

Recordado por su compromiso con la justicia social y reconocido por capturar con su lente algunos de los momentos más emblemáticos de la historia latinoamericana. El célebre fotorreportero y documentalista colombiano-mexicano Rodrigo Moya falleció a los 91 años el pasado 30 de julio en su casa de Cuernavaca, acompañado por su esposa Susan Flaherty y su familia.
Con un acervo de más de 40 mil negativos, Moya dedicó su carrera a documentar las luchas sociales, las desigualdades y los contrastes que marcaron a México y América Latina en la segunda mitad del siglo XX. Sus fotografías inmortalizaron escenas del movimiento estudiantil de 1968, conflictos armados en Centroamérica, retratos de escritores como Gabriel García Márquez y, por supuesto, su célebre imagen de Ernesto “Che” Guevara en 1964, que, tras su asesinato, Moya decidió alejarse del fotoperiodismo y fundó la revista Técnica Pesquera, que dirigió por más de dos décadas. Años más tarde incursionó en la narrativa, y en la década de los noventa fue galardonado con el Premio Nacional de Cuento del INBA. A partir de 1998, ya retirado en Cuernavaca, se dedicó a rescatar, clasificar y difundir su archivo, expuesto en recintos como el Museo Amparo, el Centro de la Imagen y el Palacio de Bellas Artes.
Apasionado de la fotografía social, Moya tenía una especial sensibilidad por los espacios urbanos, barrios, rincones olvidados y escenarios donde palpita el México profundo. Con cámara en mano, caminaba la ciudad con los ojos bien abiertos, guiado no por una idea impuesta, sino por la intuición de su mirada. Le fascinaba la arquitectura, especialmente en su dimensión cotidiana, la que se construye con la gente, con las personas que viven la ciudad desde abajo. Esa búsqueda marcó sus últimos trabajos, donde las sombras, los ángulos y los contrastes urbanos adquirieron protagonismo, como en su célebre imagen del antiguo edificio de la Banca Hipotecaria.
Su mirada no buscaba únicamente la estética de la imagen, sino la verdad que se esconde detrás de los acontecimientos, ese compromiso social, definió su obra y así fue hasta el último momento.
Adiós gran amigo, adiós gran maestro
Para Enrique Torres Agatón, colega y amigo cercano del maestro Rodrigo Moya, su recuerdo es el de un hombre alegre, organizado, comprometido y con una agudeza visual incomparable para retratar la verdad detrás de cada imagen. Así lo comparte el fotodocumentalista en una conversación con La Jornada Morelos, donde reconstruye con afecto diversos pasajes de la vida y obra de Rodrigo Moya.

Se conocieron hace alrededor de 25 años, cuando Moya llegó a Cuernavaca. En una reunión organizada por el cineasta Óscar Menéndez, quien buscaba integrarlo a la comunidad artística local. A partir de ahí y en las próximas reuniones en casa de Oscar o del fotoperiodista Pedro Valtierra, compartieron una relación cercana, colaborando en exposiciones, en su archivo y en su laboratorio de revelado. Largas conversaciones ocurrieron desde ese entonces hasta hace poco.
LJM: Después de tantos años de amistad, ¿qué es lo que más te conmovió y admiraste de él, tanto en su manera de ser como en su mirada como fotógrafo?
Enrique Torres Agatón: Como fotógrafo, su trabajo es extraordinario. Me impresionó mucho su registro visual de las décadas de los 50 y 60, imágenes poderosas que marcaron época. Algunas de sus fotografías, como las de Goitia en el manicomio o las de las guerrillas guatemaltecas, ya las conocía sin saber que eran suyas. Una en particular que me impresionó fue la que captó a Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, como todos saben, debido a sus diferencias políticas hay muy pocas fotos de ellos juntos. Rodrigo tomó una de ellas.
Como persona, Rodrigo era un conversador excepcional. Hablábamos de muchísimos temas, no solo de fotografía. Tenía una gran humildad y, pese a todo lo que sabía y había vivido, nunca se ponía en el papel de “gran maestro”, aunque para muchos lo fue. Aprendí muchísimo de él, escuchándolo. Era muy generoso con sus ideas, con su experiencia, y además muy cuidadoso con su trabajo: su archivo, sus negativos, todo estaba siempre en orden.
LJM: ¿Recuerda alguna anécdota que refleje esa manera suya de trabajar?
ET: Sí, una que me contó y que me marcó fue la de las fotografías del Che Guevara. Me dijo que solo tuvo una oportunidad de verlo en La Habana, gracias a Eduardo del Río, nuestro querido Rius. Llevaba un solo rollo de 12 fotografías y con esas hizo historia. Esa imagen famosa del Che, melancólico, fue el resultado de ese único momento.
LJM: Usted también ha documentado procesos sociales y escenarios urbanos. ¿Qué encontró en común con la obra de Rodrigo Moya?
ET: Creo que ambos compartimos ese interés por la vida cotidiana, por lo social, por retratar no solo lo espectacular, sino lo que revela el alma de un lugar. En mi caso, como documentalista, me identifiqué mucho con su forma de mirar las vecindades, los ferrocarriles, los barrios antiguos. Sus imágenes tienen una sensibilidad que a mí me inspiró desde que las vi. Cuando yo daba clases de fotografía documental, siempre usaba su trabajo como referente, junto al de otros grandes como Pedro Valtierra, Flor Garduño o incluso fotógrafos sudamericanos.
LJM: Al haber compartido con él una conexión a través de la fotografía, ¿cuál crees que fue el legado más importante que Rodrigo Moya nos dejó?
ET: Fue un fotógrafo profundamente comprometido con la verdad y con la historia. Su trabajo no se limitó a retratar lo que pasaba, buscaba entenderlo y transmitirlo con profundidad. Nos enseñó que el fotoperiodismo puede ser al mismo tiempo testimonio y conciencia. Para mí, fue un maestro, un referente y un gran amigo. Su ética, su carácter y su capacidad de mirar el mundo seguirán conversando en archivo.
LJM: ¿Cómo describirías la relación que mantenían en esos últimos años? ¿De qué hablaron la última vez que tuvieron oportunidad de conversar?
ET: Nos seguíamos frecuentando, la última vez que lo vi, fue en una reunión en casa del artista Kijano, aunque ya con menos intensidad que antes, sobre todo porque su salud empezó a resentirse. Pero siempre había tema de conversación. Hablábamos mucho, y no solamente de fotografía. Rodrigo tenía una cultura muy amplia, podías hablar con él de cine, de literatura, de política, de arte, era un conversador brillante, lleno de referencias y recuerdos.
A veces nos invitaban a exposiciones o charlas, y terminábamos debatiendo sobre si el registro digital tenía el mismo valor que el negativo, la emulsión, la espera. Se mantenía firme, en defensa de la fotografía tradicional. Yo creo que en parte le punzaba ver cómo se banalizaba el acto de fotografiar: ahora cualquiera puede hacer miles de imágenes en un solo día con un celular, pero pocas veces se trata de mirar con profundidad. De eso hablábamos mucho, incluso con un poco de humor.
LJM: ¿Qué le preocupaba a Rodrigo en esta última etapa de su vida?
ET: Más que preocuparse, yo diría que tenía inquietudes. Recuerdo bien otra ocasión, en una exposición suya en el Museo de la Ciudad de Cuernavaca. Estaba más animado, y tuvimos oportunidad de charlar sobre lo qué iba a pasar con su archivo, de cómo conservarlo, de si se le estaba dando el valor que merecía. Él sentía que había dejado un buen legado, y confiaba en que su trabajo seguiría circulando, inspirando. Ese día también hablamos de sus libros… incluso me dijo que quedábamos en vernos para entregarme uno de sus últimos ejemplares, cosa que ya no alcanzamos a hacer. Pero nunca lo vi abatido. Rodrigo aceptaba el paso del tiempo con mucha serenidad. A pesar de todo, seguía siendo optimista, con ese carácter tan suyo.
LJM: Cuando Rodrigo se entregaba a algo que le apasionaba, ¿cómo lo recuerdas?
ET: Tenía una intensidad muy particular. Cuando algo le interesaba, se sumergía por completo. Así fue en cada una de sus facetas. Aunque yo lo conocí ya como fotógrafo, cuando llegó a Cuernavaca. Tenía una forma muy peculiar de observar el mundo. Por ejemplo, escribió algunos textos para exposiciones de pintura de mi esposa, Elena. Eran textos muy finos, muy sensibles. Tenía una capacidad increíble para leer las imágenes, ya fueran fotografías, pinturas o espacios. Era muy observador, y eso lo reflejaba en su escritura también.
Le gustaba mucho el mar. Tenía una colección de conchas impresionante en su casa. Tenía una fascinación por el mar. Rodrigo encontraba belleza y sentido en todo. Y siempre regresábamos al tema de las imágenes, porque para él la fotografía no era solo un oficio: era una forma de estar en el mundo, de comprenderlo y de compartirlo.
Un gran legado para Cuernavaca y para el mundo
Rodrigo Moya encontró en Cuernavaca un refugio amable, una ciudad que aprendió a querer por su clima templado, la tranquilidad de su ritmo y la cercanía con el mundo del arte. Aunque no era de salir mucho, disfrutaba de caminar por la ciudad, salir a comer y compartir tiempo con amistades entrañables vinculadas al cine, la danza, la pintura y la fotografía. “No hablaba mucho de Cuernavaca, pero se le veía contento”, recuerda Enrique Torres.
LJM: Moya solía decir que la fotografía debía tener compromiso social. ¿Cómo considera que ha contribuido este legado al fotoperiodismo en México y América Latina?
ET: Creo que conocer la obra de Rodrigo es conocer parte de la historia de nuestro país y de América Latina. Aunque uno no comparta necesariamente sus posturas políticas o su forma de ver el mundo, es importante conocer su trabajo, por cultura general, por oficio. La variedad de temas que abordó: sociales, culturales, religiosos, incluso la danza; demuestra que era un fotógrafo completo, con un archivo muy amplio, muy diverso, retrató directamente las tensiones de la segunda mitad del siglo XX en Latinoamérica.
Para quienes se están formando o para quienes ya llevan años, acercarse a la obra de Moya es un ejercicio de humildad y también de descubrimiento. No hay que quedarse con un solo tipo de imagen ni con estereotipos; su legado invita a mirar más allá.
LJM: ¿Qué cree que le habría gustado a él que dijéramos sobre su obra, ahora que ya no está?
ET: No creo que Rodrigo esperara grandes homenajes sobre su obra. Lo que le hubiera gustado, sinceramente, es que la gente viera sus fotos, que se acercara a las realidades que retrató, a las caras de México. Rodrigo era muy coherente. No se asumía como artista de pose o como un fotógrafo de moda o de espectáculo. No buscaba fama, él sabía que la tenía, pero lo más importante para él era convivir con la gente.
Era un hombre sencillo, que creía en el poder de la imagen como documento, como puente con la historia. Tenía muy clara la responsabilidad de quien empuña una cámara y retrata la realidad. Le gustaba compartir su trabajo y afortunadamente tenemos el gran acervo que dejó.
La última conversación
Aunque los detalles sobre el destino de su archivo aún no son del todo públicos, Enrique Torres Agatón finaliza compartiéndonos que, aunque no conoce a fondo los detalles, sí sabe que el acervo está cariñosamente bien resguardado por su familia. “Me consta que Susan, su fiel compañera, tiene un papel muy importante en esto y seguramente habrá planes a futuro, aunque por ahora es muy pronto”.
Como despedida, el entrevistado agradece el espacio para rendir homenaje a quien fue más que un gran fotógrafo, un hombre cuya calidez, alegría y pensamiento dejarán una huella perdurable. “Se le va a extrañar muchísimo, sobre todo sus conversaciones. Era alguien con quien siempre aprendías algo. Creo que los que tuvimos la fortuna de conocerlo de cerca lo llevamos con nosotros, y su obra sigue siendo una manera de seguir platicando con él”.

Banca hipotecaria, expuesta en el Museo Amparo, Puebla de Zaragoza, México, 2019. Rodrigo Moya. Foto: https://www.meer.com/es/50760-rodrigo-moya

La muerte de Francisco Goitia, pintor zacatecano,1960, Rodrigo Moya. Foto: Revista Cuartoscuro

Con el comandante Montes sin la guerrillera Rosa María, Guatemala, 1966. Rodrigo Moya. Foto: Prensa comunitaria

Los pintores Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, quienes posan en la Galería Emma Hurtado, de la CDMX, en 1957. Rodrigo Moya. Foto: Cortesía

En la cámara Rodrigo Moya. Foto: Cortesía

Alejandra Átala, Rodrigo Moya, Susan Flaherty, Kijano, Gilberto Chen, Juan Contreras de Oteysa y Enrique Torres Agatón; durante una exposición del fotógrafo Gilberto Chen. Foto: Cortesía Enrique Torres Agatón

Susan Flaherty su esposa junto a Rodrigo Moya conversando con el fotógrafo Javier Hinojosa, durante la exposición de Gilberto Chen. Foto: Enrique Torres Agatón

Javier Hinojosa, Rodrigo Moya y su esposa Susan Flaherty. Foto: Enrique Torres Agatón

Una de las últimas reuniones en la casa de Carlos Maciel (kijano). Foto: Enrique Torres Agatón

Ian Lizaranzu, Rodrigo Moya, Enrique Torres Agatón, Gilberto Chen, Adrían Bodek, Pericles Lavat. En el CMA. Foto: Cortesía

Rodrigo Moya junto a Enrique Torres Agatón. Foto: Cortesía

