En el corazón cañero de Morelos, el Ingenio Emiliano Zapata no es solo una empresa: es una institución económica, social e histórica de Zacatepec. Su operación marca el pulso de la vida comunitaria, da empleo directo a cientos de trabajadores e impacta de forma indirecta a miles de familias cañeras, proveedores, comerciantes y prestadores de servicios en la región. Hoy, sin embargo, esta planta emblemática atraviesa un conflicto que, si no se atiende con visión y responsabilidad compartida, podría desembocar en una fractura profunda de consecuencias sociales y económicas.

La crisis comenzó a tomar forma pública el pasado 19 de marzo, cuando el corporativo Beta San Miguel, propietario del Ingenio, emitió una misiva interna en la que informaba de una «grave crisis financiera» y advertía sobre el riesgo de cierres y despidos. El documento responsabilizaba a diversos factores: la disminución en el abasto de caña, la baja en los precios del azúcar, el alto costo de nómina, la baja eficiencia operativa y —de forma polémica— “costumbres y vicios” laborales.

Esta carta encendió la indignación entre los trabajadores. El líder sindical de la sección 72 del STIASRM, Salustio Omar Erazo Morquecho, deslindó de inmediato a los obreros de los señalamientos, asegurando que la crisis obedece a errores de gestión del mismo corporativo. Rechazó la narrativa que pretende cargar sobre los trabajadores una responsabilidad que no les compete, y defendió los derechos y prestaciones como conquistas laborales alcanzadas a lo largo de décadas.

En medio de esta tensión, el 7 de julio, se produjo un relevo gerencial en el Ingenio: Alfredo Salazar Ortiz fue sustituido sin previo anuncio y comenzó un nuevo proceso de revisión del Contrato Colectivo de Trabajo. Las negociaciones se centraron en prestaciones específicas por riesgo e insalubridad, como las que reciben los obreros que trabajan en calderas, zonas elevadas o espacios confinados.

No pasó mucho tiempo para que el clima de incertidumbre escalara. Ahora, los trabajadores fueron informados de la intención del corporativo de modificar o eliminar las compensaciones fijas por trabajo en condiciones de riesgo, alegando que ya no serán pagadas a todos, sin especificar bajo qué criterios se establecerían estas excepciones.

La respuesta obrera fue inmediata: asambleas masivas, enojo generalizado y un llamado a la organización para hacer frente a lo que ya no se percibe como una medida aislada, sino como un intento sistemático por debilitar el Contrato Colectivo y las condiciones laborales. Se denunció incluso un ambiente de acoso laboral contra los llamados “tomadores de tiempo”, quienes son los encargados de verificar áreas de trabajo con riesgo.

El caso del Ingenio Emiliano Zapata no puede reducirse a una pugna interna. El conflicto exhibe una disyuntiva que muchas industrias tradicionales enfrentan hoy: cómo mantenerse rentables en un mercado cada vez más competitivo sin afectar los derechos laborales que garantizan la dignidad y la seguridad de sus trabajadores.

Para Zacatepec, un eventual cierre, debilitamiento o conflicto prolongado en el Ingenio -como ya ha sucedido antes- sería un serio golpe para ambas partes y para otras que no son parte de la negociación laboral. Hay que recordar que el Ingenio es el centro de un ecosistema económico en la región sobre el que se articulan diversas microeconomías regionales.

El corporativo debe reconocer que la rentabilidad no puede construirse sobre el desmantelamiento de derechos laborales, mientras que los trabajadores y sus representantes también deben abrirse a propuestas que fortalezcan la operación, sin ceder en lo que atañe a su integridad y seguridad. Ni el mercado ni las finanzas deben convertirse en coartada para precarizar condiciones laborales, pero tampoco la defensa gremial puede cerrarse al cambio si este busca el bienestar colectivo.

Es momento de diálogo, de negociación auténtica, no de imposiciones ni de chantajes mutuos. El Ingenio Emiliano Zapata ha sido símbolo de desarrollo y lucha social desde su fundación. Hoy está llamado a ser también un ejemplo de cómo resolver con madurez los conflictos laborales del siglo XXI, sin olvidar que detrás de cada caña molida, no solo hay dinero, sino también familias que necesitan estabilidad, respeto y futuro.

La Jornada Morelos