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Hiquíngari Carranza

Al siglo XX no solo lo cruzaron las guerras y la bomba, también el fuego.

No el fuego que quema, sino el que alumbra.

Dos figuras, dos nombres, dos cuerpos, dos biografías cruzadas por la llama del tiempo fueron en realidad el destello de algo más profundo, más humano, más trascendente que cualquier bomba que cualquier guerra.

Fidel. El Che. No íconos. No estatuas. No etiquetas. Dos hombres que se miraron a los ojos por primera vez en 1955 en un departamento modesto de Ciudad de México y, sin saberlo, se empujaron mutuamente hacia la eternidad:

¿Y tú a qué te dedicas? A soñar despierto. ¿Y tú? A incendiar la historia.

El encuentro fue breve, pero su eco aún estremece a los siglos.

Nadie lo supo entonces, pero en ese instante nació una de las alianzas más simbólicas, contradictorias y feroces de la historia moderna: la conjunción de un abogado caribeño, orador hipnótico y estratega político, con un médico argentino, místico del deber y poeta de la acción. Dos almas con brújula interna. Dos hombres lanzados contra el mundo.

El verbo y el relámpago

Fidel Castro no hablaba. Hipnotizaba. Su voz, mezcla de trueno y compás, podía transformar el hastío en revolución. Su disciplina era de acero, su convicción a prueba de invasiones.

El Che, en cambio, no necesitaba convencer: vivía como predicaba, y por eso encarnaba. Dormía en la tierra, caminaba junto a los últimos, se bañaba en ideas imposibles y las volvía órdenes de combate. Donde Fidel era verbo, el Che era relámpago. Donde uno construía el camino, el otro lo cruzaba antes de que existiera. Y sin embargo, ambos estaban poseídos por un mismo demonio hermoso: la esperanza militante.

La convicción de que otro ser humano, el hombre nuevo, podía nacer si se desafiaban las estructuras, se destruían los ídolos, se abolía la pasividad.

La estrategia del fuego

La historia oficial dirá que dirigieron una revolución. Que derrocaron una dictadura. Que enfrentaron al Imperio. Que sobrevivieron a más de seiscientos intentos de asesinato, a bloqueos, a traiciones, a la soledad. Todo eso es cierto. Pero lo realmente asombroso no está ahí. Lo extraordinario está en que jamás se rindieron al cinismo. Mientras el siglo XX se convertía en un cementerio de utopías, Fidel y el Che persistieron en: liberar no solo un país, sino una conciencia. No solo cambiar gobiernos, sino transformar al ser humano. El Che escribió con serenidad que el revolucionario debía ser un ser profundamente amoroso. Fidel advirtió que “no se puede ser revolucionario sin ética”.

¿Quién escucha eso hoy en las oficinas del poder?

Y seguramente, cometieron errores. Fueron hombres, no dioses. Pero nadie puede acusarlos de haber sido tibios. Nadie puede señalarles de traidores o incongruentes.

Fueron coherentes hasta el sacrificio. Y esa es una forma de santidad política que el mundo moderno no sabe tolerar.

Un disparo en Bolivia, una voz en el viento

El Che cayó en La Higuera, con las botas puestas y los ojos abiertos. Murió sin pedir perdón. Murió como quien entrega su cuerpo a una causa que ya le pertenece al polvo estelar. Fidel lo sobrevivió medio siglo. Lo pensó cada día. Lo defendió sin dobleces. Y nunca dejó que el silencio se lo tragara. Años después, sus discursos se volvieron rituales. El mundo giró, cambió, se volvió líquido. Y aún así, sus nombres arden.

“¿Quién fue el Che?” preguntó un joven en La Habana. “El que no dudó nunca de nosotros,” respondió un viejo. “¿Y Fidel?” “El que nos hizo dudar de lo imposible.”

Dos hombres que no caben en mármol ni en el bronce

Hoy, algunas autoridades retiran sus estatuas. Otros los reducen a camisetas o postales. Pero ni la piedra ni el bronce alcanzan para contenerlos. Porque Fidel y el Che no fueron decoración: fueron propuesta. No fueron santos ni tiranos: fueron provocación viva. Y sus preguntas siguen sin ser respondidas: ¿Qué estás haciendo con tu vida? ¿A qué le temes? ¿Para qué estás aquí?

Tal vez esa sea la herencia más peligrosa de ambos: la imposibilidad de quedarse quieto después de pensarlos. Porque nos interpelan. Nos desvelan. Nos recuerdan que hay causas que no entran en la lógica del beneficio ni del cálculo.

Y que a veces la única revolución posible…

…es la que uno hace consigo mismo.

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Las estatuas de Fidel Castro y el Che Guevara en la colonia Tabacalera de la Ciudad de México, antes y durante su remoción. Fotos: Cortesía

La Jornada Morelos