, pensamiento y hospitalidad.
El hermano, el artista, el hombre
Carlos Maciel no necesita ser Kijano para ser artista, ni Kijano reniega de Carlos. Ambos conviven con armonía, entre el trópico natal y el pensamiento universal. Su hermano Leonel Maciel, con quien mantiene una relación entrañable, lo llama simplemente “Carlos”, aunque sabe que hay más de un ser en él. Juntos representan una de las duplas más valiosas del arte mexicano contemporáneo, con obras que se nutren de la tierra, la historia, el cuerpo, la alegría y la utopía. Pero Kijano, con ironía, le reprocha a su hermano que sea él quien firme con el apellido “Maciel”, “pero, en fin, todo se lo quedan los hermanos mayores”. Leonel Maciel le regaló un mural que hoy adorna el vestíbulo de su casa con todas las manifestaciones amorosas que puede haber.
Kijano se describe con una frase que bien podría encabezar cualquier manifiesto artístico: “Estoy condenado a ser libre y feliz”. Que tiene mucho de psicoanalítico, no en vano logró adquirir la casa en Cuernavaca de Erich Fromm, el autor de El miedo a la libertad y El arte de amar y quien desarrolló su teoría a partir del rechazo a ideas preconcebidas e inamovibles, ataduras doctrinarias, y el desarrollo personal.
Allí, junto a su esposa Patricia, ha creado un espacio de generosa hospitalidad donde confluyen amigos, artistas, intelectuales y viajeros. No es raro que una cena improvisada se convierta en tertulia para 40 personas, con copas, platos y palabras generosas. Porque en su mundo, como en su pintura, todo se celebra, de preferencia con un buen mezcal.
Pero Erich Fromm, no solo fue el propietario de su actual casa, para Carlos Maciel es su maestro espiritual. “Fromm me liberó de los complejos que Freud me ayudó a identificar”, dice. Vivir en esa casa no es una coincidencia sino una afirmación: la vida debe estar al servicio de la libertad, la felicidad, el amor y el arte.
Su casa atesora en rincones, breves paredes y vanos -los espacios que deja libre su numerosa colección de pinturas y fotografías que, con gusto y mucho cuidado, llenan incluso las orillas de los muros- están habitados por los libros que le quedaron después de donar más de 80 mil volúmenes a la Universidad Autónoma de Sinaloa -de la que jubiló como docente-investigador- en un gesto de gratitud por haberle solucionado “las tres necesidades básicas que tiene cualquier persona que se precie de serlo: la renta, la comida y la bebida”.
En esos libreros se encuentra principalmente lo que, después de tanta literatura, se aferra a mantenerse cerca: la poesía y los textos de historia del arte, que, de no tratarse de un creador en activo, algunos podrían considerar una deformación profesional, aunque tratándose de Carlos Maciel, no es otra cosa que recreación en el más amplio sentido de la palabra, pues, como pocos, asume el papel de público y es un admirado espectador ante obras de otros artistas, incluso las de su hermano Leonel a quien, desde luego, tiene toda la vida de conocer. Y es que, desde niño, cuando veía las obras académicas de su hermano y los compañeros de éste, aún sabe estremecerse al seguir un trazo que lo lleva de sorpresa en sorpresa y de idea en idea.
En sus tiempos libres, pero religiosamente algunas líneas por día, Carlos Maciel traduce a sus poetas rusos preferidos al español, pero son traducciones que solo él conoce pues se las reserva hasta encontrar el ritmo y el ambiente perfectos. Profeta de un premio nobel – se lo auguró a Annie Ernaux, la escritora francesa, años antes de que, en efecto lo ganara en 2022-, es un apasionado de la literatura y, mucho más allá de ella, de la poesía, “el elixir inevitable para la sobrevivencia de la humanidad”.
Dualidad, no esquizofrenia
Carlos Maciel no niega su dualidad: el académico y el artista conviven y dialogan en su interior. De un lado, el doctor en Historia, el lector voraz de Marx, Freud, Fromm y los clásicos rusos, el hombre de letras que encontró en la docencia universitaria una forma de vida sin sobresaltos. Del otro, Kijano, el artista libre y condenado a la libertad y a kla felicidad, que encontró en la pintura su modo de estar en el mundo, de contar sus historias, de tender puentes.
“Carlos Maciel le permitió vivir a Kijano sin sobresaltos”, dice el propio artista en entrevista. “Pero es Kijano quien decretó su libertad y su autonomía”. Esta escisión complementaria define no solo una forma de vida, sino una estética basada en la introspección, el goce y el compromiso con la belleza y su mensaje, no con el mercado o la moda.
Infancia, color y memoria
La infancia de Carlos Maciel fue tan intensa como la paleta que hoy lo caracteriza. Nacido en un caserío del estado de Guerrero, creció entre selvas, animales, cuerpos desnudos y rituales populares, en un entorno donde lo sagrado y lo carnal se entrelazaban con naturalidad. “Crecimos en un mundo donde los niños trabajaban desde temprano, donde la hoja de plátano era vestimenta y la misa era espectáculo”, rememora con ironía y nostalgia.
Fue en ese entorno tropical, de luces filtradas y naturaleza exuberante, donde comenzó su relación con el color y la forma, aunque aún no tuviera conciencia de ello. Más tarde, en su juventud, exploró sin pausa el mundo del conocimiento: estudió matemáticas en el Politécnico Nacional, viajó a Rusia para profundizar en esa área, pero terminó decantándose por la historia. En Moscú, al ver caer la nieve un 7 de noviembre, tuvo una revelación interna. Algo crujió dentro de él y nació Kijano, el artista: “empezó a dibujar con un estilo propio, sin balbuceos, dibujé con un estilo que ya era mío”, afirma. A partir de entonces, el arte dejó de ser un pasatiempo o una vocación latente: se convirtió en una forma de habitar el mundo con intensidad y verdad.
La revolución interior
Rusia no solo fue cuna de su vocación artística. También fue donde maduró su pensamiento político y su sensibilidad estética. Leía a Tolstói, Gorki, Chéjov, Andréev, y recibía desde pequeño —gracias a sus padres campesinos y lectores— el Boletín de Información de la URSS. El comunismo lo sedujo y lo decepcionó. “Entendí que en política todo es la misma mierda, nadie se salva”, confiesa. No obstante, su paso por el Partido Comunista Mexicano, del que fue secretario general en la Comarca Lagunera, le dejó una ética de compromiso, aunque luego se distanciara de él por rechazar todo dogmatismo.
También en Moscú decidió vivir “para el arte, no del arte”. Lo académico le permitió sostenerse con dignidad, mientras su vocación plástica crecía, maduraba y se expandía. Fue grabador, pintor nocturno, viajero incansable. Y en todo momento, lector profesional: de poesía, filosofía, novela y ensayo.
Una obra para el gozo
La pintura de Kijano es todo menos sombría. “En un mundo de horror como el que vivimos, yo no quiero añadir más horror. Quiero que quien vea mi obra sienta que vale la pena vivir”, explica. Su universo plástico está atravesado por el cuerpo femenino, la danza, la música, la naturaleza, el mundo indígena, la lectura, la sensualidad y el poder, pero vistos desde una óptica festiva, vital y generosa.
Su serie dedicada a la lectura es particularmente conmovedora: en ella rinde tributo a los libros como motores de transformación y refugio espiritual. También ha abordado con empatía y respeto temas como la diversidad sexual, consciente de que el arte puede ser un vehículo de visibilidad y dignificación. En otras obras ha explorado el amor entre hombres, la ternura masculina, la vulnerabilidad de los cuerpos no hegemónicos. Todo ello con una sensibilidad que desborda lo político para situarse en lo profundamente humano.
En sus obras hay mujeres absortas en libros, rodeadas de luz natural, plantas, textiles, gatos o instrumentos musicales. Con estas piezas, Kijano celebra el vínculo entre conocimiento y placer, la figura femenina como centro de sabiduría.
Pero más allá de las figuras, las formas y los colores, en la obra de Kijano se desborda la pasión por la vida y los profundos significados de Carlos Maciel, el matemático, el historiador y el filósofo.

