

¿Qué sigue ahora?
Cuesta reunir ánimos ya no para bajar al mundo, como decía Mafalda, sino casi para cualquier cosa. Fueron bautizados por la psicopatología, que les otorgó nombres propios variopintos a estos afectos, para hacerme explicar: abulia, anhedonia. Cansancio, además y sobre todo, como ese poema de Pessoa (bajo el heterónimo de Álvaro de Campos): «Lo que hay en mí es sobre todo cansancio; no de esto ni de aquello, ni siquiera de todo o de nada: Cansancio tal cual, en sí mismo, cansancio».
Julio va ya por la mitad de sí mismo, el semestre finalizó al menos hace dos semanas, y yo sigo con la guardia alta y los guantes puestos, pues los pendientes nunca se acaban: hay que publicar un par de artículos, los investigadores aún no confirman si podré apoyarles en su proyecto (y que me paguen por ello), hay que aplicarle un examen extraordinario a la alumna que reprobó mi materia, y demás etcéteras. Sin mencionar los problemas, desencuentros y discusiones con los seres que uno ama. ¿Será la edad? Ya no quiero salir.
Quisiera hibernar en pleno verano. «Mi presente se parecía tan poco a mí», escribió Paulina Flores, en un libro que empecé a leer para distraerme, y que terminó por provocarme la envidia más acérrima por la lucidez y pícara genialidad con que la chilena escribe. ¿Por qué no puedo escribir como ella? Intento recordar el fragmento de un artículo de opinión que se viralizó hace poco.
Dice Google que me refiero a este: «El dolor a veces es simplemente dolor. No purifica, no nos hace mejores. Sólo daña». Buscarlo me lastima nuevamente: es Leila Guerriero, otra autora de moda, como quien nunca podré escribir. (Me consuela saber, al menos, que ella también sigue tildando la palabra sólo). ¿Y luego qué? ¿Qué sigue? ¿Me la pasaré envidiando a escritoras contemporáneas? ¿Seguiré llorando por la absoluta e irrevocable verdad de que jamás seré publicado en Anagrama? Ah, no, tranquilo. Que no cunda el pánico. Además, tu psicoanálisis, que te ha puesto en jaque.
Ahora entiendo mejor a lo que se refería Ernesto Sinatra cuando hablaba de “El Deseo del Analista”: «el invento de Lacan que permite entender no sólo que haya quienes deciden finalmente no analizar (o dejar de analizar, si lo estaban haciendo) a pesar de suponerlo decidido antes de iniciar su análisis».

Pero entonces, si no practico el psicoanálisis, ¿qué haré?, ¿o si mi interés por él se basa en verdades mucho menos nobles que las de devenir psicoanalistas como sí lo pretenden muchos de mis coterráneos? (“colegas”, se suelen llamar entre sí).
Siento envidia por “los colegas” que tienen lo que parece ser una certeza y pasión absoluta por el psicoanálisis: aquellos que encargan libros inconseguibles y viejos buscando las más ínfimas pistas, o que, a la usanza de Freud, que aprendió español sólo para leer a Cervantes, se dedican a aprender alemán sólo para leer al médico vienés en su lengua original, o los que traducen textos manuscritos en busca de claves, palabras, signos, errores de traducción que descifren nuevas verdades. Yo, en cambio, siento, si acaso, una curiosidad literaria. La voluntad de Sherlock Holmes para develar mis propios misterios, aunque estos me lleven a cuestionar si quiero, verdaderamente, practicar el psicoanálisis o no. ¿Me va la vida en ello? Me aterra la respuesta, sea cual sea.
*Licenciado en Psicología por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM), y maestrante en Salud Pública, por la Escuela de Salud Pública de México (ESPM/INSP). Contacto: freudconcafe@gmail.com

