Cuernavaca ha perdido mucho en torno a su imagen urbana, la ubicación cercana a la Ciudad de México y su afamado clima ya no son suficientes para que la ciudad sea atractiva. La anarquía urbana tan nociva como la inseguridad han desterrado la fama que hace décadas distinguió a la Eterna Primavera como un destino de primer orden y de fama mundial. Bien es cierto, que Cuernavaca depositaria de una envidiable memoria histórica y una de las ciudades vivas más antiguas del hemisferio, no tuvo la traza virreinal de Puebla o Querétaro, pero aun así, fue dueña de un encanto particular que cautivó a propios y a extraños.

El corazón de la ciudad se formó en torno a la iglesia y al convento franciscanos de la Asunción de María, hoy Catedral, así como a la casona de piedra, que fue residencia del conquistador, pero más de su olvidada esposa, la marquesa Juana de Zúñiga, la más notable mecenas que Cuernavaca ha conocido. Pero el Palacio de Cortés, no sólo fue hogar de la primera noble española que se estableció en la Nueva España, sino cabecera del extenso Marquesado del Valle de Oaxaca, uno de los primeros inmuebles civiles del virreinato, edificio administrativo y sede del gobierno de Morelos hasta la construcción del actual Palacio de Gobierno. Hoy para fortuna de los mexicanos fue recientemente restaurado por el INAH tras el sismo de 2017. A su vez, el Palacio de Cortés alberga el principal museo en la entidad.

Pero volviendo al centro de Cuernavaca, su abandono es tristemente la más fiel manifestación del descenso de Morelos en todos los campos. Sus calles lucen sucias, desordenadas, las fachadas deterioradas son propiedad de los grafiteros. La basura abunda y los vendedores ambulantes, sin orden alguno, han hecho de los espacios públicos y la zona de monumentos, sus cotos particulares. Bien es cierto que hay sitios y negocios que dignifican el centro histórico, pero desafortunadamente son los menos.

Las autoridades de los tres órdenes de gobierno se hacen de la vista gorda, temen enfrentar un conflicto social, ven en los ambulantes una cuota electoral y siempre será más cómodo y menos arriesgado mirar hacia otro lado y dejar que la bomba le estalle a quienes les sucederán en el cargo. No ha existido la visión de crear un sitio que resuelva la problemática social y económica que representa el ambulantaje, la reubicación de los comerciantes no establecidos tiene solución, solo hace falta un poco de voluntad e ingenio.

La expresión más grave del deterioro del centro de Cuernavaca es la invasión de los plateros de la plaza aledaña al Palacio de Cortés, pero más serio aún, es que la sociedad morelense se cruza de brazos ante el despojo de un espacio público, histórico y tradicional. Ríos de tinta han corrido al respecto, este espacio no es la excepción, pero parece que cada línea escrita no hace sino afianzar con más fuerza el expolio a nuestro patrimonio cultural. Cuando Luis Flores Ruiz fue alcalde, tomó el camino sencillo para resolver el problema de plateros, artesanía que por cierto no es originaria de Cuernavaca y los ubicó en la plaza donde se alzó el más importante monumento en la entidad al prócer de la independencia, obra del destacado escultor Juan Fernando Olaguíbel. El monumento no solo es una obra de arte de gran valía, sino que se convirtió en acento de identidad y un elemento entrañable del paisaje de Cuernavaca.

Luis Flores Ruiz, pasó todo lo anterior por alto e incluso pretendió instalar una veranda de herrería para proteger a los invasores de las inclemencias del tiempo. Afortunadamente eso no ocurrió, pues hubiera institucionalizado el despojo ya consumado a la que pudo haber sido una de las más bellas plazas de México y un espacio abierto, en una ciudad que a pesar de ser conocida como la “Eterna Primavera,” carece de parques públicos.

Los plateros sin pudor alguno manifiestan que no abandonaran el sitio, hasta en tanto sean reubicados y se amparan en el argumento risible de que SU PLAZA (en mayúsculas), es uno de los primeros atractivos turísticos de Morelos. Si así fuera, no quiero pensar que esa es la calidad de la oferta turística, en un estado que tiene doce sitios que han sido catalogados como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Entonces quienes cometen el delito de despojo, con absoluta impunidad negocian la reparación del daño. Los plateros tienen todo el Derecho a ganarse el pan, a ejercer el libre comercio, pero a lo que nunca tendrán Derecho, es a despojar a los mexicanos de su patrimonio histórico, artístico y cultural. Queda entonces para las autoridades de los tres órdenes de gobierno, la grave asignatura de restituir lo expoliado o ser testigos del material hundimiento del centro histórico de Cuernavaca.

*Escritor y cronista morelense.

Anthony Quinn y Barbara Stanwyck frente al Morelotes en 1953. Foto Redes Sociales

Roberto Abe Camil