A pertinencia y trascendencia de un final: el arte como sentido de vida

Mariana Dantiacq

“Cuando escribo una novela soy libre en el tiempo y en el espacio” Luisa Josefína Hernández

“Componer hoy para mañana o para el infinito, es la única variante”

Leo Brouwer

El cierre de semestre en el Centro Morelense de las Artes (CMA) representa un momento fundamental para la comunidad artística y cultural de Morelos. Este suceso es más que un hito académico; es un acto simbólico de resistencia cultural, una celebración del conocimiento sensible y un espacio donde Morelos puede mirarse con esperanza. Cada final de semestre, este espacio se convierte en un epicentro de creatividad, pensamiento crítico y expresión artística, reafirmando la importancia y pertinencia de contar con una universidad dedicada al arte en nuestro estado. Además de ser una plataforma de inicio importante para quienes se están formando como artistas, es un espacio donde la educación y el arte se convierten en puente de encuentro, diálogo y crecimiento. Este evento no sólo celebra la creatividad y el talento de nuestro colegiado sino que también invita a la sociedad morelense a ser parte activa de la vida cultural de Cuernavaca.

En un contexto donde en ocasiones se cuestiona la viabilidad de los estudios artísticos, el CMA demuestra con su quehacer que el arte es una herramienta poderosa de transformación social, emocional e, incluso, económica. La reciente programación de actividades de fin de semestre, con más de 160 eventos que reunieron a un aproximado de 12,800 personas, es prueba contundente del impacto de esta institución en la vida cultural del estado. La ciudadanía no solo asistió a conciertos, obras teatrales, exposiciones, lecturas y presentaciones de danza; participó activamente en una experiencia colectiva que generó diálogo, identidad y también derrama económica.

Pero más allá de los números, lo que da verdadero sentido al CMA es su propuesta educativa y humana. Esta universidad no solo forma artistas: forma seres humanos capaces de mirar el mundo con sensibilidad, disciplina y compromiso ético. Esto me recuerda a los pilares con que construyó la directora Ariane Mnouchkine, el Théâtre du Soleil (teatro del sol), ya que provienen de una profunda necesidad de visibilizar que el valor del arte se funda en la relación humana y en los ideales para vivir y heredar un mejor mundo.

Personalmente, las actividades que presencié y en las que participé, despertaron con mayor fuerza; el sentido y necesidad de ser un mejor ser humano. Fue saber, mientras miraba y experimentaba el hecho artístico, que aquello era posible por el esfuerzo de muchas personas que aman lo que hacen y ofrecen su trabajo con una enorme generosidad al público.

Este semestre, por ejemplo, vimos cómo los estudiantes de octavo semestre de artes visuales reunieron su trabajo en la exposición colectiva Polifonía Visual, mostrando la pluralidad de miradas y lenguajes visuales que han cultivado a lo largo de su formación. La escena teatral se nutrió con La mujer que cayó del cielo, de Víctor Hugo Rascón Banda, una puesta en escena que exploró dimensiones profundas de la experiencia humana. Experimentamos la poética de Altazor, de Vicente Huidobro, a través de una galería teatral, donde las escenas nos recordaban que “los poemas son incendios” y nos transforman una vez que sentimos las palabras. La danza encontró expresión en obras como Inmarcesibles, Y si quieres bailar…baila y Senderos, que abordaron el cuerpo como territorio de memoria, resistencia y creación. En la música, destacó Resurrección, una obra coral que nos habló de la esperanza, el gozo y el milagro cotidiano de comenzar de nuevo; logrando reunir a casi mil personas en el Teatro Ocampo.

Además de todos los recitales, ensambles, conciertos con orquesta, piezas de danza folclórica, urbana, contemporánea, performances, obras de teatro, creaciones interdisciplinarias, exposiciones en la galería, exposiciones al aire libre, murales, hasta un mercado de arte con micrófono abierto para leer poesía, cantar y compartir música de distintos géneros se vivieron conmoviendo miradas dentro y fuera de los recintos del CMA. Tuvimos graduaciones de todas las escuelas, algunas se llevaron a cabo terminado sus presentaciones en el Teatro Ocampo y otras dentro de nuestra alma mater. Todas se vivieron con mucha alegría, nostalgia y entusiasmo por ver a las nuevas generaciones incorporarse a la vida profesional del quehacer artístico. Estos eventos, en definitiva, nos han unido como comunidad que trabaja, celebra y comparte la vida en el arte.

Detrás de cada pieza, hay un proceso pedagógico riguroso, sostenido por docentes comprometidos y estudiantes que han aprendido —como dice Eugenio Barba, director de teatro— que “el arte no es un espejo para reflejar la realidad, sino un martillo con el que darle forma”. Y han comprendido también que en el hecho artístico, no se existe sin el otro. Gracias al esfuerzo de las personas que dirigen está labor con la convicción de lograr cambios significativos en sus estudiantes, es que se hace posible lo imposible.

Esta institución busca abrir constantemente nuevas posibilidades de crecimiento, permitiendo que cada una de sus escuelas fortalezca sus áreas y ofrezca una educación de mayor calidad académica, pero sobre todo humana. Emprendemos este trabajo no por una necesidad de reconocimiento individual, sino por la profunda convicción de que el arte es un ejercicio colectivo. Como decía Stanislavsky: “El arte, cuando es verdadero, no busca el aplauso, sino la transformación.”

Recientemente, leyendo las “cartas motivos” de quienes tienen el interés de ingresar a estudiar la licenciatura en teatro, me encontré estas palabras, escritas por un alumno de propedéutico:

En las noches oscuras, mientras el mundo duerme, yo sigo soñando, como Dean Winchester, con una vida que tenga sentido. Una donde el dolor se transforme en

propósito. […]Mi lema es: “Sic Parvis Magna” La grandeza nace de pequeños comienzos. Y este es el mío.

Pienso que en tiempos donde los discursos de odio y la fragmentación social amenazan la convivencia, instituciones como el CMA emergen como un faro y se revelan por la fuerza de su luz, porque como dice Jaimes Turrel, artista visual: «La luz no se trata tanto de lo que revela, sino que es en sí misma es una revelación.» El CMA es un espacio donde la diferencia ilumina posibilidades, donde el diálogo es un compromiso, donde la sensibilidad se cultiva como valor esencial para construir una sociedad más justa. Por todo ello, sostener y fortalecer a esta universidad de arte no es solo una decisión académica o cultural: es un acto de visión política, de inversión social y de apuesta por un futuro en paz.

El CMA es una necesidad y derecho de libre expresión creativa. Es formación, cultura, economía y comunidad. Hoy, más que nunca, Morelos necesita del arte para recordar que hay otros mundos posibles. Y muchos de ellos, comienzan aquí.

El cierre de semestre no sería posible sin el trabajo colectivo que sostiene, día a día, la vida institucional del CMA. Desde el personal docente y estudiantil, hasta quienes se encargan de la administración, la gestión académica, la difusión, el mantenimiento, el acompañamiento técnico y la atención escolar: cada área aporta de manera fundamental para que lo artístico y lo educativo encuentren cauce. También es necesario reconocer la participación de las familias, amistades y del público que acompañó las actividades y fue parte activa de esta celebración. Como recordó uno de los egresados en su discurso de despedida: “Digno de gratitud, es no olvidar que aquí encontraste la esperanza perdida.”

Un dibujo de una persona

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Parte de la exposición Polifonía Visual

Imagen que contiene hombre, parado, agua, mujer

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Danza en el Teatro Ocampo

La Jornada Morelos