Callejeando por Madrid

 

Esta Vagancia intenta ser la crónica literaria de un libro adquirido un sábado en un mercado ambulante, en el barrio de Salesas. Se lo compré al autor, que atendía personalmente uno de los puestos de dicho mercadillo.

Su título me atrajo de sólo verlo, al igual que su edición al hojearlo. Esos textos desarrollados por su autor, Manuel G. Sanahuja, en 477 páginas, con el sugerente nombre de Callejeando por Madrid —editado por Círculo Rojo, en España, en noviembre de 2019— nos invitan a caminar a su lado y no solamente a recorrer esa gran ciudad, sino que a cada paso nos irá contando acerca de sus calles, sus nombres, su historia y sus leyendas. Todo ello gracias a una ardua investigación que nos permite conocer el porqué del nombre de sus calles. Como propone el subtítulo del libro, el Gato Madriles nos pasea por la historia de las calles de la capital. Según me contó brevemente Manuel Sanahuja, la historia de por qué se le llama Gato Madriles a la capital española refiere que en épocas napoleónicas los madrileños resistían la toma de la villa, trepados como gatos sobre las casas para desde ahí lanzar piedras o antorchas encendidas a los invasores.

Las 599 calles cuyos nombres se explican se distribuyen en seis barrios, a saber: Barrio de Palacio, Barrio de Embajadores, Barrio de Cortes, Barrio de Justicia, Barrio de Universidad y Barrio de Sol. Y, como se puede comprobar en el índice, en la edición del libro se tuvo el cuidado de presentar los nombres de las calles de cada barrio en orden alfabético.

En su muy original formato, del lado izquierdo de cada página se reproduce una bellísima placa alusiva a una calle pues, como explica el propio autor en su introducción, “Desde 1992 el Ayuntamiento le encargó al ceramista Alfredo Ruiz de Luna realizara los más de mil quinientos mosaicos que actualmente engalanan las esquinas de las más de cuatrocientas calles del centro de la ciudad, en un formato cuadrado al estilo mundialmente conocido como cerámica de Talavera”, y al margen aparece en letras mayúsculas el nombre de la calle en cuestión, además de un código QR que al abrirlo nos muestra su ubicación en el mapa de la ciudad. Al pie de la imagen se lee la explicación de cada nombre.

Los nombres de las calles pueden llevar al lector a su propio viaje por la ciudad y su historia; yo les comparto algunos y algo de su historia, seleccionados sólo a mi gusto para esta crónica literaria, por su sonoridad y peculiaridad, sin omitir los que me atrajeron por sus referencias históricas y literarias.

Al recorrer estos seis barrios agradecí el homenaje que se hace a los oficios y gremios al darles sus nombres a las calles donde se practicaron y se asentaban. Digan, queridos seguidores de estas Vagancias, si los nombres de estas calles no llaman a conocer su origen.

Cuchilleros (lugar donde se aposentó el gremio que fabricaba y afilaba cuchillos y espadas). Libreros (en el siglo XIX se establecieron librerías de segunda mano que fueron muy populares entre los estudiantes). Tintoreros (espacio donde unos químicos se dedicaban al arte de teñir las telas). Basteros (oficio de quienes elaboraban bastas o albardas para las caballerías). Relatores (calle donde vivieron algunos relatores de la Audiencia). Curtidores (en donde se disponían las fábricas de artesanos de la piel). Cedaceros (aquí se instalaron los fabricantes de cedazos o cribas). Bordadores (en esta calle se hallaba el gremio de bordadores los cuales hacían su trabajo a mano). Herradores (lugar del gremio de los herradores de caballos). Esparteros (donde los artesanos tejían sus productos con el esparto, una planta gramínea). Latoneros (llamada así porque es donde se asentaron los talleres del gremio que trabajaba el latón). Yeseros (por aquí pasaban los yeseros a cargar sus carros con material). Cabestreros (aquí se estableció el gremio de los cordeleros del cáñamo; los cordeles se ataban al cuello de los animales para asegurarlos y dirigirlos). Botoneras (en 1835 adquirió este nombre porque aquí se asentaban las vendedoras de quincallas cuyo producto estrella eran los botones). Cierro con un oficio al que le tengo un cariño personal porque alude a la elaboración de mi prenda de vestir favorita: Sombrerería (su nombre viene porque, según los vecinos y los relatos de boca en boca, en esa calle había una fábrica artesanal de sombreros).

Este callejeo madrileño se detuvo en otros nombres. Por supuesto, dada mi predilección por estos lugares, me detuve en Tabernillas. Esta calle lleva tan evocador nombre debido a la sabiduría de los árabes quienes ahí, extramuros —ya que estaba prohibido hacerlo al interior—, colocaban sus puestos en los que se despachaba el vino, tradición que afortunadamente continuaron los cristianos y fueron quienes establecieron pequeñas tabernas.

Otros nombres parecen salidos de las novelas costumbristas o de los cuentos. Por ejemplo, Humilladero, Los Desamparados, Plaza de las Descalzas, Comendadoras, Mancebos y Del Toro. De esta última se cuenta que en una de sus casas se encontraban las astas de un toro que fue muy bravo y que todos los días, a la misma hora en la que había muerto en el ruedo, las astas bramaban con furia. ¿A poco esto no ameritaría ser un cuento de fantasmas?

El paseo literario lo ofrecen los señores que encontré al caminar por este magnífico libro, sus nombres hablan por sí solos. En el Barrio de Palacio se encuentra la calle Pedro Calderón de la Barca. En otro barrio, el de los Embajadores, uno encuentra la Plaza Juan Goytisolo —escritor galardonado con el Premio Cervantes de Literatura Española—. En este último barrio también está la plaza dedicada a Tirso de Molina, autor de El burlador de Sevilla. La calle Cervantes se llama así por ser donde vivió y murió la mayor gloria de la literatura española, Miguel de Cervantes Saavedra. Por supuesto están registradas las calles de los ilustres escritores del Siglo de Oro, como la de Quevedo, entre la de Cervantes y la de otro genio a quien el propio Cervantes Saavedra bautizó como el Fénix de los Ingenios, Lope de Vega y Carpio. Este recorrido por las letras españolas lo terminé en el Barrio de Cortes donde se encuentra la calle Zorrilla cuyo nombre fue puesto en 1893 en honor a José Zorrilla, el autor de Don Juan Tenorio.

Para terminar mi reseña de este espléndido libro finalizo mi recorrido con tres nombres. Debo confesar que se produjo una pequeña decepción al saber el origen de un nombre que siempre me había generado curiosidad y causado cierta gracia, me refiero a la calle Chueca, sobre todo porque su plaza —la cual he caminado por sus cuatro costados— está perfectamente trazada y yo solía pensar “Estos madrileños están locos, cómo se les ocurre ponerle ese nombre”, pero al leer la verdadera razón de su nombre supe que está dedicada al compositor de zarzuelas Federico Chueca. Agradecí la información, pero me quitó la divertida imagen que para mí guardaba esa calle.

La segunda fue una sorpresa y prefiero que el autor, en sus propias palabras, nos la cuente: “Nos plantamos ahora en la calle más pequeña de la Capital, curiosamente la que lleva su nombre. La calle Madrid es en realidad más que una calle, es media, es decir, sólo tiene un costado, pues el otro desapareció cuando se derribó la casa que la componía”.

Pare cerrar esta Vagancia, un saludo cariñoso al Flaco de Oro. Caminé con Agustín Lara por la calle de Lavapiés donde al ver su placa de Talavera tarareé aquella parte de su chotís-danzón, Madrid, que decía: “Cuando vuelvas a Madrid, chulona mía, voy a hacerte emperatriz de Lavapiés, alfombrarte con claveles la Gran Vía y a bañarte con vinillo de Jerez”.

Espero no haberlos defraudado con mi crónica de este fantástico libro que nos hace gozar el caminar con nuestra imaginación por las calles de Madrid.

*Bailarín tropical apasionado de viajes, bares y cantinas, que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad.

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Imagen cortesía del autor

Jorge “El Biólogo” Hernández