¿Qué te gritaría la audiencia?

 

Siempre hay un momento en cada película donde tú, como buen espectador neurótico, sabes que algo va a salir mal. La protagonista está por subirse al coche del ex narcisista, mandarle un “hola” al traidor, o abrirle la puerta al tipo que es un asesino en serie… y tú, desde el sillón, gritas con desesperación:

—¡No lo hagas, estúpida! ¡No abras esa puerta!

Crecí viendo a mi abuela gritarles a las protagonistas de las telenovelas como si pudieran escucharla. Como si una actriz a punto de arruinar su “vida” pudiera reaccionar gracias a los gritos de una señora en bata, con rulos en la cabeza y un par de tequilas camuflados en una taza de Nescafé. Mientras tanto, yo, con apenas siete años y un Choco Milk en mano, pensaba que gritarle a una pantalla era absurdo, inútil… y, si me apuras, un poquito esquizofrénico.

Hasta que hace unos días me descubrí murmurando cosas a una protagonista de una serie en Netflix. No lo grité —todavía no llego a ese nivel de adultez crónica—, pero sí fue un murmullo cargado de frustración:

—¿En serio vas a volver con ese güey? Qué pinche hueva.

No sé si fue la edad, el cansancio o el medicamento para el dolor que me había chutado, pero en medio de la película y el efecto del analgésico, pensé: ¿Y si mi vida también fuera una película?

Como El Show de Truman, donde todo lo que haces está siendo observado por alguien que quiere gritarte cosas. Que te mira desde la tribuna con las manos en la cabeza y piensa: “No, no, no… otra vez no”.

Porque, seamos honestos, todos hemos tenido “escenas” en nuestra vida que se prestan para eso. Momentos dignos de gritos desde la grada, con gente preguntándose por qué carajos estamos repitiendo —una vez más— la misma estupidez.

Imagínate que alguien pudiera gritarte justo antes de tus grandes metidas de pata.
Antes de enamorarte de ese emprendedor que siempre tenía mil ideas, pero nunca un peso en la cartera, antes de firmar ese contrato de trabajo que parecía una oportunidad dorada, pero resultó ser una trampa, antes de caer rendido por esa mujer que solo se aprovechaba de tu generosidad, que te hablaba bonito solo cuando necesitaba algo. O antes de aceptar esa estúpida cena con tu ex “para hablar como adultos”, como si alguna vez hubieran sabido hablar sin hacerse pedazos.

Si alguien te hubiera podido gritar en tus veintes:

—¡Ahí no es, anormal! ¡Ese no es amor, es dependencia emocional!
Justo antes de andar con el innombrable, ese que te decía “no seas intensa”, tal vez te habrías ahorrado años de ansiedad y de tragarte las lágrimas en silencio mientras él te hacía creer que estabas loca.

Y si alguien te hubiera podido gritar:

—¡Empaca tu dignidad junto con la bufanda!

Justo antes de cambiar de país sin un plan, sin red de apoyo, sin saber que en invierno los árboles se quedan pelones… y el corazón también. Porque a esa edad una cree que con valentía basta, que con ganas es suficiente, y no sabe —todavía— lo que pesa no tener a los tuyos cerca, cuando llega el invierno emocional o laboral y no hay nadie que te abrace, que te mire a los ojos y te diga: “Tranqui, todo va a estar bien”.

Y si alguien pudiera gritarte ahora, en esta etapa de tu vida donde ya no buscas impresionar a nadie, donde lo único que realmente anhelas es un poco de paz… ¿qué te dirían?

Tal vez te gritarían que renuncies a ese trabajo que te está consumiendo por dentro. Que te separes de esa persona que ya no te deja respirar. Que sueltes las culpas heredadas, los silencios que nunca dijiste, las mochilas emocionales que te colgaste para no incomodar a nadie. Que ya no compenses tanto, que no lo des todo tú, que dejes de intentar salvar a todos mientras tú te desangras en silencio y nadie —ni siquiera tú— se da cuenta.

O quizá te dirían que te atrevas a abrir ese negocio que siempre has deseado. Que dejes de postergar tus sueños por miedo, por dudas o por costumbre. Que le digas que sí a ese amor que sigue tocando a tu puerta, ese que no llega con promesas huecas, que no te exige que te achiques, ni que te disfraces, ni que te repares, ese amor maduro, que no te está pidiendo que cambies, sino que —por fin— seas tú.

Y aunque pudiéramos escucharlos gritar, aunque todo el estadio estuviera de pie rogándonos que no lo hagamos… igual nos dejaríamos ir como foca en tobogán. Porque los seres humanos somos tercos, adictos a repetir patrones, incapaces de aprender en cabeza ajena. Recibimos consejos de amigos, familia, terapeutas… y aun así seguimos. Decimos “ya aprendí” y ahí vamos otra vez, directo al mismo lugar, empujando la misma puerta de siempre, como si esta vez fuera a llevarnos a otro final.

Pero en algún momento de nuestra película, algo dentro de nosotros se quiebra… y se acomoda. Y en esa grieta entra la lucidez.

Es ahí donde nos damos cuenta de que ya amamos a quien no sabía amar, que dimos sin medida, que pedimos permiso para ser nosotros mismos demasiadas veces. Porque no necesitamos una audiencia gritándonos lo que tenemos que hacer, no necesitamos huir, ni pelear, ni fingir que todo está bien. Y quizá —solo quizá— ha llegado el momento de escucharnos y dejar de correr hacia puertas cerradas solo por demostrar que podemos abrirlas.

A veces, lo único que hace falta es pausar la película un momento y preguntarnos, con calma y con un chingo de valentía: ¿Y si esta vez me elijo a mí?

Imagen: letraslibres.com

Elsa Sanlara