A / El falso heredero

—Esa historia —dijo Marta, que se había sentado para tomar aire— me recuerda la de aquel otro comerciante, también rico, pero de San Miguel de Adentro. Cuando su hijo creció, le pidió que lo dejara ir a traficar en otras tierras. Como el muchacho era muy trabajador, el hombre le dio dinero, mercancías y consejos, y se quedó en el pueblo, acompañado por un chamaco que era hijo de la sirvienta.

“Un día, el comerciante murió sin dejar testamento. Entonces el criadito se adueñó de las fincas, el dinero, los animales, las dos tiendas, el molino y todo lo que tenía el hombre aquél.

“Siete años después de su partida, volvió el hijo, que en ese tiempo había mandado a su padre todo lo que había ganado y ahora quería establecerse en el pueblo. ¡Qué horrible sorpresa!

“Su padre había muerto y el antiguo mocito, que ahora era un señorón con coche del año y los dedos llenos de anillos, se había adueñado de las propiedades del padre y de lo que el hijo le había mandado. El hijo del comerciante estaba muy afligido.

“No le dolían las riquezas perdidas, sino que su padre hubiera muerto. Fue entonces a ver al juez, el primero que hubo en San Miguel de Adentro, don Atanasio Argúndez y Ávila.

“Cuando el juez escuchó a los dos hombres dictó una sentencia que sorprendió a todo el mundo:

“—El único culpable —dijo Argúndez atusándose los bigotes— es ese comerciante que murió sin papeles y dejó este enredo. ¡Que abran la tumba y quemen sus huesos!

“—Que los quemen dijo el falso heredero, para cerrar el caso.

“Pero el hijo protestó: —Dejen en paz a mi padre. Prefiero irme y seguir trabajando. No quiero nada en este pueblo.

“Apenas oyó esto, el juez, que era probo y compasivo, revocó la sentencia que había dado y ordenó que todo le fuera devuelto al hijo fiel, que prefería verse despojado antes que profanar los restos de su padre. Pues en aquel tiempo, en esta isla, para fortuna de los hombres, la justicia era más importante que la ley.”

B/ El árbol del universo

—Los árboles de la tierra —dicen que dijo el marinero, otro día, señalando la ceiba al final del malecón— hunden sus raíces en la tierra. El universo es un árbol con las raíces en el cielo. La semilla es el Ser. Todos somos fruto de la semilla; hasta los pensamientos y los sueños. El mundo, el universo, la creación son la voluntad del Ser. Todo está en el Ser. El Ser no está en la creación, sino la creación en el Ser. Nosotros no estamos en nuestro cuerpo, sino nuestro cuerpo en nosotros. Para conocer al Ser debemos viajar hacia adentro… —el marinero se había ido entusiasmando, pero en este punto advirtió que muchos se habían ido, así que prefirió callar.

*Doctor honoris causa por El Colegio de Morelos. Catedrático en la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

Felipe Garrido