EDITORIAL | Una-O-Varias

Lo que nos venden como amor, energía o turismo, también puede ser despojo

Vivimos tiempos de maquillaje discursivo. El patriarcado ya no grita: se disfraza. Viste de self-care, de turismo consciente, de espiritualidad boutique o de discursos de “energía femenina”. Se desliza entre las flores del princess treatment, se filtra en la romantización del “cuido porque te amo” y se institucionaliza en políticas que invisibilizan a las mujeres que cocinan, que habitan, que luchan. En esta edición de Una-O-Varias hablamos de esos discursos que parecen inofensivos —algunos incluso bellos, dulces o deseables— pero que, al mirar con más atención, son también dispositivos de control, silenciamiento y desplazamiento.

Amalia Moreno nos lleva a Tepoztlán para desenmascarar la turistificación: esa forma de despojo con acabados rústicos y aroma a incienso importado. Nos recuerda que cuando una mujer es expulsada de su barrio por el alza de rentas o la llegada de Airbnb, no solo se pierde una casa: se borra una historia, una lengua, una forma de vivir el mundo. Se borra la abuela que curaba con bugambilia y se impone el smoothie detox. Lo que venden como desarrollo, es también un silencioso desalojo emocional y comunitario.

En esa misma línea, Lizbeth Alanis desmonta el discurso reciente de un futbolista famoso que entre comillas habla de amor, pero en realidad refuerza el viejo guion de que las mujeres deben “ser lideradas por un hombre”. Su análisis nos recuerda que el machismo hoy no siempre insulta: a veces se disfraza de elogio, de poesía hueca, de coaching emocional. Pero el fondo sigue siendo el mismo: las mujeres reducidas a musas, cuidadoras, madres de lo doméstico y sostenedoras invisibles del bienestar masculino.

Y Denisse B Castañeda nos lleva al reino del amor romántico para contarnos un cuento que empieza con flores y termina en una jaula. El princess treatment, esa tendencia tan viral como peligrosa, no es otra cosa que una forma renovada de control y dependencia. Nos alerta sobre lo que implica ser “amada” bajo condiciones desiguales: que el amor se convierte en deuda, en obediencia, en una entrega sin reciprocidad. No todo lo que te cuida te quiere. No todo lo que te protege, te respeta. Este suplemento no pretende amargar el café con flores ni negar el placer de los pequeños cuidados. Pero sí invitarnos a pensar: ¿cuál es el costo de ese afecto? ¿Desde dónde y para quién se construyen esos discursos? ¿Y qué historias, qué mujeres, qué vidas quedan fuera del encuadre?

Desde la Secretaría de las Mujeres del estado de Morelos, apostamos por un feminismo que renuncie a estos adoctrinamientos en forma de cuentos, que no confunda decoración con justicia, ni cuidados con control. Una política que hable con nombre y apellido de la desigualdad, aunque eso incomode a los algoritmos, a los influencers o a los inversionistas.

Una-O-Varias. Porque no hay una sola forma de ser mujer, ni una sola forma de habitar.

Turistificar es deshabitar

Amalia Moreno

Carla Escoffié, abogada y feminista del norte del país, explica que la turistificación no es otra cosa que mercantilizar la vida cotidiana. Cambiar el sentido de los espacios, sus usos, sus ritmos, sus afectos… hasta que ya no puedas vivir ahí si no tienes tarjeta de crédito o apellido compuesto. Lo que la academia llama “desigualdad”, nosotras lo llamamos con mayor precisión; empobrecimiento hostil y sistemático.

El alquiler se vuelve un lujo. El mercado orgánico sustituye al tianguis. El tamal se vuelve “maseca bowl”. Y la abuela que vendía quesadillas afuera de la iglesia, ahora es “ruido visual” para los que llegan con cámaras, sin historia, sin escucha.

El fenómeno no es nuevo. Lo nuevo o mejor dicho, lo cínico con acabados rústicos, es blanquearlo todo: blanquear la calle, la comida, las relaciones, la memoria. Blanquear Tepoztlán u otro pueblo mágico o municipio o barrio que se le guste, hasta convertirlo en fondo de pantalla zen, hasta que no huela a copal ni a nixtamal, sino a incienso importado y pan sin alma. Porque claro, tú quieres vivir en Tepoztlán… pero no como es Tepoztlán, sino como te gustaría que fuera en tu vision board de abundancia espiritual: callado, sin pollos, sin pueblo, con “energía femenina” bien instagramable y sin señoras que te digan que ahí no se construye porque es cerro sagrado.

Y hablando de energía… ¿escucharon al Chicharito hablar de la energía femenina y masculina como si estuviera en una sesión de coaching chamánico en LinkedIn? Bueno, eso es también turistificación: desconectar el discurso de su raíz, volverlo souvenir motivacional, vendible por unidad. No basta con decir “honro lo femenino” mientras precarizas el mercado local, explotas el servicio doméstico o transformas la espiritualidad en un paquete boutique con wifi.

Lo que está en juego no es solo la vivienda: es el derecho a habitar sin ser desplazadas por Airbnb ni por el algoritmo inmobiliario. Lo dice también la Plataforma de Afectadas por la Hipoteca en Barcelona: el turismo expulsa. Y cuando expulsa, borra el tejido comunitario, deshace el mapa emocional, rompe el hilo de lo cotidiano. Desplaza no solo cuerpos, sino también palabras, silencios, memorias.

Porque cuando una mujer tiene que irse de su barrio, también se va con ella la historia de ese barrio: la forma de hervir la flor de bugambilia, de curar el empacho, de celebrar el equinoccio sin hashtags. La turistificación no solo encarece el alquiler, encarece la vida. La vuelve mercancía.

Desde una mirada feminista e intercultural, urge una política de vivienda que detenga este despojo decorado de turismo sustentable. Porque si no lo nombramos como lo que es; desplazamiento forzado por razones de clase y estética, seguirán blanqueando nuestras calles con discursos dulces mientras nos sacan por la puerta de atrás.

Así que no, no hay energía femenina más poderosa que una mujer que defiende su renta justa y su calle con nombre náhuatl. A eso le llamo yo equilibrio universal… y resistencia innegociable.

Proyecto de casa en Tepoztlán. Imagen: Cortesía

Hablemos de machismo. ¿Interesante, no?

Lizbeth Alanis

No hay discurso inocente y si lo crees, el inocente eres tú. Con esa declaración iniciaba una de mis clases en la universidad, Análisis del discurso. Disciplina que existe dentro de la lingüística y examina cómo el lenguaje se utiliza en contextos sociales para construir significado y relaciones de poder. Ese es el punto de partida para profundizar en la reciente polémica de Javier “Chicharito” Hernández.

En México el 70.1% de mujeres de 15 años y más han vivido al menos un episodio de violencia a lo largo de su vida. (Instituto Nacional de Estadística y Geografía, INEGI, 2021. Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares, ENDIREH, 2021) Además aún con las discrepancias en las variaciones metodológicas entre diferentes entidades sobre los homicidios de mujeres, los datos provenientes de las fiscalías estatales y del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública entre 2015 y 2025, nos arrojan un promedio de 4.4% feminicidios al día en los últimos 10 años (Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, SESNSP).

En ese contexto las declaraciones del futbolista son irresponsables porque replican un discurso de misoginia hacia las mujeres:

“Mujeres, están fracasando, están erradicando la masculinidad: haciendo la sociedad hipersensible”. Las responsabiliza por comportamientos de los hombres.

“Encaren su energía femenina: cuidando, nutriendo, recibiendo, multiplicando, limpiando, sosteniendo el hogar que es el lugar más preciado para nosotros los hombres”. Refuerza los estereotipos de género que encasillan a la mujer a la vida privada y los deberes del hogar.

“No le tengan miedo a ser mujeres, a ser lideradas por un hombre que lo único que quiere es verlas feliz, porque nosotros no conocemos el cielo sin ustedes”. Afirma que las mujeres deben ser lideradas por los hombres.

“Responsabilizarlas de su energía, también es amarlas”. Encubre su discurso machista de amor.

Esta polémica ha provocado diferentes opiniones. Algunas utilizan la libertad de expresión como estandarte sin embargo es alentador que no sean declaraciones que hayan pasado desapercibidas por mujeres ni por los mismos hombres.

Como bien lo dijo nuestra presidenta y comandante suprema de las Fuerzas Armadas, Claudia Sheinbaum, “Chicharito es muy buen futbolista, en el caso de su opinión respecto a las mujeres yo creo que todavía tiene mucho que aprender. Porque las mujeres podemos ser lo que queramos ser, ya está en la Constitución”.

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En México el 70.1% de mujeres de 15 años y más han vivido al menos un episodio de violencia a lo largo de su vida. Foto: Cortesía Gaceta UNAM

De la princesa en la torre al mito del “princess treatment”

Denisse B Castañeda

Érase una vez una joven que fue cortejada con flores, promesas y puertas abiertas. Él, su caballero encantador, la envolvió con atenciones tan dulces como sospechosas: le llevaba café a la cama, le abría el coche, le decía que no debía preocuparse por nada. Ella, en su papel de princesa, solo debía verse bonita, sonreír y dejarse cuidar. El amor —decía él— consistía en protegerla de todo, incluso de sí misma. Lo que no sabía la princesa es que su torre no era un castillo, sino una jaula. Con cada gesto de “caballerosidad”, su mundo se hizo más pequeño, más controlado, más solitario. Y el cuento de hadas se convirtió en un cuento de terror.

Hoy, el princess treatment —tratamiento de princesa— se ha vuelto una tendencia en redes sociales. Se presenta como una forma idealizada de amor romántico: recibir flores, que te abran la puerta, que paguen todo por ti, que te traten “como una reina”. Pero detrás de esa narrativa, aparentemente inofensiva, se esconde un modelo de relación profundamente desigual y patriarcal, que reactualiza roles de género que creíamos superados.

En esta lógica, las mujeres son las receptoras pasivas de afecto y protección, mientras los hombres son los proveedores fuertes y decididos que saben lo que es “mejor” para ellas. Así, el amor se convierte en una transacción: tú me das ternura y belleza, yo te doy estabilidad y control. En lugar de una relación horizontal, aparece una dinámica vertical que en muchos casos sirve de antesala al control emocional, económico y físico.

No todo lo que te abre la puerta te ama. La caballerosidad, aunque parezca romántica, tiene un origen profundamente patriarcal. Surgió como un código de conducta para que los hombres “protegieran” a las mujeres, no por respeto a su autonomía, sino por su supuesto carácter frágil, débil e inferior. Y aunque los gestos amables no son en sí mismos violencia, sí pueden formar parte de una narrativa que infantiliza a las mujeres y las sitúa en un lugar pasivo, dependiente, moldeable.

El problema no son las flores. El problema es la idea de que recibirlas es sinónimo de amor. El problema es que, en nombre del princess treatment, se normalizan relaciones donde la mujer debe esperar que “la mantengan”, “la cuiden”, “le resuelvan la vida”, mientras renuncia a su independencia, a su voz, a sus decisiones. Y cuando esa protección se vuelve posesión, ya no hay flores que oculten la violencia.

Desde una mirada feminista, es urgente cuestionar estos modelos de afectividad que romantizan la desigualdad. ¿Por qué seguimos idealizando relaciones donde una parte tiene todo el poder y la otra solo debe “portarse bien”? ¿Por qué educamos a las niñas para ser elegidas, y no a elegir? ¿Por qué aún se espera que muchas mujeres sean premiadas por “no pedir mucho”, por “saber quedarse calladas”, por “ser femeninas”, mientras los hombres siguen siendo socializados para liderar, decidir y dominar?

La trampa del princess treatment es que, bajo una apariencia de afecto, muchas veces se esconde la semilla del abuso. Es más fácil justificar los celos cuando alguien te paga todo. Es más fácil tolerar el control cuando alguien dice que “lo hace por tu bien”. Es más fácil perder la voz cuando te enseñaron que el amor verdadero implica sacrificio.

Pero el amor no debería doler, ni encerrar, ni silenciar. El amor no debería tener guion ni roles fijos. Y mucho menos debería disfrazarse de cuento de hadas para esconder desigualdades estructurales.

Hoy más que nunca necesitamos relaciones que no se basen en la protección, sino en el respeto. No en el poder, sino en el cuidado mutuo. No en la dependencia, sino en la libertad compartida.

Porque la verdadera revolución no es que nos traten como princesas. Es que dejemos de necesitar castillos ajenos para sentirnos valiosas.

Princesa de Broglie, retrato de Jean Auguste Dominique Ingres (1853). Imagen: Museo Metropolitano de Arte, Nueva York

La Jornada Morelos