

En el corazón de Morelos, la ciudad de Cuernavaca enfrenta desde hace años un reto monumental: reconstruirse material y simbólicamente tras décadas de abandono institucional. Bajo el gobierno del alcalde José Luis Urióstegui Salgado, el municipio ha dado pasos importantes para revertir ese deterioro acumulado, con una inversión sin precedentes en infraestructura urbana y en servicios públicos esenciales. Sin embargo, el camino hacia la recuperación plena de la ciudad sigue siendo largo, empedrado y cuesta arriba.
En la entrevista con Daniel Martínez Castellanos que se publica más adelante, el propio edil reconoce que buena parte de la primera etapa de su mandato, y lo que va de la segunda, ha estado marcada por el intento de poner orden financiero a una administración colapsada por deudas históricas, juicios laborales y presuntas irregularidades y francas torpezas cometidas en anteriores gobiernos municipales. Cuando inició su gestión, en 2022, encontró un pasivo bancario de mil 460 millones de pesos, además de litigios, obras irregulares y un evidente rezago en infraestructura básica. No es poca cosa.
“Durante 10 o 15 años no hubo inversión real en Cuernavaca. Las administraciones anteriores sobrevivían con lo mínimo, usando participaciones federales limitadas”, recuerda Urióstegui. La frase condensa una triste realidad: Cuernavaca, pese a su importancia política, económica y cultural en el estado, fue durante demasiado tiempo un municipio sin rumbo ni proyecto de ciudad.
Hoy, sin embargo, los números muestran una clara voluntad de cambio. La inversión en obra pública ha crecido de manera sostenida: de 300 millones de pesos en 2021 a 650 millones al cierre del primer trienio, y este año se proyecta una inversión adicional de 240 millones, con prioridad en agua potable, drenaje, pavimentación y espacios públicos. Aunque aún es insuficiente para cubrir todas las necesidades, sí es visible un avance sustancial frente a la inercia del pasado.
Uno de los frentes más complejos es SAPAC. En este rubro, el alcalde reconoce los límites que impone la normativa, pero también expresa su intención de lograr que el organismo sea autosuficiente; también la seguridad pública —principal demanda ciudadana—se enfrenta desde una perspectiva estructural, y, en paralelo, la gestión ha logrado que la recaudación por derecho de alumbrado público supere el gasto, permitiendo reinversión mensual de hasta un millón de pesos.
No obstante, la ciudadanía aún percibe una ciudad con muchos pendientes: baches, basura, maleza, árboles caídos y vialidades deterioradas. Urióstegui lo admite y detalla que, para atender el rezago, se contrató una brigada especial de limpieza urbana que opera desde marzo y que trabajará intensamente hasta fin de año.

En medio de estos esfuerzos, destaca la colaboración que el gobierno municipal ha sabido entablar con el gobierno del estado y que se refleja, por ejemplo, en el Centro de Convenciones, una obra impulsada por la gobernadora Margarita González Saravia y cuya magnitud requerirá de responsabilidades compartidas.
En suma, José Luis Urióstegui no gobierna sobre tierra firme, sino sobre los escombros de una ciudad que fue desatendida por administraciones anteriores. Su proyecto no es uno de ornamento, sino de reconstrucción: levantar una capital digna, funcional y segura para quienes la habitan. Su mayor mérito ha sido —hasta ahora— gobernar con seriedad y apego a prioridades, apostando por lo urgente sin abandonar lo estratégico.
Al preguntarle sobre su futuro político, responde con cautela: dice estar “100% concentrado en Cuernavaca”. Pero la lógica indica que, si mantiene la ruta de trabajo técnico, transparente y orientado al bien común, es probable que su nombre siga sonando en los escenarios electorales del estado. Por ahora, la capital de Morelos necesita continuidad, voluntad y más recursos. Porque, aunque se ha avanzado, Cuernavaca —la ciudad más importante del estado— aún está lejos de ser la ciudad a la que sus habitantes aspiran.

