

Historia de una gata
Spoonki viene a casa de manera irregular, pero casi siempre por las noches. A decir verdad, no sé de dónde viene, no sé cuál sea su casa. Simplemente decide visitarme de vez en cuando, y cada vez que lo hace, yo soy feliz.
La primera vez que la vi, salía de casa y ella se paseaba por la barda. Me miró con cautela, pero por alguna razón decidió no huir. En ese intercambio de confianza, acerqué mi mano hacia ella. Ese fue el momento decisivo: podía huir y no volver jamás… pero no lo hizo. Como si aquella caricia hubiera sido la última prueba, decidió que, desde entonces, tendríamos una relación gato-humano.
Muchas veces llega de noche, como si supiera a qué hora regreso del trabajo. Baja de la barda para recibirme, entra a casa y nos sentamos un rato en el sillón, o se echa sobre mis piernas. Y en esos momentos sobrios de realidad, estamos juntos. Nos acompañamos. Nos entregamos el uno al otro. Luego, ella decide que es hora de irse, o a veces yo tengo que salir y la dejo sobre la misma barda donde la encontré. Ella entiende el gesto y se marcha con un maullido, como si fuera la promesa de otra cita pendiente. No tenemos agenda. Ella es uno con el presente.
A decir verdad, no sé cuántas casas visita. No le pregunto qué ha pasado, ni siquiera dónde ha estado, ni si con alguien más también se echa panza arriba para que la acaricien. Siempre he pensado que Spoonki tiene un plan, y en ese plan, una lección. Con cada visita suya parece decir: “Te visito porque te quiero ver. Y punto”.
Por mucho que la quiera, por más que quiero que me visite y sonría cada vez que viene, no es mía. Nadie es de nadie. Ni personas ni animales. La convivencia no implica pertenencia.

Padres, hijos, hermanos, pareja… Son figuras que solemos envolver con ideas que construimos desde el ego. El posesivo —mi madre, mi hijo, mi pareja— pesa más de lo que creemos. Olvidamos que esas personas existen más allá de nosotros. Tu padre o tu madre tienen una historia propia, independiente de la tuya. Tu hijo no es solo una extensión genética —o eso esperamos—, y tu hermano es mucho más que alguien con quien compartís algunos cromosomas.
Amar bien también se aprende.
Y quizás la lección más compleja sea la del desapego: aprender a querer sin apropiarse, a estar cerca sin poseer, con quienes decidimos compartir nuestra vida.
Cada vez que se echa de panza para que la acaricie, se entrega como si no hubiera un mañana. Y lo hace porque sabe que, quizás, no lo haya.


