

Lo doctorado no quita …
En la mañanera del 30 de junio de este año, la presidenta Claudia dijo que fue ella, quien designó a López‑Gatell como “representante de México ante la OMS”, justificando la decisión en su preparación académica. Tiene doctorado, dijo.
Esto me recordó una conferencia del padre de la etnobotánica, Efraím Hernández Xolocotzin, “Xolo”. En ella, le dio la palabra a un alumno que contó cómo un investigador con doctorado aseguraba que la milpa y las variedades criollas eran contrarias a la ciencia. Xolo solo sonrió y dijo una frase que se volvió célebre: “Lo doctorado, no quita…”.
En este contexto, recuerdo que, en pleno apogeo de la pandemia, el doctor López-Gatell afirmó que “no había evidencia científica” de que el uso de cubrebocas redujera los contagios, e incluso advirtió que su uso podía generar “una falsa sensación de seguridad”. Su postura contradecía no solo las recomendaciones de la OMS, sino también del sentido común, que no necesita comprobación científica.
De acuerdo con la OMS, México debió adoptar desde el inicio el uso obligatorio de cubrebocas y establecer políticas de confinamiento más claras y consistentes, en lugar de depender de los semáforos epidemiológicos que dependían de criterios opacos y, a menudo, políticos.
Volviendo al nombramiento de “representante ante la OMS”, nos enteramos de que no existe en la estructura diplomática mexicana. La representación recae en la Embajadora. El nombramiento generó fuertes críticas, entre las que destaca la de la Comisión Independiente sobre COVID‑19, que calificó dicho nombramiento como una falta de respeto a las víctimas.

Pocos episodios han evidenciado con tanta crudeza las fallas de un gobierno como la gestión de la pandemia de COVID-19 bajo la responsabilidad de López-Gatell. Las cifras de contagios y muertes fueron un laberinto de fallidas estadísticas que cambiaban semana tras semana, alejadas de la realidad que vivían hospitales, familias y comunidades.
En sus conferencias mañaneras, López-Gatell modificó las estadísticas al menos cinco veces durante los dos primeros años de la pandemia. Justificaba estas correcciones con explicaciones pretendidamente técnicas como “revisiones de actas de defunción” o “mejoras metodológicas”.
De acuerdo con estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), México registró un exceso de mortalidad cercano a 600,000 muertes, aunque la Secretaría de Salud reportaba 300,000, una diferencia que revela el sub registro y la falta de pruebas.
Las fallas en la estrategia mexicana que incrementaron las enfermedades y muertes fueron: minimizar la gravedad del virus en las primeras fases, rechazar el uso obligatorio de cubrebocas, subestimar la necesidad de pruebas masivas para detectar y aislar casos, las estadísticas cambiantes y politizar el manejo de la pandemia, priorizando la imagen del gobierno sobre la transparencia y la salud pública.
El saldo de esta estrategia resultó devastador. México se ubicó entre los países con mayor letalidad por COVID-19. Nos quedó la percepción de que la tragedia pudo haberse mitigado si se hubieran atendido las advertencias científicas, si se hubiera hablado con honestidad y, sobre todo, si la prioridad hubiese sido proteger la vida por encima de los discursos.
Cuando se anunció el nombramiento de López-Gatell, muchos pensamos que era una mala broma. Fue la propia Presidenta quien confirmó que era cierto y que ella misma lo propuso. Muchos de los sobrevivientes de la pandemia no lo entendemos y nos quedamos mudos de asombro. ¿Usted qué piensa?

Foto: Presidencia de la República

