

La paulatina restauración de los ecosistemas en Morelos no avanza al parejo en todas las zonas. Mientras la experiencia de la zona sur del estado, donde el modelo de Huautla se convierte en ejemplo de coordinación entre las comunidades y los especialistas y ha permitido avances muy considerables en la restauración de la selva baja caducifolia de la región; en el norte y centro del estado se viven procesos bajo una presión mucho mayor de fuerzas económicas, políticas y hasta culturales que continúan amenazando la biodiversidad.
El caso de la Sierra Montenegro merece una revisión a fondo. Ubicada en los municipios de Jiutepec, Emiliano Zapata, Yautepec y Tlaltizapán, en la Reserva Natural estatal habitan las cuatro especies de gatos salvajes pequeños de México. Más allá de su belleza y la simpatía que suelen despertar los felinos, su presencia es muestra de ecosistemas razonablemente saludables, en tanto significa que tienen presas y refugio. Así que el cuidado de ellos no representa solo una iniciativa de gusto, sino de conservación de las áreas naturales.
El proyecto que el Ocelot Working Group y la Comisión Estatal de Biodiversidad, junto a otros grupos ciudadanos han emprendido en la región para preservar la población de gatos silvestres en la Sierra Montenegro es la iniciativa más formal para la preservación de toda el área, una que probablemente sea la más presionada por el crecimiento desordenado de la mancha urbana que ha provocado la proliferación de perros callejeros en los linderos de la reserva y con ello trae el riesgo a la salud e integridad de las poblaciones de margay, jaguarundi, gato montés y ocelote que aún viven en el área.
A esta amenaza deben añadirse las otras que enfrentan los felinos salvajes de la región que incluyen la reducción de hábitat por deforestación, actividades agrícolas, extensión de las poblaciones urbanas, y otros factores, que arriesga la disponibilidad de su alimento. Además, los conflictos con las poblaciones humanas asociados con la caza furtiva, las muertes por atropellamiento, o el ataque a los gatos por considerarlos peligrosos para las granjas y cosechas.
El proyecto de conservación se enfoca en resolver esos problemas capacitando a las poblaciones aledañas a la reserva y tratando de controlar la proliferación de perros callejeros. Se trata de una orientación correcta a la que debería sumarse un control más estricto de las autoridades estatales y municipales sobre el avance de la urbanización, que amenaza por todos los flancos con reducir de forma drástica el área protegida, calculada en más de 7 mil 724 hectáreas.
Porque si bien los esfuerzos de activistas y grupos organizados son dignos del mayor de los reconocimientos, lo cierto es que son insuficientes para contener las amenazas de urbanización que presentan asentamientos irregulares e invasiones en los cuatro municipios que comparten la zona. Los ayuntamientos parecen carecer de la voluntad o la capacidad para frenar el avance de la urbanización ilegal en el área, igual que ocurre con muchas otras áreas sujetas a conservación en el estado y el país. Probablemente sea tiempo de revisar los modelos de protección e incorporar experiencias como la de Huautla para la restauración.

Las reservas ecológicas solo requieren héroes al principio, cuando son reconocidas y decretadas, después de ello necesitan de la concurrencia entre autoridades municipales, estatales y federales, la sociedad y los grupos de especialistas. Mientras eso ocurre, no queda sino aplaudir los esfuerzos por la conservación de los felinos salvajes de Morelos, y apoyarlos en todo lo posible.

