

Muy pronto empezaron los adelantados
Alguien en la aparentemente inexistente dirigencia local de Morena tendría que poner algo de orden porque aún no cumple un año el mandato de la gobernadora, Margarita González Saravia, y van apenas seis meses y días de los alcaldes, y ya se han desatado los adelantados a hacer adelantadas campañas de promoción personal disfrazadas, como en ese partido acostumbran, de asambleas informativas.
No serían las primeras campañas adelantadas. De una férrea disciplina cuando el PRI era partido de Estado, como tres años antes de la elección presidencial, un alocado (ya desde entonces) Vicente Foz adelantaba sus aspiraciones para suceder a Ernesto Zedillo y ese movimiento le permitió imponerse a la estructura rígida de Acción Nacional para ganar la candidatura y luego la presidencia. Andrés Manuel López Obrador tuvo una larguísima campaña previa para ubicarse cono candidato a la silla presidencial por el PRD en dos ocasiones, y nunca cesó sus intentos, fundó su partido y ganó la elección hasta el 2018.
Pero tanto Fox como López Obrador habitaron circunstancias diferentes, en que las instituciones partidistas y gubernamentales mostraban una solidez que requería de desafíos a la autoridad como los que ambos protagonizaron.
En Morelos, las casi dos décadas de precampaña de Graco Ramírez Garrido, que iniciaron en el enfrentamiento contra Jorge Carrillo Olea desde 1997 y culminaron con su ascenso a la gubernatura de Morelos en el 2012, provocaron enormes episodios de inestabilidad y debilitamiento institucional y partidista que polarizaron al estado, fragmentaron a la clase política y permitieron (a lo mejor hasta promovieron) episodios de tan radical violencia y tan severa disrupción que llevaron a la elección de Cuauhtémoc Blanco Bravo, y algo aún peor, a la dilución de cualquier forma de civilidad política.
Los adelantados vienen de fuera

Algo que cualquier revisor de la política morelense no pasa por alto es la enorme división que existe en la versión morelense de Morena, convertido circunstancialmente en una calca del PRI que hasta principios de los noventa dominaba la política local y al que se adherían, circunstancialmente, gente de cien mil raleas para conseguir una chamba, aunque fuera de regidor en algún lejano ayuntamiento.
La diferencia quizá es que en aquel PRI antiguo había una suerte de acuerdo que obligaba a mantener la disciplina partidista, o por lo menos romperla sin que alguien se diera cuenta. Morena no tiene un acuerdo disciplinario, y sí una extraña mezcla de izquierdistas convencidos de un proyecto de gobierno y una ideología que, aunque criticable, resulta un sistema sólido de pensamiento político, económico y social; al que se sumaron toda clase de personajes políticos y gamberros con algo de dinero o poder y que, por el precio adecuado serían capaces de vender hasta su pútrida alma, si alguien se atreviera a comprar tales efluvios.
Cuando Blanco Bravo llegó al poder, lo hizo rodeado de una colección de sujetos que impulsaron, operaron, consintieron o facilitaron toda serie de tropelías. A lo mejor era un mal necesario para Morena, que no tenía tan clara su posibilidad de triunfo en el 2018 como la tuvo en el 2024, con Margarita González Saravia, parte de esa izquierda de raigambre que le da a Morena un sustento ideológico. La llegada de Margarita significó el establecimiento de un programa (aún no proyecto de gobierno) de izquierda en el Ejecutivo de Morelos y ayudó a desplazar del gabinete a la mayor parte de quienes colaboraron con el desastre de Cuauhtémoc Blanco del 2018 al 2024.
Pero la gobernadora llegó prácticamente sola. Su partido estaba tan contaminado por los operadores de Blanco Bravo, que se empoderaron gracias al exgobernador y su hermano, Ulises Bravo, que ese grupo consiguió posiciones en el legislativo federal y en algunas delegaciones del gobierno de México, desde donde se orquesta una operación para volver al poder.
Personajes como Víctor Mercado Salgado, Ariadna Barrera Vázquez, Sandra Anaya Villegas, y otros parecen dispuestos a aprovechar la debilidad de la dirigencia de Morena en Morelos, su falta de referentes, de solidez política y hasta su sospechosa vinculación con algunos aliados meramente coyunturales de la gobernadora, como Juan Ángel Flores Bustamante, para emprender sus propias campañas que, a la vista de todos funcionan como asambleas informativas llenas de “trasladados” (porque eso del acarreo quedó en el pasado); pero también buscan hacer ruido, movilizar a grupos de interés, operar en contra de la gobernadora, sus aliados y los primeros esbozos de su política pública.
El llamado a la unidad no es un exceso entonces
Frente a un escenario así, el llamado de la gobernadora a la unidad en el evento de la Barra por el Día del Abogado no solamente alcanzaba a los profesionales en derecho, sino también a quienes, alborotados por liderazgos políticos cuya ilegitimidad es evidente, parecen pretender dinamitar la acción de gobierno antes de que empiece a tener impactos reales, tangibles, evaluables sobre la población.
Por supuesto que hay quienes desde fuera del gabinete intentan dinamitar la construcción de una administración estatal sólida y diferente de los anteriores. Pero también desde dentro del gabinete y en órganos descentralizados, las omisiones y el intento de continuar administrando el presente, sin cometer la osadía de construir políticas públicas sólidas y más allá de las ocurrencias parecen contribuir, en el mejor de los casos involuntariamente, a minar la gestión gubernamental y lograr que, eventualmente, quienes hoy parecen advenedizos saboteadores, lleguen a ser identificados por los más incautos como alternativas políticas de algún interés.
El llamado de la gobernadora entonces cobra especial importancia, para dignificar y levantar al estado, hace falta “el consenso, el trabajo y la unidad de todos los poderes, pero, sobre todo, de la ciudadanía”. Faltó agregar que, por supuesto, con los indignos no se puede ir a ningún lado.
@martinellito / martinellito@outlook.com

