

“El Biólogo” Hernández es inmigrado reciente a Cuernavaca, proveniente del D.F. —como llama a la ciudad donde nació pues, sin importar el actual topónimo oficial, siempre será el Distrito Federal, como cantó su mejor cronista, Chava Flores—. Vivió algún tiempo en Cuernavaca antes, hace 45 años, cuando era cultivador de peces de colores y ranas toro en los centros acuícolas de Morelos, y ahora es habitante fijo de esta ciudad. Fue para él un gran descubrimiento el Papillon, al que llegó gracias a los buenos oficios del Manager Ray K. IV, quien organizó un concierto de su tía Laura Koestinger y su Club del Algodón quienes, por cierto, brillaron en ese fantástico lugar.
La primera vez que fui al Papillon fue porque Laura me pidió visitarlo para saber cómo era el sitio donde iba a presentarse. El escenario me pareció un espacio acogedor y de dimensiones perfectas, además tenía un piano de cola en una de sus esquinas. Sin embargo, lo más agradable fue enterarme de la historia de este oasis cultural de la capital del estado de Morelos y que Lina, su propietaria, tuvo la gentileza de contarme.
Como suelen ser las historias de los lugares que acogen la música, la del Papillon es rica y llena de episodios emotivos mismos que me atrevo a colocar, ayudado por los apuntes de mi libreta, como si fueran las piezas de un rompecabezas. Los orígenes de este lugar estuvieron en la imaginación de Lina quien por los años 80 era asidua asistente a los espectáculos que presentaba Alejandro Aura en El Hijo del Cuervo, un pequeño teatro-bar en el barrio de Coyoacán en el D.F. Desde esos tiempos germinó en ella la semilla de algún día montar un espacio para la expresión cultural, pero que tuviera algo del sabor de lo que se vivía en El Hijo del Cuervo.
Aquí acomodo mis piezas del rompecabezas, algunos pasajes de la historia personal de Lina que nos acercan a explicar el éxito de este lugar construido por ella para bien de los cuernavacenses.
Lina estudió fotografía, pasión que mantiene viva hasta ahora. Tuvo la oportunidad de ejercer el oficio en el Teatro de la Ciudad, donde tuvo la suerte de ver, escuchar y fotografiar a artistas de la talla de Astor Piazzola y la extraordinaria cantora brasileña Elis Regina, además de disfrutar al maestro universal de la mímica, Marcel Marceau. Posteriormente, su cultura visual se nutrió de su paso por el cine cuando tuvo la oportunidad de dirigir la Subsecretaría de Cinematografía del estado de Morelos en la época en que se filmaban en sus locaciones al menos 11 películas al año. En esas andanzas conoció a grandes figuras del cine —a quienes recuerda con gran cariño— como Oliver Stone, Jacqueline Bisset y Burt Lancaster.
Sin embargo, la historia del Papillon tiene un importante antecedente, el Flamingo, un teatro-bar fundado por Lina junto con una amiga e inaugurado en diciembre de 1982. En ese lugar, situado en el centro de Cuernavaca y que estuvo abierto durante 13 años, el músico principal era Juan José Calatayud, acompañado de Víctor Ruiz Pasos y Chilo Morán, y durante la inauguración del Flamingo se presentó otro grande del espectáculo, Andrés Bustamante, el Güiri-Güiri. El público que tuvo la suerte de gozar en este teatro-bar no lo olvida y muchos de ellos son ahora clientela cotidiana del Papillon, inaugurado poco más de dos décadas después del cierre del Flamingo.

Pero la creatividad y la sensibilidad de Lina se acrecentaron porque en el tiempo transcurrido entre el Flamingo y la apertura del Papillon se concentró en la fotografía; como asistente del fotógrafo Gabriel Covián participó en proyectos promocionales de empresas mexicanas y le tocó embarcarse en viajes no imaginados para hacer tomas en muchos países de Europa y Asia, además de varias ciudades de la Unión Americana. Me atrevo a decir que de esas travesías viene su visión universalista de los espectáculos que ofrece cada fin de semana en el Papillon desde que este abrió sus puertas el 7 de junio de 2019. Desde entonces y de forma ininterrumpida, en este escenario se ha presentado una buena parte de la riqueza musical del mundo. Les presento una muestra de estas expresiones artísticas.
En el Papillon se ha escuchado música hindú y persa, ritmos de Brasil, no solamente bossa nova sino también capoeira, y sonidos y tambores de África; por supuesto, mucho jazz y mucho blues han estado presentes con frecuencia, contagiando su sensibilidad a los conocedores de estos ancestrales ritmos; tampoco ha faltado el “jícamo” del son cubano y las letras de los clásicos boleros, y hasta en ocasiones el zapateado de los sones veracruzanos. Desde sus butacas y sillones se ha disfrutado de mucha música clásica, se han presentado conciertos de piano y de cuerdas, incluso arias de ópera. Mención especial merece el hecho de que con cierta periodicidad se ofrece un espectáculo magnífico, casi olvidado: la proyección de películas mudas musicalizadas con piano en vivo.
Pero la inquietud de mi amiga Lina Rodríguez Martínez va más allá de lo musical. En su espacio se han presentado las obras de diversos artistas plásticos y la literatura no ha faltado con la presentación de libros. Pero para no dejarla fuera de este rompecabezas que me permití colocar una pieza culinaria, ya que la cafetería invita al buen comer, a disfrutar sus deliciosos menús semanales de cocina de autor, creaciones del chef Erick Sosa; les comparto, para antojarlos, el de esta semana: de primero crema de cebolla rostizada con manzana y de plato fuerte lomo de cerdo en salsa de maracuyá flameada con brandy y verduras salteadas.
Para los habitantes de Cuernavaca el Papillon es un vergel divertido y cultural único cuyo nombre es una memoria cariñosa para una amiga de Lina que, como herencia, le donó su colección de pequeñas mariposas de hojalata la cual engalana la cafetería. Como última pieza de esta historia se debe mencionar que el Papillon está ubicado en una calle que le va muy bien, pues ronda la astronomía: calle Apolo XI, en la colonia llamada Base Tranquilidad en referencia al primer alunizaje en nuestro satélite. El lugar, además, está flanqueado por las calles que llevan el nombre de los primeros tres astronautas que pisaron la Luna: Aldrin, Collins y Armstrong.
Quedan ustedes invitados a venir a este remanso de Cuernavaca, ya sean habitantes del estado de Morelos o visitantes casuales de fin de semana, lo que me recuerda cuando yo era uno de ellos y venía acompañado de Laura y nuestra hija Marina a visitar a mis hermanos, que sabiamente ya habían migrado a la Ciudad de la Eterna Primavera. En verdad, el Papillon no los defraudará, se los aseguro.
*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas, que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad.


