Durante años David fue el encargado de mi librería de cabecera, ese refugio de papel y silencio al que uno acude no solo por libros, sino por consuelo. Luego, un día, simplemente dejó de aparecer. Nadie dio explicaciones. Solo quedó la ausencia de quienes ocupan más espacio del que imaginábamos.

Cuando alguien se va, el aire cambia. Es como un hueco en el estómago: no se ve, pero se siente. Después de un par de semanas, pregunté por él.

—Se ha ido —me dijeron—. Después de dieciséis años trabajando sin descanso, por fin se fue.

—¿Está bien?

—Sí. Solo decidió cambiar de rumbo.

Asentí. Di las gracias. Volví los ojos a mis libros de siempre.

Y entonces, ayer, reapareció. Lo vi en la periferia de mi mirada, deslizándose entre las estanterías, casi como un fantasma doméstico.

—¡De-i-vid! —grité sin pensarlo. Me puse de pie. Él se acercó, extendiendo la mano con esa educación que no estorba. Pero yo la aparté y lo abracé.

—Qué gusto verte —le dije.

Vi la sorpresa en su rostro. Tal vez mi gesto fue demasiado. Pero luego noté algo: una sonrisa, pequeña, leve, apenas un brote. A mí me nacía abrazarlo. Lo había extrañado de verdad.

Platicamos un poco. Nada profundo. Nada urgente. Después, cada quien volvió a lo suyo. Como siempre había sido.

Cuando era niño, ir a casa de mi abuelo paterno era entrar en un mundo donde los hombres sabían abrazar. Me recibía con besos y carcajadas. El hermano de mi padre era igual. En esa parte de la familia, el afecto entre hombres no estaba prohibido. Era algo natural, necesario. No había vergüenza. No había miedo. No había esa cicatriz antigua del machismo.

Mi padre me heredó eso. Aprendí así a querer.

Y sin embargo, me parte la cabeza pensar en lo mutilado que está el afecto entre hombres. En lo difícil que es darlo, en lo incómodo que es recibirlo. Y en lo casi imposible que es pedirlo.

Con algunos amigos he roto esa barrera. Nos saludamos de beso, con cariño, como si fuésemos hermanos.

A otros les he dicho que los quiero. Lo digo con sinceridad, con la voz limpia. Y aun así, en pleno 2025, hay quienes no pueden soportarlo. Les desarma. Les desconecta. Como si esas palabras activaran un cortocircuito aprendido en la infancia. Porque nos enseñaron a no recibir afecto —y menos de otro hombre—. Nos dijeron que eso era cosa de “putos”, como si amar fuera una amenaza. Al hombre se le enseñó a dar, a proveer, a sostener. Pero no a recibir.

Y lo entendí, o quizá lo sentí más fuerte, cuando hace unos días D. me preguntó:

—¿Cuál es tu flor favorita?

No supe qué decir. Nunca me lo había preguntado. He regalado infinidad de flores. He llevado tres serenatas. Y, sin embargo, nunca he recibido una flor.

—¿Alguna vez alguien te ha cantado algo? —preguntó después.

La verdad: no. Nunca.

El sistema nos ha roto. A todos. A veces pienso en mi abuelo, pero el materno esta vez.

En cómo apenas me tocaba el hombro para decir que me quería. Y pienso en él, solo, envejeciendo con gestos mínimos de afecto.

Ahora pienso en qué tan solo estuvo él

Andrés Uribe Carvajal