Filmando en Quintana Roo

 

Hace pocos años fui “asesor de Historia” y conductor de la película “Hernán Cortés, un hombre entre Dios y el diablo”, producida por TV UNAM. En las costas de Quintana Roo, después de un día de rodaje agotador (por el trabajo y por el extremoso calor de agosto), habiendo madrugado con exceso (5 AM) por aquello de que la mejor luz para filmar es la del amanecer, habiendo desayunado y comido una box lunch, regresamos en la noche a Playacar, donde se habían alquilado varias casas para el numeroso staff. Allí estaba esperándonos un banquete a domicilio servido por una empresa de catering. De pronto vi a Gustavo Muñoz, quien trabaja de dueño en Los Danzantes, de Coyoacán, apreciado amigo… pero…, bien visto, no era él; será Jaime, su hermano gemelo, pensé, quien está al frente del restorán del mismo nombre en la ciudad de Oaxaca (ambos de gran prestigio, y bien ganado). Ya frente a frente lo vi… ¡y tampoco era! Se trataba de Alejandro, un tercer hermano a quien no conocía, pero increíblemente parecido a los otros dos. También dedicado a la gastronomía, con un restorán en Tulum y el servicio de banquetería que ahora disfrutábamos, y así sería en varias ocasiones de un par de semanas.

El buffet tenía platillos deliciosos y variados, mexicanos e internacionales, incluida una cochinita pibil exquisita, con su cebolla morada en salmuera y salsa de habanero con limón, que recomendé mucho a dos españoles (arriesgando el desarrollo de la filmación): Fernando González Sitges, director del film, y el propio Cortés. Éste es un excelente actor que en privado tiene un fino y agradable trato, pero que ante las cámaras sabe poner cara de asesino. Por cierto que la Malinche es Priscila Lepe, una atractiva actriz mexicana, joven y además tragaños, sencilla y muy agradable, a quien me gustó mucho tratar… más yo no sería el conquistador…

Se trata de un largometraje de formato múltiple: hay escenas actuadas, hay tomas de paisajes y diversos lugares con una voz del locutor que no se ve (en off, le llaman), otros son fragmentos de entrevistas que realicé en Madrid a varios especialistas cortesianos que asistieron a un seminario allá y otras son intervenciones mías, a cuadro; todo en una especie de collage detalladamente previsto en el guion. Yo escribí mis propios parlamentos. El documental pretende mostrar a Hernán Cortés, el hombre, con sus extremos, sin maquillarlo ni para bien ni para mal.

Quienes saben de cine (que no es mi caso) tienen presente que por cada minuto que se ve finalmente en la pantalla hay atrás muchas horas de trabajo muy diverso, desde la producción, que empieza semanas antes de la filmación (con el casting o selección de actores, el scouting o exploración de locaciones, la preparación del vestuario, contrataciones varias, y mil detalles más) hasta el maquillaje, la colocación de cámaras, rieles, luces, espejos, filtros y la cabina del director, que comienza horas antes.

La que llamé cabina del director es del mayor interés tecnológico: el director decide toda la disposición del set –actores, cámaras, luces, etc.-, pero cuando se va a rodar se mete a ese lugar, una especie de mini tienda de campaña con un monitor de buen tamaño donde ve la filmación a través de la cámara que escoja; con la técnica digital ya no tiene que esperar al revelado y llevarse una sorpresa días después: al mismo momento está viendo lo que se graba, e igualmente sucede con el sonido, pues tiene unos audífonos puestos y está escuchando el audio. El sonidista es todo un especialista de alto nivel; carga frente a sí, como cangurera enorme, una especie de tablero con controles tanto de los micrófonos de los actores o del conductor (escondidos bajo la ropa) como del micrófono ambiental aéreo que un ayudante sostiene con un largo brazo metálico de unos tres metros de longitud.

Por cierto que en uno de los largos ratos que a veces transcurren entre toma y toma, platicaba yo con la agradable (y enérgica) Margarita Flores, directora de producción, y recordábamos cómo, en la playa veracruzana de Chachalacas, para una escena yo tenía que caminar alejándome hasta muy lejos, y batallaban para avisarme cuando ya habían hecho corte, a fin de que regresara (la secuencia se repitió varias veces, con la cámara desde diferentes ángulos). Le comentaba a Margarita lo útil que sería que alguien aprendiera a chiflar como arriero –aunque sea una vulgaridad-, y le presumí que en ese chiflido yo soy experto y no conozco a nadie que lo haga más fuerte que yo. Y para que no quedara duda, lancé un chiflido con mi mayor potencia (cuando llego a hacerlo, la gente cercana se queja y me ve feo). Como a 30 metros estaba el sonidista con sus audífonos puestos y yo traía el micrófono inalámbrico prendido bajo la guayabera, pues las tomas en las que estábamos trabajando eran conmigo, así que el joven Axel –que así se llama- dio un salto y los ojos se le salieron de las órbitas, como en las caricaturas. No sabíamos qué era mayor, si la pena con Axel o la risa…

José Iturriaga de la Fuente