


México, la muerte violenta y el dominio del miedo: una lectura hobbesiana
José Manuel Meneses Ramírez[1]
La noticia de que una nación extranjera emite una alerta para sus ciudadanos referida a México siempre es desconcertante. El Departamento de Estado de los Estados Unidos de Norteamérica recomendó a sus ciudadanos tomar “precauciones especiales” si visitan 30 de las 32 entidades mexicanas. De manera específica, a partir del 20 de junio señaló la carretera Monterrey-Tamaulipas con una alerta de viaje nivel cuatro. Información que, desde luego, ha provocado el rubor del gobierno de Nuevo León, que ha optado por evadir y minimizar el tema. Para completar su falta de tino denominó “carrusel” al operativo que, casi por compromiso, pretende contener a los grupos que han levantado y asesinado sin censura en la región, ¿podría pensarse que el gobierno responde con un juego de niños?, en su defecto, el carrusel podría ser parte de un espectáculo para desviar la atención del horrible hecho que está de fondo: el Estado no tiene el control de su territorio.
Efectivamente, el Estado mexicano no ejerce el monopolio de la violencia física en su propio territorio, gran parte de este poder le ha sido arrebatado por grupos beligerantes que actúan en contra de sus gobernados. Se trata de un cortocircuito de escalas bíblicas que, sin ningún reparo, se ha normalizado. El desconcierto que este tipo de noticia provoca puede explicarse, al menos, a través de tres argumentos: 1) implica una visión internacional del caos que prima en grandes zonas de nuestro país, es decir, la incapacidad del gobierno por brindar seguridad a sus ciudadanos es evidente a escala internacional. Por su parte, la recomendación del gobierno de Nuevo León es algo menos que surrealista, si bien, el reconocimiento bizarro de su incapacidad se realiza bajo la “esperanza” de que los ciudadanos que transitan por esta vía se resguarden, así, abiertamente sin certeza alguna. 2) Esta declaración es evidencia de la terrible condena que pesa sobre los mexicanos: sobrellevar el miedo o, si se quiere, convivir con la amenaza de la muerte violenta, vivir bajo su dominio, incluso, dentro de un estado constituido, lo que parece una contradicción en los términos, pues supuestamente el estado es garante de la seguridad de sus gobernados. 3) Es también la manifestación de una fragmentación del poder que desdibuja la unidad del estado mexicano, se trata de un acto regresivo hacia las oscuridades políticas del medioevo, véase como una aceptación de que el espacio mexicano se reparte en diversas potestades de facto que, con la vanidad propia de señores feudales, reclaman derechos de paso, conceden a placer la vida y la muerte e, incluso, imparten justicia y hacen política.
Una interpretación de esta naturaleza puede avanzarse al leer a Claudio Lomnitz, su libro Para una teología política del crimen organizado es una ventana que se abre frente a esta pesadilla. Recientemente tuve la oportunidad de leer Before Anarchy. Hobbes and his Critics in Modern International Thought, del profesor Theodore Christov, quien plantea que el estado de naturaleza originario no desaparece con la constitución del Estado, sino que se desplaza a un nivel distinto, para ubicarse en el ámbito internacional. La lectura de su texto, mientras corroboraba la noticia en la página de la embajada estadounidense, me permitió darme cuenta de que el estado de naturaleza está siempre latente, como en las carreteras mexicanas, donde la bestialidad de los hombres puede manifestarse, una vez más, con toda su fuerza para territorializar y morder el espacio.
La estrategia de seguridad es un fracaso, más allá de la indiscreción y el mal gusto de hablar de un estado fallido, vivimos la naturalización de la violencia, el horror y la muerte. Si la estrategia de seguridad ha fallado, la integridad de todo el Estado queda en entredicho. A pesar de todo, la fuerza y la persistencia de la sociedad lo mantiene en pie, con los años muchos mexicanos han logrado construir un caparazón de indiferencia, una resistencia para pasar brincando sobre los muertos o para esconderse en casa y seguir con su vida al día siguiente. Bajo la perspectiva de Thomas Hobbes, la vida en este estado de naturaleza inédito podría ser asquerosa, brutal y breve (nasty, brutish and short). Ante las dimensiones de la masacre que ha sucedido en nuestras calles, ante los miles de asesinatos, desapariciones y secuestros ¿quién podría decirle al filósofo del Leviatán que no tenía razón?

En México Thomas Hobbes está más vigente que nunca, el así llamado monstruo de Malmesbury podría jugar tenis con nuestra clase política, mientras los hombres, convertidos en lobos, devoran grandes zonas del espacio público mexicano, en manada, descuartizando a sus presas, bajo la mirada pudorosa de nuestras autoridades que, en lo profundo, comparten nuestro temor, mientras fingen una mueca para salir bien en las fotos.

Frontispicio del Leviatán, 1651.
- Nahuatlato, Profesor de Tiempo Completo en el Colegio de Morelos. ↑

