

Algo que debe concederse a las tres reformas aprobadas por el Congreso de Morelos la noche del viernes es que, fuera del salón de plenos se argumentaron profusamente. Llama la atención entonces que la LVI Legislatura haya decidido, por lo menos esta semana, volver a las sesiones nocturnas, poco difundidas, casi a escondidas que llevan a pensar en que las y los diputados se están portando mal.
El público pudo saber, porque desde hace por lo menos un par de semanas son temas de conversación que, respecto de la extinción del Instituto de la Mujer, la mayoría de los diputados consideraba, junto con el Ejecutivo y hasta colectivas feministas, que el órgano autónomo podía desaparecer para en cambio reforzar a la Secretaría de la Mujer, cuyo rango institucional es más elevado y por ende podría lograr mayores avances para la protección y el desarrollo de las mujeres y de la agenda feminista en Morelos.
También expusieron bien los argumentos que soportaron la reforma electoral en materia de paridad en el acceso a las presidencias municipales, tanto por el exceso que aseguran cometieron los órganos electorales al intentar legislar -algo que no les corresponde-, como en la materia del respeto a los derechos electorales de los ciudadanos. Hasta fueron puntuales en las razones que apoyan la ampliación del Congreso local de 20 a 30 diputados como un medio de fortalecer la representación y reducir el riesgo de parálisis legislativas.
Los argumentos eran vastos y aparentemente tenían la solidez suficiente para soportar un debate, sin embargo, éste no se dio al interior del pleno. Salvo por tres exposiciones de diputadas que, dos en contra y una a favor de la extinción del Instituto de la Mujer, no hubo dialogo alguno en el foro parlamentario por excelencia.
No es la primera vez, de hecho, salvo por algunos posicionamientos de fracciones parlamentarias y la presentación de iniciativas, ambas categorías más de exposiciones que de diálogos, las voces en el Congreso han brillado por su ausencia. No puede haber un diario de los debates porque nada se debate en el pleno. Se trata de una salida práctica, dado que el diálogo se adelanta (probablemente) en comisiones y órganos de gobierno, pero genera la sospecha de que algo se está haciendo mal, y eso ayuda poco a un desde hace décadas desprestigiado Poder Legislativo.
Discutir públicamente las iniciativas, los puntos de acuerdo, las designaciones en el Congreso es la idea que dio origen a los parlamentos en todo el mundo. Se trata de que los representantes populares ventilen los intereses de sus representados de cara a esos grupos.

Tampoco se trata de una práctica exclusiva de la LVI Legislatura, muchas antes recurrieron a la noche, a la secrecía, a la opacidad para impulsar proyectos políticos y legislativos que, en su mayoría resultaron ser esquemas de beneficio para unos cuantos políticos locales. Es decir, la sospecha popular está justificada por experiencias terribles anteriores.
Por eso resulta tan preocupante ver cómo, a pesar de tener los argumentos suficientes para defender sus reformas, los legisladores prefieren nuevamente ignorar el debate, construir e imponer mayorías, negociar consensos a espaldas de la ciudadanía.
Si las cosas se están haciendo bien, vale la pena demostrarlo en el pleno.

